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Manuel Fraga, ¿fue uno o fueron dos?

viernes 27 de enero de 2012, 21:39h
Ahora que Manuel Fraga Iribarne completó su singladura de casi noventa años, la noticia de su muerte ha inspirado tanto en España como fuera de ella significativos comentarios. Todos los observadores coincidieron en que fue un gigante de la historia contemporánea. A partir de este unánime y merecido reconocimiento, sin embargo, también se planteó el contraste entre dos visiones sobre este gran español. Desde el momento que en una etapa de su vida fue funcionario de Francisco Franco pero en una segunda etapa se constituyó en uno de los arquitectos de la España democrática, hay quienes han sugerido que hubo en realidad “dos” Fraga; uno antidemocrático y otro democrático, como si el propio Fraga hubiera experimentado una suerte de conversión a partir de la muerte de Franco y la coronación de Juan Carlos I.

Al leer esta interpretación binaria de la trayectoria vital de Fraga, nos surge el desafío de evaluar su vida, al contrario, como una “unidad”, como la trayectoria de un único pensador y hombre de acción que atravesó dos Españas distintas sin renunciar por eso a su propia identidad.

Contra la hipótesis de que hubo dos personas distintas encerradas en un único nombre, ¿podría explorarse entonces la hipótesis de que ha habido un solo Fraga o, parafraseando a Ortega y Gasset, que ha habido un único “yo” en medio de dos opuestas “circunstancias”? En apoyo de esta otra visión querría traer el recuerdo de mis estudios juveniles en España hacia fines de los años cincuenta y comienzos de los años sesenta, cuando tuve la dorada oportunidad de seguir las clases y conferencias de un brillante conjunto de intelectuales que, si bien vivían dentro del régimen franquista, no se identificaban con él. Menciono aquí los ejemplos de Xavier Zubiri, José Luis López Aranguren, Luis Díez del Corral, Enrique Tierno Galván, Enrique Gómez Arboleya, Julián Marías y el mismo Fraga.

¿Habría que hablar entonces de una “generación intermedia” entre el franquismo original y la naciente democracia que, sin agredir todavía al régimen que la contenía, preparaba al mismo tiempo su feliz superación? Hacia 1959, el propio gobierno de Franco empezó a girar hacia una economía de mercado bajo la batuta de Laureano López Rodó. ¿Es posible suponer que funcionarios que formalmente habían pertenecido al gobierno de Franco como Adolfo Suárez y Manuel Fraga ya anidaban, en ciernes, la democratización de España? Es posible, y quizá sea necesario afirmar que ya latía en las entrañas de España un proceso fundacional que se manifestaría plenamente desde la muerte de Franco y la inmediata coronación del rey Juan Carlos I en 1975 y desde los Pactos de la Moncloa en 1977, que fueron el acta constituyente del nuevo sistema, al cual respaldaría decisivamente el rey cuando hizo abortar el postrer intento autoritario del coronel Antonio Tejero, allá por 1981.

Es legítimo sostener que hubo, en definitiva, un solo Fraga. Hasta 1975 no fue “antidemocrático” sino “predemocrático”. Después de 1975, fue uno de los grandes constructores de esa democracia que su pensamiento y sus acciones ya dejaban entrever. Esta aparente dualidad de su brillante trayectoria ha de ser incomprensible para aquellos que piensan que la vida es un cerrado silogismo, de la cuna a la tumba, pero resulta en cambio admirable para aquellos que han recogido la vital enseñanza aristotélica según la cual la máxima virtud del político es el “kairós”, esto es, la percepción del tiempo oportuno para realizar su vocación profunda, que sólo se hace presente en las horas cruciales de la vida y de la historia.

Esta es la póstuma lección que nos deja Manuel Fraga: que, siendo la historia un sendero irregular y sorprendente, aun así deja resquicios por donde se filtran claridades que sólo los hombres y las naciones con destino saben advertir.

Hasta los años setenta, la España franquista parecía el símbolo mismo del espíritu reaccionario. Desde los años setenta en adelante, la España posfranquista supo ponerse a la cabeza de una serie de transiciones democráticas que, hacia los años ochenta, ya marcaban el rumbo de casi toda Iberoamérica. ¿Cómo negarle a Fraga un papel estelar en este profundo proceso de renovación?

Mariano Grondona

Doctor en Derecho

MARIANO GRONDONA es Abogado y doctor en Derecho y Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires

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