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La Navidad hoy

domingo 01 de enero de 2012, 18:52h
Pocas tradiciones más entrañables y que yo aprecie más que aquellas que rodean la Navidad. Tiene ésta tal fuerza, cobra tanto valor simbólico, que se mantiene íntegra incluso cuando la creencia religiosa se aparta, hasta el punto de que, muchas veces, la propia ceremonia de culto correspondiente parece más un añadido, un suplemento. En la Navidad nuestra sociedad (siempre hoy de comportamiento agnóstico e individualista) celebra no tanto un nacimiento, como un renacimiento: el renacimiento del sentido familiar. La familia resucita cada 24 de diciembre.
Si esto pudiera ser importante en todas las sociedades, en las latinas resulta fundamental, porque la familia se reafirma a la manera de un núcleo de resistencia, con efectos importantísimos en períodos económicos difíciles como los que actualmente vivimos. El abrigo del entorno familiar permite hoy, por ejemplo, que nuestra sociedad resista las elevadas tasas de desempleo que sufrimos sin que la vida comunitaria se altere grandemente. Por eso la Navidad, con toda su significación familiar, reafirma su importancia simbólica.

Para los españoles, la Navidad comienza con la cena de la noche del día 24 de diciembre y concluye en el recorrido de visitas a las casas de los abuelos o los tíos que los niños llevan a cabo el seis de enero siguiente. Trece días de singladura en la conciencia de pertenecer a un clan, trece días que insisten en los testimonios de la temporalidad.

En la noche del 24 se constata el presente de la familia. La noche del 31 sirve para recordar a los desaparecidos durante el año. El 6 de enero permite afirmarse en el futuro que significan los niños, siempre apoyados por la entrega y la dedicación de los mayores. Es verdad que cierto cosmopolitismo y el deseo de olvidar los momentos tristes hacen, desde hace algunos años, que la nochevieja familiar pierda entidad, aunque se resiste a desaparecer del todo.

Para que antropológicamente nada falte, cada uno de esos tres días conlleva rituales gastronómicos que cambian según las regiones, pero que pueden resumirse, primero, en la cena de nochebuena (besugo al horno, puerco asado o, modernamente y por influencia anglosajona, pavo), segundo, en el brindis con sidra de la nochevieja, que hoy suele sustituirse con cava, en imitación de las clases poderosas que siempre bebieron champagne, y, por último, en el roscón del día de Reyes.

Comprobamos que, fuera de los eclesiásticos ?para los que la celebración familiar tiene que ser secundaria, ocupados fundamentalmente en prácticas de culto? el mito (o la creencia, si prefieren) ha sido superado por el rito. Y el rito no tiene como función apoyar y justificar el misterio originario, sino afianzar la relación familiar y sustentar otra mitificación, la del estado personal digno y mejor que el futuro debe ofrecer a los niños. No digo, por lo tanto, que estemos ante actuaciones profanas, sino que se manifiestan en una esfera religiosa diferente de la inicial y desencadenadora. No estamos ante una creencia en un más allá, sino ante una concepción del mundo. ¿Y qué es una concepción del mundo sino un sentimiento religioso, devoto o laico? No importa tanto, por ello, la infancia de Jesús como la afirmación del apoyo que la familia, refundándose cada año, promete a la generación siguiente. Esto es lo que nos dice a cada uno nuestra práctica personal, más allá de la fe que podamos o no profesar.
No vea nadie en esto nada negativo, por el contario. Responde a sentimientos atávicos, previos a cualquier religión. Porque el ser humano siente la necesidad de perpetuarse y vencer de ese modo la amenaza irresistible de la muerte. Por eso tiene hijos, para seguir viviendo en ellos. Y con la confianza en que vivirán una vida mejor, para lo cual la familia tiene que servir de apoyo y lanzadera.
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