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Los dos islam

lunes 02 de enero de 2012, 21:17h
La “primavera árabe”, en cuyo transcurso cayeron los regímenes autoritarios de Túnez, Egipto y Libia mientras otras dictaduras del mundo árabe experimentaban graves disturbios populares que por ejemplo el gobierno sirio ha intentado reprimir con ferocidad sin igual, acaba de cumplir un año. En un principio se pensó que estábamos ante un movimiento regional de liberación democrática similar al que vivió Europa Oriental desde 1989, cuando se derrumbaron los regímenes comunistas con la caída de Muro de Berlín.

Las explosiones populares en cadena del mundo árabe, que fueron posibles porque el ansia de libertad frente a la opresión se difundió como un reguero de pólvora gracias a la conexión “horizontal” entre las personas que alienta Internet, recibieron el nombre común de “Primavera árabe” en medio del entusiasmo que generaron en nuestras expectativas democráticas. Pero ahora, a un año de distancia, estos acontecimientos están rodeadas por una preocupación que bordea el pesimismo al que contribuyen a alimentar, de un lado, la contemplación del desorden que a veces sucede a las dictaduras de muchos años y, del otro, al hecho de que el fundamentalismo y hasta el terrorismo musulmán también se están difundiendo entre las masas árabes.

La razón de este súbito pesimismo reside en la ilusión generalizada que albergábamos de que ocurriría un triunfo rápido de las libertades occidentales en el seno de los regímenes hasta ayer autoritarios, una ilusión que no tuvo en cuenta la profunda influencia del islam en el Medio Oriente. Al ver por ejemplo que en Egipto, el principal de los países árabes, crece la influencia de los Hermanos Musulmanes cuando no es la propia Al Caeda la que gana espacio en medio de las revueltas populares, ¿deberíamos revisar lo que esperábamos de la ya famosa “primavera árabe”?

La rectificación de nuestras expectativas democráticas en Egipto y en otros países de la región debería comenzar por el reconocimiento de que el islam, por lo pronto, “no es” occidental, y de que el movimiento global a favor de la libertad económica y política que fue la marca de Occidente desde la revolución puritana de los siglos XVI y XVII en adelante, siempre encontró en los países islámicos una barrera casi impenetrable.

¿Es el islam, entonces, un área vedada a la cultura democrática? No necesariamente. Lo que ocurre es que, como un invitado tardío al despliegue de la libertad que alumbraron en Europa el Renacimiento, la reforma protestante, la Revolución Francesa y hasta el Concilio Vaticano II, el islam ha opuesto resistencias que continuaron vigentes hasta el día de hoy. En la admiración por nuestros propios cambios trascendentales y a lo mejor llevados por algo parecido a la soberbia, los occidentales habíamos olvidado que ya en plena Edad Media, cuando Europa recién se desperezaba, el mundo árabe fue un faro luminoso del pensamiento. En el momento en que recién renacía la cultura grecorromana en Europa, ¿podríamos ignorar acaso que pensadores árabes como el cordobés Averroes fueron los primeros en difundir en Occidente las ideas de Aristóteles? Cuando los musulmanes piensan en sí mismos, en su propio pasado, no se ven como el bolsón del subdesarrollo donde los ubica Occidente sino como los herederos de una cultura que, habiendo sido cabecera de la civilización hace algunos siglos, ahora se siente postergada y humillada.

Una vez que decidimos revalorizar la rica tradición musulmana, tendríamos que admitir además que el islam de hoy, con sus mil millones de fieles, se divide en dos corrientes principales. Una de ellas, fundamentalista, es vecina al fanatismo de Al Caeda. Pero la otra, que se expresa en el ala moderada del islamismo entre los propios Hermanos Musulmanes egipcios y en países de gran progreso democrático como Turquía, atrae cada día más a millones de fieles que, alejándose del extremismo de los ayatolas de Irán, están demostrando en medio de un sinnúmero de dificultades su capacidad de vivir en democracia.

No había que esperar, por consiguiente, que la “primavera árabe” se instalara pura y simplemente en el marco de la tradición occidental sino en las filas del islamismo moderado, un movimiento al que también habría que reconocerle el derecho de ser diferente de nosotros. Diferente, pero aun así animado, a través de otras vías, por el espíritu de la libertad que hoy exaltamos de manera rotundamente mayoritaria en Europa y en Iberoamérica.

Mariano Grondona

Doctor en Derecho

MARIANO GRONDONA es Abogado y doctor en Derecho y Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires

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