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CRÍTICA

Joyce Carol Oates: Una hermosa doncella

domingo 15 de enero de 2012, 12:45h
Joyce Carol Oates: Una hermosa doncella. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. Alfaguara. Madrid, 2011. 224 páginas. 19,50 €
En Lolita el escritor ruso Vladimir Nabokov cuenta en inglés, a través de la voz en primera persona de Humbert Humbert, la historia de un hombre que para evitar ser condenado por un gran delito –el asesinato- se confiesa culpable de otro delito sancionado con una pena menor –el estupro-. La literatura y los discursos en general se presentan como una forma del encubrimiento que justifica incluso los crímenes más atroces y nos salva, así, de ser socialmente condenados. Y digo “socialmente” porque es posible que Humbert Humbert ya se hubiera perdonado antes de empezar a hablar. Nabokov coloca a los lectores en el disparadero de decidir cuál es el límite que separa el pecado del delito, a la vez que saca a la luz tabúes culturalmente condicionados: desde esta perspectiva, el exilio de Nabokov y su acto de posesión de la lengua inglesa son fundamentales para comprender su obra, porque el contexto no es la masa de circunstancias –biografías, datos, fechas- que rodea al texto como un molde, sino la linfa que lo constituye, el setenta y cinco por ciento de agua del cuerpo literario.

También Joyce Carol Oates se interroga sobre un sistema de creencias encarnado en la ley y nos deja desnudos frente a nuestra mojigatería a través de la historia de Katya Spivak, una quinceañera que cuida niños durante el verano en un selecto lugar de vacaciones donde conoce a un caballero sesentón, Marcus Kidder, con quien establece un vínculo que supera las barreras de la edad y de las clases sociales. Leemos con la inquietud de no saber si el lobo se comerá a Caperucita o Caperucita acabará con el lobo. Como en Lolita, Oates cuenta un cuento donde el temor a que un delito se perpetre es el velo que disfraza la comisión de otro delito que tal vez no debería ser catalogado como tal y cuyo nombre mantendremos oculto –palabra tabú- para no descubrir la última muñequita rusa, el embrión, la pequeña judía pinta, que da lugar al bosque de un relato tenebroso por el que una voz en tercera persona -la voz autorial penetrada por la sensibilidad en formación de Katya Spivak- guía a personaje y lector para que sepan reconocer las señales bajo un lecho de hojas putrefacto: el de nuestra escala de valores. Después esa voz se aparta, deja constancia de su lejanía, abandona a la hermosa doncella y todos deberemos tomar algunas decisiones trascendentales.

Si partimos de la hipótesis de que el comportamiento de Kidder no es delictivo -ni siquiera pecaminoso-, la dialéctica víctima-verdugo se suaviza y los lectores –con Katya- comienzan a reflexionar sobre la validez de su propia tensión, del morbo como motor de la lectura, de la legitimidad de anhelar un final feliz: la dimensión metaliteraria, la lectura de la lectura, que propone connotativamente las mejores narraciones, adquiere en Una hermosa doncella un significado moral que caracteriza el género al que Oates rinde homenaje, los cuentos de hadas, de modo que su imaginario no es un mero ornamento reconocible, sino la exigencia de un libro que no podría haber sido escrito de ninguna otra forma. Los cuentos de hadas no son el envoltorio, la manzana, para esconder el gusano que la autora, como la bruja de Blancanieves, aspira a que mordamos. Tiene sentido la lencería roja y la cesta de paja de Katya Spivak; la tacañería y la cara de vinagre de la mujer que emplea a Katya-Cenicienta; la ausencia del padre; la irresponsabilidad de una madre que, igual que la madre de Caperucita, no tiene reparos en enviar a su hija a las profundidades de un bosque nocturno poblado de alimañas; la brutalidad del cazador; la aparición de un príncipe y de un palacio decorado con flores de cristal… A través de estos motivos fantásticos pero a la vez muy reales, Oates cuestiona las frases hechas de la ley y la moral pública, el alcance de los textos literarios, y nos traslada la eterna cuestión sobre si fue primero el huevo o la gallina: ¿puede la ley en particular y, en sentido amplio, todos los relatos –incluida la literatura, incluido un género a menudo aleccionador como los cuentos de hadas- incidir sobre la moral, sobre un estado de conciencia colectivo, o es la moral la que acaba empapándolo todo? Del coro al caño. Y viceversa.

Marcus Kidder le pide a Katya Spivak muchas cosas. Confía en ella. Mientras tanto, los otros seres que supuestamente la aman y defienden, en realidad, la explotan, se aprovechan de una inocencia que solo Kidder sabe ver bajo el tatuaje en forma de pica que Katia esconde en la cara interna del muslo. Katya Spivak quiere que la amen pero también quiere que le pongan sobre la palma de la mano un saquito de oro: no es baladí que el señor Kidder sea rico y Katya, una hija del proletariado procedente de un pueblo de New Jersey… A diferencia del Humbert Humbert de Nabokov, Katya no puede contar en primera persona la historia de sus “crímenes”: es joven, pobre, inculta, aunque tiene aptitudes para el arte; Katya es una musa, algo grosera como Lolita, pero el viejo Kidder no la coloca en un lugar pasivo: Katya ha de actuar. Hasta que el personaje alcance esa autonomía y se salga del límite de la página, la voz en tercera, semejante a la de los cuentos donde las heroínas no narran jamás su propia historia, verosímilmente, tutela a la joven.

Al final, cabe la duda de si, después de todo, Kidder es un príncipe azul o un sapo. Alguien egoísta y deleznable. Para decidir, cada lector tendrá que enfrentarse con sus prejuicios. Esa es la gran baza de esta novela que, además, entretiene y está escrita con una engañosa y a veces televisiva simplicidad que permite a la voz en tercera no pronunciarse y, como ha hecho con Katya, dejarnos solos. Ese es el cruel procedimiento didáctico, la lección moral a través de la metáfora de un mundo fantástico, de esos cuentos de hadas que, en nombre de la corrección política, hoy se pretende hurtar a los niños y que Joyce Carol Oates, en una sociedad pacata, simplista y puerilizada, recrea y revitaliza para abrir los ojos del adulto.


Por Marta Sanz
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