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Los Reyes Magos (I)

jueves 05 de enero de 2012, 21:28h
La Navidad y sus festejos son motivo de reencuentros familiares ampliados a reuniones de amigos, de actualizaciones de recuerdos y, también, de campo abierto a la fantasía y de triunfo de la ilusión y la esperanza. Mucho tienen que ver en ello los Reyes Magos, cuya presencia cumple la función tal vez mayor.

Sé bien que muchas familias, empujadas, de un lado, por las empresas comerciales que buscan cualquier motivo para ampliar sus ventas, aunque sea socavando las más propias costumbres de la generalidad; o impulsadas, del otro, por las modas foráneas que traen el cine y la televisión y parecen por eso más modernas y progresivas; o simplemente pensando en el disfrute de los hijos durante las vacaciones escolares de invierno, porque confunden la celebración del 6 de enero con el regalo de juguetes; muchas familias, digo, han sucumbido bajo la tripa inelegante y mórbida de fantoches vestidos de rojo. Sin embargo, esas familias no se rinden del todo y acaban celebrando también, aunque ensordecida, la madrugada del día mágico de enero.

Papá Noel, Santa Claus y otros personajes ajenos a nuestro folklore nunca pueden desbancar a los Reyes Magos. Aquéllos, cualquiera que sea su origen, son para nosotros elementos pertenecientes al mundo mercantil; viven lo que dura la compraventa y la apertura del paquete de regalo. Se han convertido en un signo económico y prueba de ello es que sus dobles reclaman la atención del viandante con una campana, incitando a la compra, del mismo modo a como, en el bazar turco, alguien dirige nuestra atención hacia los distintos tejidos, o el viejo propietario del restaurante italiano nos incita desde la puerta a consumir al menos un panino, o bien, en tantas ciudades americanas, un modesto trabajador provisto de una bandera nos anuncia que hay plazas de estacionamiento. Papá Noel viene a ser lo que llamamos un gorrilla, elgorrilla de la Navidad.

¡Qué diferencia con los Reyes Magos! Desde mediados de diciembre los dobles o los enviados y pajes de Sus Majestades se sientan solemnes en amplios sillones y, si es verdad que muchas veces a la puerta de grandes almacenes, no incitan a compra alguna, sino que colaboran a la ilusión de todos recibiendo en mano esas cartas que, con esfuerzo y entusiasmo, los niños han escrito poniendo mayor cuidado del que nunca pusieran en los ejercicios escolares.

Y, al fin, ayudados por la magia, en la tarde del cinco de enero, llegan los Reyes por mar, por tierra e, incluso, por aire (en virtud del lugar). Las autoridades los reciben y recorren luego, majestuosamente, como no podría ser menos, las calles principales de nuestras ciudades. La cabalgata no tiene como función primera llevar regalos a niños enfermos o menesterosos, porque esto podría hacerse de forma más discreta. Se trata de espectacularizar el rito para socializar una práctica que, en principio, es familiar. Viene a ser (permítaseme la comparación) como la actuación del Banco Central Europeo en apoyo de los bancos nacionales. Aquél sería la entidad organizadora de la cabalgata, éstos, las familias. Viene a decirnos que no es únicamente la familia quien cuida, aunque desde cierta distancia, disimulada, y a través de la magia y la ilusión, del futuro del hijo. Es la sociedad misma la que asegura el mañana de la infancia. Frente a la matanza de los inocentes llevada a cabo por un poder establecido, la cabalgata afirma la bondad del conjunto social. Probablemente es la intromisión más ideológica en el rito. No se tome aquí ideología en un sentido exclusivamente restringido y político, sino como la expresión de un sentir comunitario de lo que la sociedad debería ser. La cabalgata busca hacer visible lo invisible.

Característica esencial de los Reyes Magos es su invisibilidad. Todos los misterios son invisibles en sí mismos. De hecho, al niño se le dice al acostarse: “No te despiertes, porque si te ven los Reyes se marchan sin dejar nada”.Pero lo que queremos decir no es “si te ven los Reyes”, sino “si ves a los Reyes”. Es decir: “No te despiertes, porque si ves a los reyes se marchan sin dejar nada”.
Resultan invisibles porque son y no son, o son sin serlo. Son porque somos; pero nosotros no somos, porque ellos son. Es decir, son porque nuestros actos los imponen.

Luego no es que, de ser descubiertos, los Reyes se vayan sin dejar regalos. Es que se marchan, desaparecen, dejan de ser, se rompe el mito.
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