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Crisis: Pagando errores ajenos

lunes 09 de enero de 2012, 21:27h
La costumbre de encender la radio cada mañana para desperezarse se ha convertido en un suplicio. La pesadilla comienza cada vez que la voz del locutor de turno desgrana los datos del paro, del déficit o los pronósticos económicos para el próximo año y hay que echarle mucho valor para salir de la cama y enfrentarse a esa sensación desasosegante de que algo se nos escapa de las manos sin que tengamos nada claro qué hacer para evitarlo.

Miro hacia atrás y pienso en aquellos famosos brotes verdes que alguien creyó vislumbrar una vez; en aquellos “agoreros” a quienes en 2008 se les mandaba callar como a viejas pesimistas; en que casi nos sonaba a ciencia ficción eso de que hasta 2012 no íbamos a salir de la crisis -¡ojalá!-; y en lo terrible que nos parecía llegar a los cuatro millones de parados, algo que hoy, a punto de sobrepasar la de los cinco millones, parece una nadería.
La crisis está volviendo nuestro mundo del revés. Si Zapatero se acabó convirtiendo, muy a su pesar, en el modelo de político neoliberal al que decía combatir, ahora a Rajoy –o al personaje que dirige el país en la sombra porque verle, lo que se dice verle, no lo estamos viendo demasiado- le ha salido el alma pseudo-socialdemócrata y, a pesar de haber abominado siempre de la subida de impuestos, gracias a él ya tenemos el honor de ser uno de los países europeos con mayor presión fiscal. Sólo tenemos por delante a los países nórdicos, con la diferencia de que ellos también encabezan las listas de mayor nivel adquisitivo y, por supuesto, se sitúan muy lejos de los primeros puestos en lo que a paro se refiere. Nosotros aquí también nos llevamos la palma y lo cierto es que no está muy claro cómo vamos a sobrevivir a este estado de malestar en el que se ha convertido nuestro sistema.

Creo en el Estado de Bienestar, en los derechos que nos ganamos a fuerza de obligaciones y en eso de que hay que arrimar el hombro. Por eso, no tendría problema en que me subieran los impuestos y en aportar todo lo que haga falta para que el barco no se hunda, si no fuera porque tengo la incómoda sensación de que estoy pagando un pato que no es el mío. Porque incluso a convencidos como a mí nos cuesta mucho subir la pendiente cuando nos cargan la mochila de Ipads para todos los diputados del Congreso, que, por cierto, no se han tocado el sueldo ni un duro y que en lo poco en que se ponen de acuerdo es en garantizarse sus beneficios y prebendas. Para recortes, congelaciones y demás sacrificios ya estamos los ciudadanos.

También resulta difícil mantener el ánimo cuando te enteras de cosas como que la televisión de la arruinada Generalitat Valenciana tiene más plantilla que Telecinco y Antena 3 juntos. Y a mí eso me sulfura más que un par de trajes, la verdad. Tampoco ayuda escuchar las ingentes cantidades de dinero que las instituciones públicas se dejaban en contratar el asesoramiento de la empresa de Urdangarin y cómo esos servicios de literal nada se traducían en una hinchazón desproporcionada del presupuesto final de cualquier evento. Y qué decir de ese capitalismo de pacotilla que se traduce en estados que inyectan a los bancos con dinero público –NUESTRO DINERO- para que nos lo presten con un interés del 4%. Y podría seguir, diciendo lo que todos ya sabemos, enrocándome en la mala leche e impotencia y, sobre todo, miedo, que me invade cada mañana cuando me doy cuenta de que, por encima de todo y a pesar de todo, los políticos y quienes nos dirigen fueron quienes la cagaron, quienes la siguen cagando y quienes probablemente serán incapaces de sacarnos de este lío. Lo triste es que, a pesar de eso, los mismos que han llevado a comunidades enteras a la ruina sólo se despiden con un amago de disculpa para seguir manejando el país desde la poltrona del partido de turno. Yo aceptaría sin rechistar pagar mis impuestos pero me duele que parte de ellos sigan yendo a sueldos vitalicios de políticos infames que han gobernado y gestionado de la peor de las maneras y con una asombrosa falta de sentido de la responsabilidad. Esta crisis y lo que se nos viene encima tiene culpables con nombres y apellidos pero, lamentablemente, quienes pagan el pato no van a ser ellos.
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