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JOSÉ LUIS GÓMEZ FOMENTA LA DRAMATURGIA JOVEN

Grooming, de Paco Bezerra, las enfermedades del ciberespacio

domingo 19 de febrero de 2012, 14:32h
En el madrileño Teatro de La Abadía, José Luis Gómez vuelve a promocionar a los jóvenes dramaturgos, con nuevos estilos y temas renovados, programando y dirigiendo Grooming, de Paco Bezerra, obra centrada en el acoso por internet a menores.
Grooming, de Paco Bezerra
Director de escena: José Luis Gómez
Espacio escénico: José Luis Gómez
Iluminación: Juan Gómez.Cornejo (AAI)
Intérpretes: Nausicaa Bonnín y Antonio de la Torre
Lugar de representación: Teatro La Abadía. Madrid


Por RAFAEL FUENTES

Grooming, de to groom: “cepillar” o “preparar”, se ha convertido recientemente en un eufemismo para designar un delito nuevo relacionado con la difusión de internet y las redes sociales: el acoso cibernético a una persona a través del ordenador, por regla general a un menor de edad. Tras este ciberacoso a menores se esconde una parafilia con muchos siglos de antigüedad como pueda ser la pederastia. Paco Bezerra aborda, así, en Grooming, las parafilias –o desviaciones sexuales- en la era de internet, que encuentran más posibilidades tras la cortina de anonimato que proporcionan las nuevas tecnologías cuando estimulan a los usuarios a inventar variadas apariencias, múltiples cuentas de correo, identidades diversas bajo nicks o nombres falsos en chats y redes sociales, que en innumerables ocasiones ocultan a la persona real, a la vez que favorecen dar rienda suelta a impulsos furtivos, escondidos tras personalidades anodinas o de apariencia respetable. Sin duda, José Luis Gómez, director de la obra al mismo tiempo que director del Teatro La Abadía, donde ésta se representa, ha querido ofrecer al público otra muestra de los jóvenes dramaturgos cuyos textos dan testimonio de problemas novedosos y de la inexorable renovación de los estilos de vida que se abre paso conforme el siglo avanza.

Sien embargo, el interés de José Luis Gómez por Paco Bezerra y por Grooming está, con toda probabilidad, sustentado en otras cualidades del joven autor y su texto. El acoso cibernético y las renovadas oportunidades de las parafilias en internet, por sí mismos, serían un excelente asunto para un reportaje periodístico o un ensayo de actualidad. Existen en Grooming de Bezerra aspectos más genuinamente dramáticos como son las relaciones de poder que en cualquier momento pueden cambiar de signo. El poder del pederastra comienza a ejercerse en el ciberespacio, pero la pieza afronta esos cambiantes vínculos de dominio cuando la víctima y el verdugo se encuentran cara a cara en un solitario parque de la ciudad, y a partir de ese momento el pulso psicológico por imponer la fuerza y el mando se desarrolla mediante una esgrima psíquica y verbal en estado puro, sin mediación de tecnología alguna. Ese duelo entre el pederastra y la menor se desenvuelve con una gran tensión emotiva que va girando sobre sí misma hasta dar vuelcos inesperados. El estilo de Paco Bezerra, pese a su juventud, posee una inesperada madurez. Se trata de un estilo sucinto, escueto, breve, con frases como latigazos que golpean en el centro de la cuestión. Bezerra elude, no obstante, el aforismo o la sentencia conceptual. Sus concisas réplicas y contrarréplicas provienen exclusivamente del habla coloquial, pero tienen la enorme habilidad de sugerir mucho más de lo que dicen, evocando en los espectadores conflictos y conceptos que trascienden extraordinariamente el ámbito del lenguaje conversacional.

Esa autolimitación a un sobrio diálogo coloquial engarza perfectamente con la escasa preparación cultural de los protagonistas, que les impide autoanalizarse y comprenderse a sí mismos. Es un gran acierto que la fuente de conocimiento de ambos personajes no provenga de la lectura, sino del cine. Cuatro películas: un filme sobre Julio Iglesias, dos de Alfred Hitchcock –Con la muerte en los talones y La ventana indiscreta-, así como la versión cinematográfica de Alicia en el país de las maravillas, son las únicas fuentes de autoexplicación a las que recurren los dos protagonistas, obteniendo una información de sí mismos exclusivamente visual que les obstaculiza autoanalizarse, conocerse y afrontar el sufrimiento del que son víctimas. Inolvidable, en este sentido, la interpretación de Antonio de la Torre encarnando a un pederastra esquizoide, más allá de un personaje de una sola pieza, lleno de aristas y contradicciones, arrogante y banal, hábil en manejar los hilos del poder desde una profunda debilidad interna, tan rudo como enfrentado a sí mismo cuando la parafilia que le domina es una fuente más de dolor que de placer.

A partir de estos componentes, José Luis Gómez vuelve a realizar una puesta en escena deslumbrante. El parque urbano, con su banco y su farola torcida, se van transformando en un territorio mágico cuyo bellísimo cromatismo le confiere la tonalidad de una pesadilla. Una belleza siniestra donde la vida real de los personajes solo queda sugerida y donde cada palabra y acto de los protagonistas evoca permanentemente la posibilidad de un brutal mazazo de violencia. Texto y puesta en escena se asocian para que las acciones explícitas invoquen una brutalidad que gravita sobre los hechos más banales con la aparente amenaza de desencadenarse furiosamente de un instante a otro.

El tramo final de la obra está marcado por la vuelta de tuerca que supone la irrupción de una parafilia tan extrema y extraña como es la “tafefilia”. La trama fuerza sus límites, tensando aún más la expectación del público. Como contrapartida, la acción, en su sección postrera, pierde veracidad, pues el desenlace ha buscado un último golpe de efecto, desde un punto de vista formal impecable, pero, quizá, excesivamente cerebral como si se tratase del resultado de una partida de ajedrez. Un final que sorprende a costa de limitar la emoción. Continúa el estilo, pero no la autenticidad. No habría sido necesario forzar ese giro último que asombre porque la temática, los personajes y el estilo dramático son ya gratamente asombrosos por sí mismos.
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