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tribuna

La Izquierda garzoniana

miércoles 15 de febrero de 2012, 11:47h
Setenta apretados folios tiene la sentencia del Tribunal Supremo condenando al juez Garzón, pero muchos más son los que, en aluvión, se han escrito comentando ese esperado fallo. Me parece que predominan claramente las que se felicitan por la misma porque ven en ella -en estos tiempos de una Justicia baqueteada y criticada, justamente a veces, injustamente otras- una rotunda prueba de que el Estado de Derecho funciona y aplica la Ley, sin acepción de personas. El derecho a la defensa –elemento fundamental de eso que los anglosajones llaman el due process of law- es algo que conocen los estudiantes de primero de Derecho, pero también cualquier persona medianamente culta e informada, aunque no haya pisado en su vida una Facultad de Leyes. Y una parte esencial de ese derecho de defensa es la libertad de comunicación entre los enjuiciados y sus abogados defensores. Someter esas comunicaciones a escuchas telefónicas es tan grave como burdo, salvo aquellos casos previstos en la ley que, en nuestra jurisprudencia, se limitan prácticamente al terrorismo. Como señala acertadamente la unánime sentencia tales prácticas solo son concebibles en regímenes totalitarios.

Por todas esas razones, a mi no me ha sorprendido la sentencia, con la que me siento plenamente identificado. Pero sí me ha sorprendido la ruidosa campaña a favor de Garzón y en contra del Tribunal Supremo, que es lo mismo que decir que en contra del Estado de Derecho, que se ha mantenido durante semanas, a partir de argumento explícito o implícito de que el condenado juez, no debía en ningún caso sentarse en el banquillo de los acusados, como si perteneciera a una elite situada por encima de la Ley. Toda una amplia izquierda, desde la más radical a la teóricamente más moderada ha puesto el grito en el cielo en defensa de “su juez”. Garzón dijo en alguna ocasión que él era “un juez de izquierdas” y tanto sus actitudes como sus comportamientos le han valido un amplio seguimiento, una indiscutible popularidad que, seamos sinceros, tiene muy poco que ver –exactamente nada- con la discreta y sosegada aplicación de la ley y mucho más con la voraz búsqueda de titulares al servicio de intereses personales o de rentabilidades inmediatas, políticas o económicas. La popularidad (que fue acertadamente definida como la calderilla de la fama) no es atributo digno para un juez y Garzón es un buen ejemplo de adónde conducen esas equivocadas estrategias.

Parece increíble que en una democracia como la nuestra -que, aunque tenga aspectos mejorables, se la puede considerar consolidada- se pueda llegar a presenciar un espectáculo como le ha dado la “izquierda plural” a propósito de Garzón. Fenómenos como este explican, quizás, la crisis de la izquierda española, que acaba de ser certificada por las urnas y que muestra una incapacidad, que casi parece genética, para modernizarse y ponerse al día. Dice mucho también acerca de la hipocresía con que la izquierda maneja conceptos, como el de Estado de Derecho, igualdad ante la ley o el propio concepto de democracia que, cuando les favorece, nos pasan a los demás ciudadanos por las narices como si ellos fueran sus únicos custodios y los únicos legitimados para emitir certificados de “limpieza de sangre democrática”. Pero cuando les son adversos lo tergiversan todo sin respetar a nada ni a nadie. Ese aquelarre izquierdista llamando a los magistrados del Supremo fascistas y hasta asesinos es inconcebible en un país serio y descalifica a quienes se suman a él, desde la misma calle o desde los despachos. Estos “responsables” políticos y sindicales que echan a la calle a sus no muy abundantes huestes, ¿dónde han dejado su sentido de la responsabilidad?

Al final no hay más que una explicación que podía llamarse “genealógica” y es que esta izquierda que tiene sus raíces en el marxismo-leninismo y que en su vocabulario antepone palabras como “revolución”, “ruptura” y (todavía) “odio de clases” a otras como “Estado de Derecho” o “democracia” le cuesta trabajo adaptarse a un sistema al que no deja de ver como obra del “enemigo de clase” y que solo funciona en su beneficio. Cuando durante una gran parte de la vida se ha tenido la fe puesta en Lenin –que, sin duda, era un gran intelectual, aunque su sistema fracasó, víctima de sus propios errores y horrores- es muy difícil creer en Locke o en Montesquieu. Por es le dieron a este por enterrado hace ya bastantes años. Y, ciertamente, el autor de El Espíritu de las Leyes está enterrado hace siglos, pero sus ideas están más frescas que nunca y, desde luego, tiene más futuro que las de LENIN.

Con garzón y la “izquierda plural” se ha producido un fenómeno bien conocido: se han juntado el hambre con las ganas de comer. Y seguramente nos hallamos en los comienzo de un recorrido que va a intentar adquirir un cierto protagonismo en la escena política española, especialmente ahora que el PSOE no encuentra su camino. Se explica así también que el PSOE se quiera apuntar al nuevo fenómeno, en un intento de agarrarse a un calvo, aunque tan ardiente como el de garzón. Por lo que hace a éste, quizás encuentre en la política más éxito que en la judicatura. Ya hizo una incursión en la primera y nunca debió volver atrás. Sus defensores relatan entusiasmados sus éxitos en la lucha contra el terrorismo y contra el narcotráfico. Nadie se los va a regatear. Pero esos éxitos no son un choque en blanco para hacer barbaridades como la que le ha costado la reciente condena. Aparte de que sus cualidades técnicas no dejan de ser discutibles. Cuando no era todavía el brillante “juez estrella” no era extraño oír a avezados abogados duras críticas contra los sumarios cuya instrucción se encomendaba a garzón. Pero el hábil uso de las cámaras de televisión para grabar sus espectaculares aterrizajes en helicóptero, su fama sobrevenida de que “veía amanecer”, la insistente persecución del premio nobel de la paz, su peculiar concepto de la jurisdicción universal y, sobre todo, su intento de extraditar a Pinochet le dieron una imagen casi heróica en ciertos países, que desconocen al verdadero Garzón.
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