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Cafés de Buenos Aires

sábado 21 de enero de 2012, 20:45h
Buenos Aires es una ciudad inmensa llena de ruidos y de gentes que se desplazan con urgencia de un lugar a otro. Se ha hecho tantas veces la descripción del tráfago de la gran ciudad que podemos ahorrárnosla pues en eso la ciudad situada a orillas del río de la Plata no se distingue de cualquiera otra de nuestro hemisferio occidental. Cada uno se las arregla como puede para sobrellevar el grande desgaste que supone vivir y trabajar en esas inmensidades de acero, vidrio, asfalto y humo, atestadas, por lo demás, de semejantes, oscilando siempre entre la promiscuidad y la soledad, el misterio y la vulgaridad. Pero los porteños, que es como gustan llamarse a los habitantes de Buenos Aires, tienen una gran suerte a la hora sobrellevar la vida en su ciudad. Esa buena suerte son sus cafés.

Se me dirá que todas las ciudades tienen sus refugios donde descansar, reponer fuerzas, encontrarse con amigos (o enemigos), pensar, olvidar, entablar conversación con un desconocido (determine el lector el sexo que prefiera), etc. Claro, los hay y de muy diferente factura, desde los elegantes espacios adosados a los lobbys de los grandes hoteles, a las pequeñas tabernas de mostrador de zinc y olor a humedad antigua. Pero Buenos Aires tiene cafés, aun no bares o cafeterías o restaurantes o cualquier otra variante –lugares para tomar una bebida y poder pasar mucho tiempo sentado, haciendo (o deshaciendo) algo sin que nadie se extrañe ni te reclame ni se sienta uno vigilado por un encargado que está calculando la rentabilidad que tu estancia supone para su negocio.

Los hay de todos los tipos y por todos los barrios de la ciudad, especialmente ocupando los chaflanes en el cruce de dos calles. Son la mayoría, sencillos, acogedores, económicos, discretos y en ellos se practica, por parte de los camareros que te atienden el difícil arte del trato social. Lo que más me sorprende es que aguantan bien el paso del tiempo. Se les ve a muchos los zurcidos y remiendos que precisan sus instalaciones para seguir en servicio y se suele notar que cuando se han llevado a cabo se ha hecho con un notable sentido del respeto a la apariencia original que tuvo el café cuando abrió sus puertas.

Que un amigo te cite en La Biela, enfrente del cementerio de la Recoleta es una suerte. Si además te enseña en otra ocasión el más elegante, el más “auténtico” de los cafés –las comillas irónicas se deben a que está demasiado cuidado, a punto de caer en el kitch propio de “parque temático”, pero solo a punto—, por supuesto hablo del Tortoni, estás de enhorabuena. Pero mi favorito es el Café de los Angelitos, en Avda. Rivadavia, muy arriba, más del tres mil. De día funciona como un local de barrio con sus cafés con brioches, más tarde los almuerzos y por la tarde las meriendas para viejecitas entonadas y estudiantes vagamente despistados entre sus libros y papeles. Todo un poco desmayado. Aunque se deja adivinar entre tanta cotidianidad que la madrugada debió ser en su momento la hora de esplendor de este café cuyo nombre alude a los “angelitos” que cantaban y tocaban tango en algunas de las décadas del pasado en que esa forma musical era casi una religión. Añado a esta inconstante y arbitraria enumeración algunos cafés de Corrientes no especialmente hermosos pero muy vivos. Recuerdo el Café de la Paz o el de la Ópera, en la esquina con Callao.

Buenos Aires ha sabido conservar su pasado sin renunciar por ello a la más genuina modernidad, esa modernidad que no lo destruye todo, que no maneja el epíteto “antiguo” como una de esas bolas monstruosas atadas al brazo de una grúa, capaces de destruir un edificio en un par de golpes, esa modernidad capaz de conservar estratos del pasado vivideros con sentido en el presente. Así, los cafés de Buenos Aires. Ya lo declaró solemnemente el tango: “en tus mesas que nunca preguntan aprendí filosofía, timba y la poesía cruel de no pensar más en mí”.

José Lasaga

Doctor en Filosofía

José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.

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