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RESEÑA

Carme Riera: Naturaleza casi muerta

domingo 05 de febrero de 2012, 18:18h
Carme Riera: Naturaleza casi muerta. Alfaguara. Madrid, 2012. 250 páginas. 18,50 €

La Universidad Autónoma de Barcelona se ve invadida por carteles en los que se pide ayuda para encontrar a Constantinu Iliescu, alumno rumano del programa Erasmus, que ha desaparecido sin dejar rastro. Poco después, es asesinada Laura Cremona, estudiante italiana, también de Erasmus, y a cuyo piso iba a trasladarse Iliescu. Tres crímenes más provocan que del centro de enseñanza se apodere el pánico: aparecen los cadáveres de Domenica Arrigo y Marcel Bru, también estudiantes, y de Carles Bellpuig, prestigioso catedrático de Arte, con fama de conquistador, y que las autoridades académicas se encuentren envueltas en una espiral de presiones, coincidiendo además los asesinatos con la okupación de la Universidad por parte de grupos de estudiantes que protestan por el Plan Bolonia. Se sospecha que puede tratarse de un asesino en serie, en principio relacionado con la Universidad, que actúa con un metódico y frío modus operandi, con el macabro detalle de introducir pequeñas figuras de juguete de animales de plástico –escarabajos, ratones…- en el cuerpo de sus víctimas, elemento que cobra un brillante sentido en el trasfondo último de la novela. Manuela Vázquez, subinspectora de Policía, junto a un equipo de mossos d’esquadra, se ocupa del caso, en cuya investigación irán surgiendo sorpresa tras sorpresa.

La mallorquina Carme Riera, catedrática de Literatura Española en la Autónoma de la Ciudad Condal, cuenta en su haber con una sólida trayectoria narrativa –mencionemos títulos como En el último azul, La mirada del alma, o El verano del inglés, entre otros-, que se hace patente en Naturaleza casi muerta. Pese a que, en esta novela, cambia de registro tanto temático como estilístico, para adentrarse en el ámbito de lo policiaco, un género mucho más exigente, cuando se realiza con solvencia, de lo que a primera vista pudiera dar la impresión. Riera parte de un hecho real, como ella misma señala en una nota previa: la desaparición el 13 de noviembre de 2007 de Romain Lannuzel, estudiante Erasmus de la Autónoma barcelonesa. No obstante, su obra no recrea en concreto esta volatilización, aunque sí pretende llamar la atención sobre un suceso todavía no esclarecido.

Carme Riera cruza aquí las dos principales líneas clásicas de las narraciones policiacas – la novela negra, en la estela de Hammett y Chandler, y la novela-enigma, de Agatha Christie-, sin olvidar nombres de las últimas hornadas de escritores del género, como Mankell y, en especial, Donna Leon, que, según ha señalado la propia Riera, le parece una gran creadora de personajes, que interesan más allá de la obligada intriga. En efecto, este referente resulta muy adecuado, pues Riera logra poner en pie personajes creíbles y sugerentes, como Dolors Adrover, decana de la Facultad de Letras, desbordada por los luctuosos acontecimientos y que se “comunica” en latín con su esposo fallecido, que había sido profesor suyo, Rosa Casasaies, tutora de los alumnos Erasmus, en cuya complicada relación con su hija se evidencia el problema cada vez extendido –en las familias y en las aulas- de la ruptura generacional, y la mossa d’esquadra Rosario Hurtado, tan trabajadora y dispuesta como insegura. Y la subinspectora Manuela Vázquez, divorciada, psicóloga, especialista en violencia machista, poco agraciada físicamente, personaje llamado así en homenaje a Manuel Vázquez Montalbán y en recuerdo de su serie protagonizada por el detective Carvahlo. Sin duda, Manuela Vázquez encierra todos los ingredientes para volver a salir a la palestra en nuevos casos.

Carme Riera ha acertado en su debut en la novela policiaca: buena caracterización de personajes, intriga absorbente, con la información bien dosificada, y planteamiento y denuncia de asuntos de actualidad y relieve: la degradación educativa, los prejuicios ante la emigración, el choque generacional…, todo ello vertido en un estilo eficaz, directo, ágil, en consonancia con las exigencias del género. Y, en el trasfondo, la gran cuestión, propuesta aquí con originalidad a través de los cuadros del pintor alemán de principios del siglo XVII Georg Flegel, especialista en naturalezas muertas (lo que resulta muy coherente con los intereses de Carme Riera, entre los que destaca el arte, como aparece en varias ocasiones en su obra, recuérdese, por ejemplo, Boticelli en Una primavera para Domenico Guarini). “Flegel–se lee en la novela- tenía razón: junto a los frutos, las flores, los bocados más apetecibles, los pescados más sabrosos, está siempre un elemento mortífero”. La luz y la sombra –bastantes sombras- en el corazón humano, en el comportamiento individual y colectivo del hombre, asunto tan caro a las narraciones policiacas.


Por Rafael Fuentes





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