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El peligro de la pasión como táctica política

lunes 12 de diciembre de 2011, 21:43h
Ça va de soi que la pasión es apasionada (y perdónenme la repetición radical o del radical). Es además peligrosa y traicionera, porque si puede aportar grandes satisfacciones, también resulta dolorosa. Y es que con pasión pueden vivirse incluso el sentimiento y la aventura más dolorosos. El año 2000 publiqué (lamento la autopublicidad) un libro sobre la novela simbolista que llamé La pasión del desánimo, título en el que no vi contradicción alguna al entender que incluso el convencimiento enfermizo de la decadencia puede vivirse con absoluta entrega.

Podríamos pensar que, si algo no puede encerrarse en una metodología de análisis es la pasión. ¿Cómo contener lo que, por esencia, no puede sufrir contención alguna? ¿Imaginamos, acaso, que alguien pudiera decirle a otra persona: “?Estoy apasionado por ti, pero dentro de un orden”? ¿Qué pasión sería ésa? ¿Qué pérdida de límites? ¿Qué entrega total?

La pasión, una inclinación del ánimo que se exagera, que se instala en el sujeto y se hace centro de todo, que subordina a ella las demás inclinaciones del individuo, no es fácilmente controlable. Esa confusión altera sin duda la personalidad, interesando, por tanto, a la psicología y al psicoanálisis. Confusión y personalidad alterada afectan a las relaciones entre los individuos y constituyen comportamientos prototípicos.

La pasión sí es describible y explicable. Porque se convierte manifiesta como actos, gestos, signos. La pasión, por lo tanto, se hace enunciado.

Enunciamos la pasión.Es posible también contemplar el discurso de las pasiones, su narratividad. La pasión, al manifestarse como cadena de signos, recurre a elementos significativos muy reconocibles culturalmente y, por ello, ligados a épocas determinadas, geografías más o menos precisas, jerarquías y usos sociales. De ahí que Greimas afirme que los estados pasionales pueden interpretarse dentro de un sistema de reconocimiento como modelos de previsibilidad.

Nuestra vida política es la historia de un relato de pasiones, no de convicciones. Y los partidos políticos procuran mantenerla así, en lugar de establecer modelos de sensatez. Curiosamente, cuando un dirigente pretende contener la pasión e imponer la reflexión, los demás lo denigran por retrógado. Vivimos, pues, en la perspectiva de lo incontrolable.

Particularidad de la pasión es que la acción significativa responde a un deseo del sujeto y, más que a un deseo, a una conmoción. De modo que, lo que el contemplador interpreta claramente pudiera resultar inconexo y confuso para el propio emisor. Si el sujeto busca hacer creer para conseguir hacer hacer, el contemplador puede hacer o no pero, en cualquier caso, lo que cree no es exactamente lo que el sujeto creía. La semiótica de las pasiones, pues, es una semiótica de la incomprensión.

Textualizar la pasión, es decir, considerarla como enunciado, significa también introducirla en la dialéctica temporal ineludible para toda teoría comunicativa seria. Porque el presente de los signos exige el pasado de una codificación y el futuro de la significación. Esa temporalidad supera la falsa agitación del cuadrado semiótico greimasiano que articula querer, deber, poder y saber. El querer niega el saber, anula el deber y busca convertirse en un poder futurible. Ahí radica el peligro de la pasión como táctica política, que no puede obtener el triunfo de ninguna estrategia. No sé si los políticos españoles actuales, desde Aguirre a Lara, pasando por Rubalcaba, recuerdan cómo históricamente se han resuelto las situaciones que se presumen conducen al caos, pero convendría que lo preguntasen.

Hay mucha tela que cortar cuando nos enfrentamos con las pasiones. Lo importante es saber si conocemos algo más ellas que el discurso a que dan lugar y, por ello, si conocemos algo más que no sea la ficción, el parecer, ya que para nosotros como sujetos no acaba siendo sino confusión.
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