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La dimensión económica de la fe

sábado 04 de febrero de 2012, 21:17h
La crisis que nos abruma nos obliga a recurrir a todo tipo de motivaciones para estar a la altura de la com-pasión necesaria, es decir, de la justicia obligada. Porque la solidaridad, esa palabra manoseada donde las haya, puede convertirse en una especie de mantra a gusto de cada cual, pero sin eficacia alguna en el ámbito crítico en que estamos sumergidos hasta el cuello. Indicadores del Fondo Monetario Internacional para pánico colectivo.

Pero da la casualidad que la fe cristiana aumenta, si cabe, las motivaciones anteriores, ciudadanas y sociopolíticas sobre todo, y nos sitúa ante una razón práctica de tremenda categoría: en palabras del apóstol Juan, quien dice amar a Dios a quien no ve y no ama a su hermano a quien ve es un mentiroso y la salvación de Dios no habita en él. Podemos tomárnoslas a título de inventario, pero sucede que la bondad de Dios podría sorprendernos en algún momento de forma estrepitosa y dejarnos paladear nuestro cinismo religioso hasta que los dientes nos rechinen. La idea de que Dios es un viejecito paternal que acaba por asumirlo todo, se da de bruces con demasiadas afirmaciones de Jesucristo y de sus comentaristas cuando lo que anda en juego es el amor a los demás hombres y mujeres históricos. Dios no cierra los ojos ante la injusticia provocada por la ausencia de amor: la percibe y procede en consecuencia. Tomar nota.

La Doctrina Social de la Iglesia está ahí. Si la hemos olvidado será porque no nos interesa traerla a colación. En definitiva esa doctrina no es más que el Evangelio de Jesucristo fundido con las mejores tradiciones sociales, económicas y políticas. Si España atraviesa momentos críticos radicales, es el momento de demostrar sin ambages la dimensión económica de nuestra fe. Lo demás, historias.

Norberto Alcover

Profesor de la Universidad Pontificia de Comillas

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