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Crítica de ópera

[i]La clemenza di Tito[/i]: aclamado César del perdón

miércoles 15 de febrero de 2012, 15:27h
La última obra compuesta por Mozart, La clemenza di Tito, considerada durante largo tiempo como una obra menor, volvió este martes al Teatro Real con una inteligente producción procedente del Festival de Salzburgo.
La clemenza di Tito, última ópera compuesta por Mozart, regresó anoche al escenario del Teatro Real con una inteligente producción procedente del Festival de Salzburgo, capaz de poner de relieve los momentos más intensos de una obra considerada durante largo tiempo como “menor”, dentro de la creación del genial compositor.

Sin embargo, las cosas han cambiado para bien y La clemenza di Tito ha vuelto a ocupar, poco a poco, el lugar que le corresponde en las programaciones de los principales teatros líricos del mundo. Una versión semiescenificada de la obra durante la temporada de 2008 ya había demostrado en la capital que son muchos los valores de la obra que Mozart compuso en 1791, meses antes de su muerte, para la coronación de Leopoldo II como rey de Bohemia. Lo cierto es que la premura del encargo, que obligó a Mozart a terminar el trabajo en un tiempo muy breve, ha sido uno de los argumentos que se han esgrimido como prueba de que Mozart no puso todo su magistral empeño a la hora de terminarla a tiempo para su estreno en Praga el día de la coronación. En todo caso, hoy la valoración de la música prima sobre un texto al que le falta la enorme intensidad que debería de tener tratándose de una trama plagada de emociones y de sentimientos. Desde el amor a la amistad, de la fidelidad a la traición, del egoísmo hasta la clemencia que encuentra su esplendor en un césar incapaz de albergar en su corazón un sentimiento distinto al de la compasión a la hora de castigar a quienes han osado conspirar para acabar con su vida. Si Roma quiere un rey que no tenga clemencia, que le quiten el imperio o le den un nuevo corazón, llega a exigir el clemente Tito cuando le presentan la sentencia que condena a su amigo Sesto a morir devorado por las fieras y a la que sólo le falta su firma.


Amanda Majeski (Vitelia) y Kate Aldrich (Sesto)

La producción que acaba de estrenarse en Madrid, creada y dirigida por el matrimonio formado por Ursel y Karl-Ernst Herrmann, ha sabido dotar de la necesaria intensidad dramática a una obra que así lo requiere. Puro teatro. Y este es, sin duda, su mayor acierto, reconocido por el público que, por primera vez desde hace un tiempo, no se dividió a la hora de premiar a los responsables de la escena cuando salieron a saludar al finalizar la representación. Los aplausos unánimes se intuían ya desde el principio: el cielo gris de nubes que presagiaban la llegada de una gran tormenta emocional en la noche de San Valentín era el primer contacto visual con la ópera y, salvo algún escaso elemento de carente interés, la blanca escenografía marcada por tres puertas que se abrían a Roma acogía muy bien a los personajes, cuyo perfil quedaba inmediatamente trazado. También se valía con acierto la escena de un vestuario que en el caso de Vitellia subraya aún más su carácter de bruja de Blancanieves con toques de Cruella de Vil.

Vitellia, la celosa y manipuladora mujer que pone en marcha el cuchillo que, en manos de Sesto, habrá de hundirse en el pecho de Tito, encontró su mejor cómplice en la soprano estadounidense Amanda Majeski para mostrase en todo su fulgor. Con gran capacidad actoral, Majeski fue, al final de la velada, la más valorada por el público que reservó, por el contrario, para el tenor francés Yann Beuron un aplauso mucho menos caluroso. Lo cierto es que su interpretación del clemente emperador resultó irregular y, en realidad, sólo la cálida mezzosoprano Kate Aldrich, en su papel de Sesto, logró dar a su actuación la intensidad que reclamaba su personaje, hombre débil a merced de los sentimientos y no siempre de los propios. La mezzosoprano italiana Serena Malfi en su rol de Annio, la argentina María Savastano como Servilia y el barítono italiano Guido Loconsolo, que da vida a un convincente Publio, completan el reparto que desde anoche y hasta el próximo día 4 de marzo se subirá al escenario del coliseo madrileño.

Pero fue Thomas Hengelbrock, al frente de la Orquesta Titular del Teatro Real – Orquesta Sinfónica de Madrid –, quien más aplausos cosechó. Él y, por supuesto, los músicos de la orquesta a los que el director alemán, gran experto en este repertorio, hacía ponerse en pie para recibir desde el foso esos intensos aplausos que se habían ido ganando ya desde las primeras notas de la preciosa obertura que acompañaba a ese mar de nubes grises encargado de interpretar anoche al telón. Y junto a la orquesta, el Coro Titular del Teatro Real, Coro Intermezzo, cada vez más reconocido y admirado, que ayer volvía a demostrar el altísimo nivel en el que se ha colocado y recibía el aplauso del público acompañado de su director, Andrés Máspero.
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