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Las doce uvas y los Reyes Magos

jueves 05 de enero de 2012, 21:15h
Comenzar el año comiendo doce uvas es una tradición de poco más de un siglo que ha hecho que los españoles, siempre tan diversos, “hagamos por una vez algo a la vez”. Así lo cantaban hace años Mecano en su célebre canción En la Puerta del Sol. Hacer regalos el día de Reyes es otra de nuestras más consolidadas tradiciones, que algunos ven peligrar con el ascenso en popularidad de Papá Noel. Ojalá perduren ambas, porque además de bellas están cargadas de sentido, las uvas y los reyes magos simbolizan la esperanza y la ilusión.

Por cierto, esto de dar paso al nuevo año en Enero es también relativamente reciente, lo hacemos desde 1582, poco más de cuatro siglos. El anterior calendario “juliano” estuvo vigente diecisiete siglos, desde la época de Julio Cesar y en él se cambiaba de año en Marzo. Tenía su lógica, Marzo es el mes en el que llega la primavera en nuestro hemisferio y todo parece renacer después del gélido invierno. El papa Gregorio XIII cambió por razones complejas el calendario, aunque los meses no cambiaron de nombre y por eso Septiembre, que ahora es el mes nueve sigue llevando el prefijo “Sept”, séptimo, como correspondía cuando Marzo era el primer mes. Y lo mismo pasa con Octubre, Noviembre y Diciembre. Sea como fuere, lo cierto es que con la llegada del nuevo año solemos hacer todo tipo de buenos propósitos. Tras las doce uvas debe darse la mayor concentración de buenas intenciones y deseos.

Ya hemos hablado en ocasiones anteriores de la esperanza. Siempre que comienza algo que consideramos importante hacemos lo mismo, sea un nuevo gobierno, un reinado o una nueva etapa en la vida, y ese algo no es otra cosa que llenarnos de esperanza. Hay algo mágico a lo que nuestro psiquismo se aferra y que nos lleva a igualar de alguna manera el desear con el conseguir. Alguien dijo que si mirásemos continuamente hacia el cielo, deseando volar como los pájaros, nos saldrían alas. ¿Y no es eso un avión? Conviene, no obstante y para no frustrarnos, que nos planteáramos metas realistas y no empeñarnos en conseguir imposibles. Hay ocasiones en que nos dejamos las fuerzas en batallas que están perdidas de antemano, mientras que en otras ocasiones, por el contrario, tiramos la toalla creyendo que no podemos conseguir algo que sin embargo está a nuestro alcance.

El uno de Enero es el día de la esperanza y cinco días más tarde llegan los Reyes Magos, el día de la ilusión. Esperanza e ilusión son sentimientos muy ligados, la ilusión que estos días sienten nuestros pequeños es una especie de inquietud gozosa que convierte la espera en esperanza. Todos, no sólo los niños, precisamos ilusión para vivir felices. La depresión es un trastorno terrible que es la antítesis de la felicidad, la intolerancia a la vida misma y el sufrimiento por vivir, supone también la ausencia absoluta de ilusión. El enfermo depresivo cuando intenta describir su estado suele utilizar la expresión “no tengo ilusión por nada”. Por el contrario, cuando una persona está radiante de felicidad solemos decir que está muy ilusionada. Pero, ojo, tener ilusiones es bueno pero no lo es ser un iluso.

Nuestra lengua que es tan sabia ya nos hace ver la dificultad inherente que entraña la vida. La misma palabra, ilusión, significa esperanza y engaño de los sentidos. La obra más grande y universal de nuestra literatura, El Quijote, es una muestra inigualable de la doble vertiente de la ilusión. Don Quijote es a la vez un iluso del que todos se mofan y un hombre heroico de valores sublimes. Quien haya captado la esencia del Quijote siente una cierta tristeza cada vez que sacan al hidalgo caballero de su locura. Y no es que la locura sea bella, soy psiquiatra y por lo tanto no tengo una imagen romántica de la locura, pero hay cuerdos demasiado cuerdos. No sólo de razón vive el psiquismo del hombre, precisa también de imaginación, de fantasía, de magia, de ilusión, de un toque de locura.

Los niños, esos locos pequeñitos, creen en los Reyes Magos y la mayoría de los padres y los abuelos alimentamos y protegemos esa creencia. Algo nos dice que es bueno para ellos. Instintivamente advertimos que para su felicidad es precisa la ilusión y la inocencia. Algunos adultos, en mi opinión demasiado racionales y sesudos, piensan que no es sano engañar a los niños, que hay que hacerlos realistas y no fomentar su ingenuidad. Yo creo sin embargo que a los adultos nos conviene mantener una parte niña, donde siempre habite la ilusión. Es bueno que existan los Reyes Magos y si no existieran habría que inventarlos.
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