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Disciplina y rebeldía

lunes 05 de diciembre de 2011, 21:22h
Probablemente los promotores de la celebración del centenario de El Quijote en 1905, y especialmente José Ortega Munilla, director entonces de El Imparcial, comprendieron que los distintos actos que se programaran iban a ser de afirmación nacional, pero de una nación vista a través del monóculo rosa que Émile Verhaeren entendía que era lo único que podía permitir ver una España sin problemas. Así se justifica la elección de Azorín para los reportajes que dieron lugar al libro La ruta de don Quijote, pues había ya publicado algunos artículos que ofrecían un acercamiento novedoso a la obra de Cervantes, como “La novia de Cervantes”, que se integró en Los pueblos, y otros.

En “El caballero del verde gabán”, recogido más tarde en el libro Con Cervantes, confesaba Azorín que no podía decir si Don Quijote era un loco o un sabio. Debe tenerse en cuenta que, en unos artículos de 1898, Miguel de Unamuno había renunciado al héroe cervantino (“¡Muera don Quijote!”) por preferir a Alonso Quijano, el bueno, y centraba el motivo de su elección en la recuperación de la cordura por el personaje en el momento previo a la muerte. Es verdad, escribe Azorín, que “Don Quijote no tiene plan ni método; es un paradojista; no le importan nada las conveniencias sociales; no teme al ridículo; no tiene lógica en sus ideas ni en sus obras; camina al azar, desprecia el dinero; no es previsor; no para mentes en las cosas insignificantes del mundo”. Pero cabe hacerse algunas preguntas: “¿Qué creeis que importa más para el aumento y grandeza de las naciones: estos espíritus solitarios, errabundos, fantásticos y perseguidores del ideal, o estos otros prosaicos, metódicos, respetuosos con las tradiciones, amantes de las leyes, activos, laboriosos y honrados, mercaderes, industriales, artesanos y labradores?”.

Azorín sabe bien que los grandes países europeos, como Francia o Inglaterra, se han hecho con el trabajo serio, concienzudo y continuo del burgués y no con aventureros idealistas. Comprende que la historia de España abunda de conquistadores y místicos apasionados, pero ha faltado en ella bastantes dosis de razón y reflexión. Por eso concluye. “Sintamos una cordial simpatía por los primeros; pero, al mismo tiempo ?y ésta es la humana y perdurable antinomia que ha pintado Cervantes?, deseemos tener una pequeña renta, una tiendecilla o unos majuelos”. Puede parecernos una elección pequeño-burguesa y poco valiente, pero Azorín defiende una moral individual del trabajo y del esfuerzo que se convierta en voluntad y logros colectivos.

Don Quijote vendría a ser, por lo tanto, el símbolo y el espejo de quienes viven en un combate por imaginaciones inalcanzables. ¿Cómo explicar entonces a Don Quijote, que tantas veces apareció como símbolo de lo español más auténtico, sin que se cargue sólo de significación negativa? El capítulo final del libro azoriniano, después del recorrido manchego, ofrece una respuesta. La tierra y sus gentes no pueden sino producir desvaríos. Esos desvaríos condenan a don Quijote pero hay otra visión del caballero: la que lo descubre viviendo, ingenua y generosamente, por un ideal. Pero ello no debe significar la pérdida de la razón, sino todo lo contrario.

Como pediría Federico de Onís en una conferencia pronunciada en la Residencia de Estudiantes el 5 de noviembre de 1915, es necesario combinar disciplina y rebeldía. “Nadie ?escribió Onís? puede decir que ha abandonado una doctrina sin haber creído en ella, ni una mujer sin haberla amado; es decir, sin un desgarramiento de sí mismo, sin una crisis íntima, llena de peligros y de posibilidades de renovación”. La España actual nos obliga una vez más a reflexionar sobre lo mismo: la misma reflexión sobre los sueños, la realidad, el trabajo y la moral colectiva.
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