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El pequeño Messi y el buen Dios

jueves 15 de diciembre de 2011, 21:52h
He de confesar que no me gusta demasiado el fútbol. No lo entiendo. Es tan complejo y exige tanta atención sostenida en torno a un juego en el que no pasan grandes cosas –excepto que alguien meta gol, alguien se lesione o sea lesionado, o un árbitro se equivoque (creo que he agotado las variantes esenciales de los lances del juego), que al final me aburro. Pero los partidos especiales en los que todo el mundo parece esperar que ocurra algo importante (no sólo los clubs), me pican la curiosidad. Y el Real Madrid – Barça del pasado sábado, después de la larga serie de encuentros de la anterior temporada, tenía el mismo aliciente erótico que, pongamos por caso, un encuentro con Marilyn Monroe.

Confieso que me gustó ver el partido. Creo que se debió no tanto a la calidad del juego cuanto al hecho de que por fin he entendido por qué el futbol arranca tantas pasiones entre sus seguidores. Y es que me parece que el fútbol es un simulacro casi perfecto de la vida misma, pero concentrado en noventa minutos. Ya saben, ganar o perder. En la vida, en serio. Se dice por ahí que en la vida intervienen tres factores: azar, destino y carácter. Supongamos por un momento que cada equipo es una especie de persona colectiva, sometida a los avatares de la fortuna pero también abiertos al destino y que deciden luchar o rendirse a cada instante: el carácter. Una especie de tragedia incruenta donde el coro asiste desde las gradas a los lances del juego.

El Real Madrid partía como favorito. Todos esos musculados gladiadores en plena forma. Al salir al campo era tal el esplendor físico de algunos de ellos que uno pensaba en Masala y su carro griego en Ben-Hur. Y, en efecto, al cabo de un minuto ya iban ganando. Y en casa. Aquello parecía la escuadra invencible. El azar, curiosamente porque no lo suele hacer, iba a actuar con impecable justicia: regaló un gol a cada equipo. ¿Qué decidió el resultado adverso para los blancos? Sólo pudo ser el carácter o acaso el destino. No sería justo concluir que unos jugadores tuvieron más carácter, esto es, entrega, valentía, esfuerzo que otros. Estuvieron en eso parejos. Entonces, tuvo que ser el destino. Y es que el destino de estos encuentros –también de los anteriores—se llama Guardiola, acaso el negativo de ese sujeto ruidoso, maleducado, torpe y, en fin, patético que entrena al Madrid. Alguien con poder en el club blanco debería sacar las consecuencias que se siguen de la siguiente proporcionalidad: Mourinho es a Cristiano Ronaldo como Guardiola es a Mesi.

Lo que queda en claro después del partido es un proyecto prepotente que fracasa en el único lugar en que no se puede perder. Solo el Barça está en condiciones de satisfacer la necesidad de reconocimiento que padece el Madrid, el club y sus seguidores. Pero mientras el pequeño Mesi viva inspirado, aunque sea un rato, por su dios (menor si se quiere) Guardiola, el Madrid, por muy buenos jugadores que tenga, no podrá ganar. Al fin y al cabo los dirige no ya una divinidad menor sino un hechicero con problemas de autoestima.

Quiero terminar este errabundo artículo confesando que el título es un préstamo (que quiere ser un homenaje) del que Anthony Burgess puso al frente del primer volumen de sus memorias: El pequeño Wilson y el gran Dios, que publicó en 1987 y que sigue siendo una lectura deliciosa, llena de humor y sabiduría.

José Lasaga

Doctor en Filosofía

José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.

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