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La esencia de la modernidad: Cambiar las cosas de sitio

domingo 08 de enero de 2012, 20:25h
El verdadero espíritu de la Modernidad se basa en cambiar las cosas de su sitio original, no me cabe la menor duda. Parece que nos encanta desordenar, enredar, descolocar y cambiarlo todo.

No hay más que ver los yacimientos petrolíferos. El petróleo, una sustancia negruzca que estaba ahí, tan tranquila, descansando bajo la tierra. Pues tiene que venir un listo a tocar las narices, empezar a rebuscar y liarla. Ahora no sólo tenemos un aire saturado de dióxido de carbono, nos hemos vuelto dependientes del oro negro y ello conlleva unas consecuencias geopolíticas que no procede detallar aquí porque entre otras cosas, son bastante evidentes.

Pensemos también en la deslocalización del capital. No sólo desaparecen las empresas de un lugar para irse a remotos lugares asiáticos (¿hay algo más raro que un traje regional fabricado en la otra punta del planeta?). En África veremos proyectos en los que cientos de trabajadores chinos han sido desplazados al continente para llevarlos a cabo.

La industria de la alimentación reúne a grandes expertos del quita-y-pon. A la leche le ponen flúor y Omega-3, mientras al jamón le quitan las estrías de grasa y al café la cafeína. ¿Uvas sin pepitas? No es ningún problema. ¿Pipas con sabor a hamburguesa? ¿Por qué no?

Pero si hay algo que se dedica con fervor a la traslocalización son la genética y la tecnobiología. Genes por aquí, chips por allá, y acaban surgiendo los más temibles engendros: Un ratón que sintetiza una oreja humana en su espalda, insectos manipulables a través de cables que dominan su cerebro... la imaginación no tiene límites.

Podemos eliminar montañas y crear islas, tener animales exóticos, y beber el agua de cualquier parte del planeta, como si de un gran concurso de esnobismo se tratase. Cuando eres consciente de que los ajos, las pipas o los espárragos vienen de China, es cuando empiezas a darte cuenta de que no eres capaz de tener ni siquiera una lejana idea de cuál es el verdadero funcionamiento del mundo actual. El Lago Victoria, por ejemplo, fue invadido por la perca del Nilo, gracias al hombre, ayudando así a cargarse la biodiversidad del lugar.

Parece que la ambición, la imaginación y eso que algunos dieron en llamar “progreso” conforman un imparable motor que ignora y desprecia las consecuencias de sus acciones. El sueño de la razón producirá monstruos, pero igualmente la búsqueda racionalista no está libre de esperpénticos engendros.

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