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Isabel II: Jubileo de Diamante

domingo 05 de febrero de 2012, 21:03h
“Su Excelentísima Majestad, Isabel II (Isabel Alejandra María de Windsor) por la Gracia de Dios, del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte y de sus otros reinos y territorios, Reina, Defensora de la Fe, Gobernadora Suprema de la Iglesia de Inglaterra, Jefa de la Mancomunidad (Británica), Comandante en Jefe de los Reales Ejércitos, Lord Mayor del Reino Unido, Condestable de Escocia, Duque de Normandía, Duque de Lancaster…” y un larguísimo etcétera que concluía con el contundente “Dueña y Señora de la flota mercante”, es como recuerdo a una pomposa versión leída en un compendio, enlistando en inglés el pomadoso título que ostenta la soberana británica, quien accedió al trono el 6 de febrero de 1952, hace ya 60 años. Hito traducido en un jubileo de diamante para la decana de los soberanos de Europa. Hay tela.

Isabel II, mayestática y ajena a sus parientes europeos que nunca visita –no sé si por aquello de que “todavía es privilegio nacer inglés”– se convierte en el año 2012 en la segunda soberana con más años de reinado en la dilatada historia del Reino Unido, ocupando el trono que perteneciera a Eduardo el Confesor, que está situado en la Abadía de Westminster. Solo es superada por la reina Victoria, que portara por más de 63 años y medio la armiñada corona y ya ha desbancado a los 60 años de Jorge III, los 55 de Eduardo III o a los 45 de Isabel I. ¿Abdicar? Quizás la cercanía histórica de Eduardo VIII lo ha impedido. Goza de buena salud y se la ve tan grave y campante como siempre.

Desde que en 1897 la reina Victoria celebró su jubileo de diamante marcando el cénit del poderío británico –yendo cuesta abajo desde entonces, poco a poco– en Gran Bretaña no se había presentado otra ocasión similar como la de 2012. A este otro jubileo de diamante no lo confundamos con un cumpleaños. Empero, menudo obsequio recibe Su Majestad en este aniversario: los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Se hayan o no buscado para la ocasión, han terminado siéndolo al empalmar fechas. Isabel II suma 85 años y tiene 4 hijos.

Es hija de Jorge VI, quien ganó la II Guerra Mundial –que menguó su salud y aceleró su muerte– y fue el último rey de Irlanda y el último emperador de la India al independizarla en 1947, año en que casó Lilibeth, impidiéndole así ser llamada Regina et Indiae Imperatrix. Es hija de Isabel que, viuda –para seguir en el candelero– fiel a su rudo origen noble escocés, inventóse de la nada lo de “reina madre”, muriendo de 101 años en 2002. Es nieta de Jorge V, victorioso de la I Guerra Mundial –la Gran Guerra– y sobrina del citado Eduardo VIII, que abdicó escandalosamente en 1936. Otros tíos fueron gobernadores generales de Australia, Sudáfrica o Canadá y hasta tuvo un tío virrey de la India, de los tiempos del poderoso imperio que su reinado ha desmembrado. Ha pasado de ser la jovencita que apenas balbuceaba sus discursos con un halo de timidez, a ser una mujer que lleva claramente en la testa la fija idea de cargar una diez veces centenaria tradición, a la que se debe. No ha ganado guerras mundiales.

Luciendo vistosos sombreros, ha visto pasar a 13 primeros ministros, ya sean de reciedumbre, ya sean de especial caracterización. De Sir Winston Churchill, el primero de ellos –emocionado por tener nuevamente a una reina– a Lord Cameron. En el camino, Macmillan, Wilson, Thatcher o Blair han sido partícipes de esto que no se si llamarle “segunda etapa isabelina” de la historia británica. De los que fueron, sobreviven solo 4. El último ennoblecido, Sir John Major.

Su reinado es paradójico, de claroscuros medidos con parámetros históricos. Relumbrante y decadente a la vez, es acorde con la segunda mitad del siglo XX. Vio cambios en la moral y la conducta, las artes plásticas y la música o de carácter tecnológico y hasta político, con profundas transformaciones sociales; abarca la relación con la Europa comunitaria o la geopolítica mundial cambiante, afectando hasta su primer círculo. Todo ha marcado a su país –simple escudero de la superpotencia Estados Unidos, con la que mantiene una “relación especial” (¿se mastican pero no se tragan?)– sin perder un ápice de su liderazgo cultural en el mundo anglosajón, sobre todo. Luego ¿cómo definir su reinado? juzgue usted. Isabel II resiste. Ciertamente, la pompa y la circunstancia de la monarquía pasaron, mas ha debido aclimatarse con acierto a tiempos difíciles que han menguado su influencia y su presencia, cuestionada en sus ingresos, gustos y procederes, teniendo que remar contra todo eso.

Isabel II ha sepultado a regañadientes la monarquía de antaño. La foto de la familia real ha pasado de los hieráticos, galanos y engolados duques y condes segundones, cuajados de medallas y veneras, a ciudadanos divorciados que han tenido que adaptarse a esa institución; no son más las figuras rodeadas de un boato más victoriano que real; han pasado y difícilmente regresarán, pues ante todo ya son incosteables en otros términos. Mas percibo un apego de sus súbditos, una continuada lealtad a su regia figura y cada vez más reconocen –sin falsos pudores, sin demasiados remilgos, con desbordado pragmatismo– que eso obedece más a que representa millones en ingresos al país, por su atrayente presencia en las páginas de sociales de las revistas del corazón, que mucho inducen a visitar las islas Británicas. Algo hasta cierto punto impensable de reconocer o plantearlo así abiertamente, hasta hace algunas décadas.

“Dios y mi derecho” ¿es la tajante consigna aún vigente? En la agenda de Isabel II aún hay pendientes: y digo de ella, pues no dejan de ser intereses a título personal por razones históricas, en un equilibrio peculiar, urdimbre entre la ley y la tesis de su realengo, su señoría y su dominio acotados por reglas y tradiciones que nos recuerdan que existen. Temas complicados como el de Gibraltar con España, las islas Malvinas con Argentina, la integración real con Europa, la cantada independencia de Escocia o la endeble paz en Irlanda del Norte –con el consabido diferendo que subyace con la verde Eire– son asuntos que agrian su biografía y siguen presentes al llegar a este jubileo de diamante.

Es heredera de una añeja tradición, es celosa de cuidarla y es la última sobreviviente de una forma de concebir la monarquía. Y dejémonos de ligerezas. Si muere, su hijo será rey y Camila, reina. No sé si será Carlos III o Jorge VII. Se antoja imposible que antes veamos a Guillermo V. No hay precedentes de esposas que no fueron reinas ni de nietos favorecidos. Tampoco hay garantía de que los nombres como herederos fueran los usados por los monarcas (verbigracia, Eduardo VII, Jorge VI, ambos antes llamados Alberto). Pero excuso decepcionar a los amantes de la crónica rosa que lo plantean con cierta frivolidad: sépase: no hay tradición ni ley que explicite que la corona por aclamación, pasará a su nieto, por guapo, apuesto o bien recibido que sea. Los protocolos son tiranos. Pero 60 años en un trono nunca son pocos. 60 años siempre son ocasión para mirar hacia atrás y pocas oportunidades hay de verlos. Quizá su Graciosa Majestad lo haga y pregunte para sí a sus antecesores, si ha cumplido su misión dignamente, mereciendo continuar tal tradición. Quizás lo haga. En junio se efectuarán los fastos, pero el 6 de febrero es la fecha precisa, la sexagésima, con que la reina, The Queen, alcanzará un jubileo más que, por irrepetible, no nos pasa desapercibido.
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