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EL REY, URDANGARÍN, LA JUSTICIA

sábado 10 de diciembre de 2011, 17:59h
La anunciada jibarización de la Familia Real no fue recogida por este periódico, a pesar de los espacios destacados que le otorgaron los grandes diarios nacionales. Era una noticia absurda que, lógicamente, fue desmentida por la Casa del Rey. Sobre el vidrioso asunto Urdangarín, Luis María Anson publicó un artículo en El Mundo, comentado en medios de comunicación españoles y extranjeros. Lo reproducimos a continuación.

“La soberanía nacional no reside en el Rey sino en el pueblo y es el pueblo el que, a través de la voluntad general libremente expresada, hace las leyes; es el pueblo el que ha ordenado en la Constitución las funciones y los deberes del Rey como cabeza de la Monarquía parlamentaria: moderar y arbitrar entre instituciones, ejercer la jefatura de las Fuerzas Armadas y representar a la nación.

En el Estado de Derecho la ley es ley para todos. No existen excepciones. Los ciudadanos, desde el más poderoso al más desfavorecido, tienen los mismos derechos fundamentales. La Justicia se administra en nombre del Rey. Juan Carlos I forma parte institucional del Estado de Derecho. Tiene la obligación de defender la Justicia, así como la independencia de los jueces y magistrados. Si un miembro de la Familia Real resultara imputado por indicios de irregularidades o delitos, el Rey sabe mejor que nadie que su deber es respaldar a la Justicia y no al familiar comprometido, por muy doloroso que eso le resulte en el plano privado. Aún más. En tal caso, el Rey se sentiría en el deber de proclamar públicamente que está al lado de los jueces, que se esforzará porque mantengan su independencia al juzgar y que, naturalmente, acatará sus sentencias. Eso es lo que ha convertido a Juan Carlos I, tal y como le enseñó su padre, en un impecable Rey constitucional al servicio de la voluntad del pueblo español. Para él, la Justicia estará siempre por encima de la familia. Se trata de una profunda cuestión de principios.

Iñaki Urdangarín es un hombre inteligente, muy simpático, solidario siempre con los desfavorecidos. Los que le rodean, le quieren. Ha podido cometer irregularidades, incluso delitos. En tal caso, responderá de ellos ante la ley, porque debe quedar claro para la opinión pública que el Rey estará siempre al lado de la Justicia, no del yerno. A su hija Cristina, Don Juan Carlos la educó siempre en la austeridad y la responsabilidad. Habla la Infanta fluidamente cuatro idiomas. Tiene título universitario tras cursar brillantemente la carrera de Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid. Es máster en Relaciones Internacionales por la New York University. Ha trabajado durante cerca de veinte años en La Caixa como una empleada más y con un sueldo discreto. Ni altos cargos ejecutivos ni honorarios suculentos ni prebendas y distinciones. Ha sido solo una empleada, cumpliendo día a día un horario rígido de trabajo en su oficina de La Caixa en Barcelona.

Que cada palo aguante su vela. Por el momento, frente a la palabra pánica, hay que respetar la presunción de inocencia de Iñaki Urdangarín, porque eso es lo que exige la Constitución. Si resultara imputado y, aún más, si se le sentenciara por haber cometido algún delito, estoy seguro de que Su Majestad el Rey hará una declaración pública reafirmando los principios del Estado de Derecho, la igualdad de todos ante la ley y la independencia de los jueces. Es lo que ha hecho siempre: cumplir con su deber. Y por eso Juan Carlos I está ahí, respaldado por la voluntad del pueblo español y por un prestigio nacional e internacional que crece cada día.

Allí donde se traban los nervios secretos de la política, le esperan al Rey tragos muy amargos. Los absorberá serenamente en el cumplimiento de su deber constitucional. Don Juan Carlos sabe mejor que nadie que Quevedo tenía razón, ”que el reinar es tarea, que los cetros piden más sudor que los arados, y sudor teñido de las venas; que la Corona es el peso molesto que fatiga los hombros del alma primero que las fuerzas del cuerpo; que los palacios para el príncipe ocioso son sepulcros de una vida muerta, y para el que atiende son patíbulos de una muerte viva; lo afirman las gloriosas memorias de aquellos esclarecidos príncipes que no mancharon sus recordaciones contando entre su edad coronada alguna hora sin trabajo”.

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