www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Ironías del héroe (Vaclav Havel y Yun el coreano)

jueves 19 de enero de 2012, 21:41h
El mismo día, con sólo unas horas de diferencia, moría King Il Yun y Vaclav Havel, es decir, la encarnación del peor totalitarismo oriental que para vergüenza de sus aliados chinos goza de buena salud en pleno siglo XXI y el hombre que mejor ha comprendido la entraña metafísica del totalitarismo, con permiso y ayuda de Hannah Arendt. La ironía salta a la vista y fue ampliamente comentada en los medios que cubrieron ambas noticias. Decía Isak Dinesen, una mujer de la estirpe de Havel, es decir, alguien con un profundo sentido de la gravedad de ser libre, que “A Dios le gustan las bromas”. Ahora parece que a la Historia, suponiendo que exista tal cosa, es decir que la historia tenga algún atisbo de racionalidad, también. ¿Se imaginan por un momento la escena? La barca de Caronte se acerca suavemente a la rivera. Havel y Yun esperan uno cerca del otro con la moneda en el bolsillo. ¿Tendrían algo de qué hablar? Estoy seguro de que Havel, tranquilo, echando aún de menos un cigarrillo, fijaría la mirada en la línea del horizonte, preguntándose por qué no huele el mal, de modo que uno pudiera presentirlo y precaverse. También imagino el furtivo gesto de simpatía del barquero al invitarlo a subir a la navecilla y ofreciéndole el puesto junto a la popa, de modo que pudiera recorrer ese último tramo del camino “contemplando la estela sin dignarse ver nada” como cuenta Baudelaire que atravesó el don Juan de las mujeres esa misma laguna.

He dicho al principio que Havel comprendió la esencia profunda del totalitarismo. Éste se siente cómodo en la violencia, el enfrentamiento, la guerra civil. Así que adoptaron una actitud de resistencia pasiva que concentró la oposición en declarar la verdad, en hacer notar a sus conciudadanos que es posible no vivir en la mentira que la ideología dibuja todo los días a golpe de consigna –un desmesurado ejemplo de eso lo hemos tenido en las imágenes que inundaban los noticiarios de los coreanos llorando a su amado líder. (Pueden ir a la cárcel si no muestran suficiente fervor). Ese es el origen de la famosa Carta 77 de la que Havel fue uno de los inspiradores y portavoz ante las autoridades, lo que le valió algunos años de cárcel. En principio la Carta 77 se limitaba a denunciar al gobierno del Partido Comunista Checo por no cumplir los acuerdos internacionales sobre derechos humanos que había firmado. Lo que convertía a Havel y sus amigos en peligrosos delincuentes es el hecho de que se atrevían a decir lo que veían, que la gente tenía miedo, que eran espiados, que había un ejército de ocupación de un país “amigo” y, por encima de todo, que no se respetaban las libertades más elementales como las de reunión, expresión, etc.

Mientras la barca llega a su destino aparece una sonrisa apenas esbozada en la comisura de los labios de nuestro héroe. Se la provoca una idea, una ironía de la historia, por supuesto, que se le ha ocurrido. Acaba de recordar que sus amigos los disidentes chinos de Carta 08 han puesto en marcha hace tiempo un movimiento semejante al que él mismo inició y que terminó en la “revolución de terciopelo” (¡qué nombre tan cursi!). Si improbable era que el imperio soviético resultara efectivamente dañado por los gestos de los disidentes checos, polacos o alemanes orientales, también lo es que el monstruoso aparato de poder del Estado comunista chino resulte debilitado por un puñado de disidentes aislados y perseguidos. Pero si lo primero pasó, contra toda esperanza, también puede suceder lo segundo.

Evidentemente no le ha dado tiempo al expresidente checo a ver en las noticias de las nueve las manifestaciones de llanto y desconsuelo que tan impúdicamente prodigaba el pueblo al sátrapa difunto. En realidad lloran por ellos mismos. Y el resto es puro teatro. Ya lo sabía Havel que sospechó que de las tablas del escenario, que tanto amó, al proscenio de la historia no había tanta distancia: el mismo absurdo. Pero en la historia el dolor, la libertad y la dignidad son reales.

Menos mal que por una vez la Historia reconoce la grandeza y el sacrificio y despiden al héroe con todos los honores. Sí, al héroe, no al Jefe del Estado.

José Lasaga

Doctor en Filosofía

José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+

0 comentarios