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Cambios con decisión y frialdad de juicio

sábado 17 de diciembre de 2011, 19:08h
No hay como una buena crisis para centrar la atención de las personas; después, solo queda que razonen, y decidan. Pero aunque muchos crean que en España abundan las gentes decididas, se equivocan. Abundan quienes piensan con lentitud y demoran encararse con la realidad. Por eso hablan tanto, y con tanta unción, del “momento de la verdad”. Precisamente porque en la vida real lo evitan, y hablan de él a modo de compensación retórica.

España ha podido ser así incluso en sus mejores momentos. Nuestro Rey Prudente se pasó años dudando sobre qué hacer con la revuelta de los Países Bajos, solo para decidirse, tarde, a hacer lo peor. La lentitud de las decisiones regias era proverbial, y se refleja en aquella invocación de Francis Bacon a “que la muerte me llegue de España para que me llegue más tarde”. Poner la hacienda pública en orden fue tarea de siglos que siempre se hizo a medias. Tanto se retrasaban a veces los pagos a los soldados que el resultado era provocar un arrebato contraproducente. Si la famosa furia española viene de “la furia de Amberes” es porque alude al episodio vergonzoso de unas tropas exasperadas por la falta de pago de sus haberes, que se indemnizan saqueando una ciudad indefensa. Vergüenza doble, por la cólera, criminal, y por la consecuencia, una pérdida de prestigio que pesó, y mucho, en perder aquella guerra.

Nos persigue la tentación de la inercia. Que también queremos compensar retóricamente apelando a cambios, en apariencia trascendentales, en realidad dudosos. Sin ir más lejos, una de las falsas imaginaciones de nuestra vida contemporánea es que la transición democrática y lo que vino después ha cambiado radicalmente a España. España ha cambiado en lo que viene casi solo con los tiempos mismos: más alimentación, más salud, más tiempo libre, más años en la escuela, más deporte, y otras muchas cosas, modestas y sensatas, que se dan cuando las gentes tienen un espacio de paz y de libertad. Pero para ciertas cosas, hace falta más impulso. Muere un dictador sin sucesión y viene, como no podía ser menos dado el tiempo y el lugar, una democracia discreta. Continúa un capitalismo con una base productiva real mediana, con su mucho de capitalismo de influencia y corte, y su poco de tejido productivo amplio y flexible, de empresas de tamaño medio, de mano de obra cualificada y de tasas elevadas de competitividad e innovación. Sigue un sistema educativo parecido al de hace cincuenta años, con su ninguna universidad entre las primeras cien del mundo o las primeras cincuenta europeas, y con esas altas tasas de abandono escolar y esos puestos rezagados en los rankings internacionales de los que se habla mezclando un exceso de dramatismo y otro de eufemismo, pero nunca en el punto justo que da pie para cambiar el rumbo.

Inercia y caos suelen acabar por venir juntos, y una espiral de caos han sido estos últimos años de dar vueltas por la tierra de Nunca Jamás o, como Alicia en el País de las Maravillas, entre alucinados que daban sus órdenes, tomaban su té y jugaban sus partidas de cartas mientras las paredes se iban derrumbando. Pero ahora, tras las elecciones y el limbo de una transición un poco surrealista, henos ya a las puertas de un cambio de orientación.

Para que el cambio sea real ha de hacerse con decisión, frialdad de juicio y el corazón en su sitio. Frialdad de juicio, por ejemplo, para hacer nuestra una gran estrategia de consolidación fiscal, a la alemana, pero no a costa de un empleo y un crecimiento que el país necesita pronto, y no para dentro de cinco o diez años. El corazón en su sitio, porque España cae en la tentación de la inercia y la desidia cuando se deja ahogar, y se deja muy a menudo, por un clima de desconfianzas y envidias cainitas que le roban su impulso hacia adelante.

Hay que descontar que ruido habrá, y mucho, desde el primer momento, y que la ira brotará a la primera ocasión, porque nunca ha dejado de estar ahí. Pero no importa. El ruido y la ira son como murallas de aire. Hay que pasar a través de ellas con rapidez y de manera rotunda. O si no, el aire se espesará y se convertirá en cadenas en los pies de todos.
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