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UN GUERRERO DERROTADO POR SÍ MISMO

[i]Queipo. El sueño de un general[/i], de Pedro Álvarez-Ossorio: la pesadilla del poder

domingo 15 de enero de 2012, 09:05h
El dramaturgo y director de escena Pedro Álvarez-Ossorio recrea la figura de Queipo de Llano en un espectáculo que va más allá del “teatro documento”, al infundirle ecos shakesperianos que le otorgan una mayor dimensión.
Queipo. El sueño de un general, de Pedro Álvarez-Ossorio
Director de escena: Pedro Álvarez-Ossorio
Escenografía: Juan Ruesga y Vicente Palacios
Iluminación: Florencio Ortiz
Intérpretes: Antonio Dechent, Amparo Marín, Antonio Campos y Oriol Boixader
Lugar de representación: En gira por España

Por RAFAEL FUENTES

Queipo. El sueño de un general es tanto un retablo histórico de episodios que determinaron la evolución de la Guerra Civil en Andalucía, como una vivisección de las diversas formas en que se puede vivir y ejercer el poder. Pedro Álvarez-Ossorio reutiliza para ello algunas de las técnicas de inmersión que con tanta destreza desarrolló en su tiempo Antonio Buero Vallejo, al sumergirnos en la mente de un protagonista y revivir desde su punto de vista subjetivo los acontecimientos de su vida. El protagonista de Álvarez-Ossorio es, en este caso, el teniente general de caballería Gonzalo Queipo de Llano y Sierra, que en el año 1951 agoniza en Sevilla mientras su memoria va sucumbiendo a la muerte y va recordando episodios decisivos no solo de su biografía sino también del transcurso histórico de España. El autor ha sido –quizá inevitablemente- selectivo en la gama de recuerdos del anciano general, pues prácticamente todos ellos se refieren a la toma del poder militar en Andalucía en el primer año de la Guerra Civil y sus posteriores antagonismos con el generalísimo Francisco Franco.

Las exigencias del drama exigen cercenar multitud de episodios que en su tiempo hicieron legendario a Queipo de Llano y que el propio franquismo se ocupó de postergar y enmudecer. En realidad, Gonzalo Queipo de Llano había alcanzado ya notoriedad en la guerra colonial de 1898 en Cuba, donde quedaron liquidados los últimos restos del antiguo imperio español, del mismo modo que su figura se enalteció con el uso de la caballería en la guerra del Rif al norte de Marruecos, lo que le llevaría a respaldar el golpe de Estado del general Primo de Rivera. El imaginario político de Queipo de Llano se enriqueció notablemente por su ideario republicano, dirigiendo la sublevación de Cuatro Vientos contra la monarquía de Alfonso XIII en 1930, exiliándose de inmediato en Portugal, para poco después ser el militar de confianza de Niceto Alcalá-Zamora y colaborar decisivamente en la ejecución de las reformas militares planificadas por Manuel Azaña. Nada de esto se recoge en la pieza de Álvarez-Ossorio, de modo que Queipo. El sueño de un general, no puede considerarse una “biografía teatral” de su protagonista, sino solo una exposición del uso del poder militar en la aniquilación del Frente Popular en Andalucía, desde su puesto de mando en Sevilla.

En este punto, la obra se aproxima al “teatro documento”, en el que la interpretación de los actores, basándose en testimonios históricos, es complementada con las célebres alocuciones que Queipo de Llano lanzó desde Unión Radio Sevilla, con todo su efecto de terror psicológico, así como los aún más espeluznantes fragmentos cinematográficos de documentales de la época que dan testimonio de la devastación sangrienta, la furia letal y la barbarie de toda índole desatada en 1936. El drama de Álvarez-Ossorio explora las relaciones de Queipo con el cardenal Segura, la tiranía hacia su hija Maruja, el control sobre carlistas y falangistas, y su modo inmisericorde de dirigir la guerra empleando los salvajes métodos bélicos de los conflictos coloniales en que había participado ahora contra sus compatriotas convertidos en implacables enemigos políticos. El teniente general contaba ya con 61 años, pero ni la edad ni la experiencia de los desastres vividos aminoraron su temperamento temerario, su egolatría ni su carácter aventurero de hombre de acción, sino que en el inicio de su vejez se exacerbaron aún más hasta alcanzar el paroxismo.

La propia técnica de inmersión que nos permite sumergirnos en estas memorias bárbaras de Queipo, permite también a Pedro Álvarez-Ossorio ir más allá de esta faceta de “teatro documento”. Como una alucinación del general agonizante, en la obra se filtran cada vez con mayor intensidad fragmentos de Ricardo III, de William Shakespeare, que se apoderan de la voz de Queipo o se difunden fantasmagóricamente desde la Unión Radio Sevilla. Esta intrusión shakesperiana da otra dimensión al drama e ilumina otras facetas de aquellos episodios históricos. Como sabemos, el deforme duque de Gloucester que protagoniza Ricardo III ha vuelto victorioso de la Guerra de las Rosas y su retorno del campo de batalla a la vida fácil de palacio significa para él la continuación de la guerra por otros medios: la violencia política para alcanzar el poder total. El Gloucester de Ricardo III muestra así inquietantes analogías con Queipo de Llano junto a fuertes antagonismos que aclaran en profundidad la actuación del general español.

La analogía se asienta en una misma voluntad de poder bárbara que recurre con frialdad al crimen para alcanzar su objetivo. Gloucester y Queipo deben su gloria a la violencia bélica para caer después en un torturado descrédito. La violencia al servicio del poder egocéntrico les hermana, Al mismo tiempo, Queipo no es una simple réplica de Gloucester. Queipo no es un ser deforme, sino un hombre que aun en su vejez conservaba su complexión atlética y su apostura donjuanesca: el teniente general de nuestra Guerra Civil no es un resentido que busca venganza a través de la traición y la intriga política acompañadas del crimen personal. Muy al contrario, el comportamiento del shakesperiano Gloucester en Ricardo III nos hace ver las enormes carencias de Queipo de Llano para adueñarse del poder absoluto cuando ya no está en el campo de batalla. La obra de Álvarez-Ossorio nos muestra su torpeza frente al general Franco, su falta de talento para la maniobra política tras vencer en la guerra abierta. Ambiciona la posición de Franco, trata de arrebatársela, pero el generalísimo, simplemente, le pone firme, lo condecora y lo envía en comisión a Italia para borrar de un plumazo la decisiva contribución del laureado anciano a la victoria franquista.

En realidad, no era la primera vez que esto pasaba. Tras la campaña del Rif y el apoyo a Primo de Rivera, éste lo apartó radicalmente de sus funciones. Tras la sublevación de Cuatro Vientos y la estrecha relación con Alcalá-Zamora y Manuel Azaña, se vio arrinconado por una República contra la que se sublevó. El papel decisivo en esa sublevación acabó con su total ostracismo en la propia dictadura que él contribuyó de forma determinante a forjar. Queipo de Llano era experto en conducir triunfalmente arriesgadas cargas de caballería en campo abierto, pero inepto para la floritura de las salas de banderas y palacios del poder.

Paradójicamente, la furiosa tortura que aqueja a Queipo de Llano durante su agonía no está motivada por la barbarie en que se vio envuelvo y protagonizó, sino por su incompetencia para manejar el poder que había adquirido en el combate. Tan fascinante personalidad es la que de manera sugerente se expone en Queipo. El sueño de un general. Un sueño que debe clasificarse, con todas las credenciales, en la categoría de las peores y más feroces pesadillas.
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