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Crítica de ópera

Iolanta y Perséphone, viaje trascendental entre luz y tinieblas

domingo 15 de enero de 2012, 12:24h
Este sábado el Teatro Real ha acogido el estreno mundial de una nueva producción operística que nace de la unión de Iolanta, la última ópera compuesta por Chaikovski, y el melodrama de Stravinski, Perséphone.
El estreno mundial anoche en el Teatro Real de una nueva producción, que une en el escenario la última ópera compuesta por Chaikovski, Iolanta, y el melodrama en tres cuadros Perséphone, escrito por Stravinski 40 años después, se saldó con un lleno absoluto de público, que, por otra parte, se mostró mucho más entusiasta y convencido con la primera de las obras representada.

Tampoco podía ser de otra forma porque, a pesar de que para el director de escena Peter Sellars – responsable ideológico del proyecto - ambas obras y, más aún, ambos compositores tengan muchos puntos en común, anoche se hacía tremendamente difícil cerrar el boquete emocional que la espiritual y romántica obra de Chaikovski acababa de abrir en las profundidades de las almas allí reunidas para entrar, de repente, en la propuesta, mucho más intelectual que emotiva, creada por Stravisnki. La media hora de entreacto que separaba ambas obras no daba margen para tan fundamental tránsito desde el corazón a la razón. Ambas heroínas han de realizar un profundo viaje, desde la oscuridad a la luz en el caso de Iolanta, y de la luz a la oscuridad, si se trata de Perséphone, pero mientras que Chaikovski vuelve a cargar toda su espiritualidad doliente en melodías que tocan para llegar hasta lo más hondo y secreto de cada uno, Stravinski construye un relato estilizado que mezcla a la manera cubista música, danza, poesía y otras artes visuales que sólo alcanzan como estudiado y bello conjunto para acompañar el relato de la primavera robada a la Tierra. Indudable su belleza plástica, su interés, su entretenimiento, lo inteligente de un texto bellamente declamado por la actriz francesa Dominique Blanc, pero uno echaba de menos haberse ido a casa o a pasear por las frías calles de enero con el alma abierta de par en par, así como se había quedado, indefensa y con todo al descubierto igual que el escenario, después de asistir al conmovedor relato de la princesa ciega que no sabe que lo es: ni lo uno ni lo otro.

Chaikovski fue el primero en conmoverse por tan simbolista y bello relato. Desde que leyó la obra del escritor danés Henik Hertz tuvo claro que quería poner música a esa sublime historia y, aunque tardó ocho años en ponerse manos a la obra, una vez que se sentó a escribirla fue víctima de una crisis creativa y él mismo confesó a su hermano Modest, inteligente autor del libreto, que el proceso de composición estaba resultando mucho más lento de lo planeado. Seguramente es lo que puede ocurrir cuando uno se deja literalmente el alma en ello, en cada una de las notas que anoche sorprendían a quien no conocía esta obra, extrañamente poco habitual en los teatros líricos del mundo, y conmovían a todos los congregados como retándoles a resistirse a tan profundo recogimiento. Nadie lo consiguió. En el foso, el director de orquesta griego Teodor Currentzis hacía vibrar, también literalmente, el podio y hasta las primeras filas del patio de butacas cuando, a su vez, prestaba su alma para que nada se perdiera de aquella belleza sonora que el compositor ruso nos regaló a todos. Currentzis fue por ello, junto a la Orquesta Titular del Teatro Real, Orquesta Sinfónica de Madrid, uno de los más premiados de la noche. De toda la noche, porque de la primera parte ninguna de las voces intervinientes se quedó sin su muy merecido aplauso. Empezando, claro está, por Ioalanta, personaje increíble en su belleza y su ingenuidad, que no sabe porqué llora. Protegida por su padre en un mundo de mentiras para que la desgracia de haber nacido ciega no tenga ningún significado para ella. Ojos que no ven. Pero el alma lo ve todo.


Iolanta. Ekaterina Scherbachenko, soprano (Iolanta) y Pavel Cernoch, tenor (Conde Vaudémont)


La joven soprano Ekaterina Scherbachenko templa la inseguridad del personaje y construye con una exquisita voz y una interpretación actoral notable una Iolanta sufriente pero confiada, temerosa y, sin embargo, dispuesta a lanzarse a eso tan desconocido de lo que de repente un día le hablan – la luz – con tal de salvar ese otro descubrimiento, el del amor, que en definitiva le toca con mucha más fuerza porque ya lo ha sentido. Con el objetivo de salvar la vida de ese extraño que ha irrumpido en el reino y ha puesto del revés el mundo que le habían construido a su medida: el tenor checo Pavel Cernoch, que imprime a su personaje la intensidad dramática precisa del caballero Vaudémont. Dmitry Ulianov es, por su parte, el encargado de dar vida al padre que, terriblemente equivocado, ha protegido a su hija de lo único de lo que a nadie se debería proteger – la verdad – y el simbolismo con el Estado y sus ciudadanos resulta tan exquisito como valiente y acertado.

Willard White, uno de los bajo-barítonos más importantes de los últimos tiempos, impresiona con su interpretación de Ibn-Hakia, el doctor árabe traído desde muy lejos para intentar curar a Iolanta y el primero en atreverse a decir al rey que sus métodos no son los más adecuados, porque sólo su deseo de curarse podrá mover el mecanismo del alma que lo consiga y la princesa únicamente podrá desearlo si es capaz de saber lo que en realidad le falta. “¿Puedo desear con pasión lo que entiendo confusamente?”, pregunta Iolanta cuando le exigen su colaboración para curarse. ¿Se puede desear aquello que no se conoce? ¿La libertad, la verdad, el amor? Completan el ensamblado reparto, Alexej Markov, Ekaterina Semenchuk – magnífica Marta -, Irina Churilova y Letitia Singleton.

Además de la orquesta, también el Coro Titular del Teatro Real, Coro Intermezzo, dirigido por Andrés Máspero, fue protagonista esencial y poderoso en ambas óperas, la mayor parte del tiempo, además, encima del escenario; y su interpretación de los Himnos de los querubines (Liturgia de San Juan Crisostomo. Op. 41) incluidos en la escena novena de la ópera de Chaikovski fue uno de los momentos de mayor recogimiento de una noche que, en palabras de Gerard Mortier, tenía como misión que al salir del teatro sintiéramos que algo había cambiado, porque el gran mensaje lanzado por las obras iba dirigido de lleno a la posibilidad de alcanzar la felicidad con independencia absoluta de los bienes materiales. Magnífico también el coro de niños, Pequeños Cantores de la JORCAM, dirigido por Ana González, que en Perséphone fueron elemento indispensable para subrayar la parte musical del espectáculo con un único cantante solista, el tenor estadounidense Paul Groves, que narraba las penas declamadas por Perséphone – Dominique Blanc – y escenificadas por el grupo de bailarines camboyanos procedentes de Amrita Performing Arts, Sam Sathya, Chumvan Sodhachivy, Khon Chansithyka y Nam Narim, descendientes de una generación de bailarines masacrados por el régimen de Pol Pot.


Perséphone. Coro infantil Pequeños Cantores de la JORCAM


La escena fue, como viene siendo ya habitual en la presente temporada del Real, el capítulo de controversia, aunque si en las últimas citas del coliseo madrileño los “a favor” y los “en contra” se habían mostrado bastante a la par, las protestas de ayer parecieron, si no más numerosas, sí bastante más ruidosas. Con intención. A la espera de que el responsable de la misma, el director estadounidense Peter Sellars, saliera al escenario para saludar una vez acabado el espectáculo. Y, en este sentido, tampoco ayudaba la escenografía de George Tsypin, con un escenario demasiado frío y quizá incomprensiblemente falto de más juegos simbólicos, con el que sí colaboraba, en cambio, la iluminación de James F. Ingalls, especialmente en Iolanta, creando con efectividad y elegancia las indispensables sombras que los ojos de la princesa poco tardarán en reconocer como parte inseparable de esa luz que llega a su vida.
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