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RESEÑA

Matías Escalera Cordero: Historias de este mundo

Matías Escalera Cordero: Historias de este mundo. Baile del Sol. Tenerife, 2011. 212 páginas. 10 €
Matías Escalera Cordero es escritor en el sentido literal del término; escribe y experimenta en la literatura; busca con su escritura obtener un fin, el objeto de un plan pensado, y lo está consiguiendo. Ese plan le ha llevado de la poesía a la novela y del teatro al ensayo literario en forma de artículos especializados. Toca todos los palos porque esa es la única forma de hacerse escritor, insisto, en el sentido literal del oficio. Historias de este mundo es una colección de relatos que se alimenta de esa especie de visión televisiva y cinematográfica que el autor ya experimentó con tanto acierto en su novela Un mar invisible (IslaVaria, 2009), pero en sus relatos va más allá, en cuanto al punto de vista, pues nosotros vemos/leemos lo relatado en la pantalla, pero también lo que la cámara no logra mostrarnos. El lector tiene la sensación de observar por varias ventanas con distinto plano, pero los mismos acontecimientos, y en todas ellas aparece una realidad igualmente injusta; ésta que vivimos ahora. Así sus intervinientes, que no protagonistas, los seres que son objeto del relato, se bestializan y se vuelven personajes de una ópera bufa, como de un cabaré con la música atonal de Schönberg de fondo.

El relator es aquel abogado que en la investigación de los delitos colecciona los hechos en los que se va a basar su acusación, eso lo decía Roscoe Pound, un juez americano autor de novela negra. En el caso de Historias de este mundo adquiere todo su sentido, puesto que su autor nos presenta una relación de acontecimientos que acusan, que formulan y describen los males de nuestro mundo desde una actitud inquisitorial. Es imposible hablar de estos relatos sin pensar en Chéjov, en Tolstoi o en Carver; cada uno de ellos refleja un retazo de modernidad al retratar una realidad decadente. La decadencia de las clases sociales en la Rusia zarista, en Chéjov, la decadencia de la explotación de los siervos, en Tolstoi, y la decadencia de la tradición americana del Self-Made y la Felicity de los sesenta, en Carver. Pues bien, en esas estamos; el relato de Matías Escalera lacera con inquina nuestra conciencia con la descripción de una decadencia mucho más próxima, la nuestra. Utiliza todos los recursos y mecanismos que tiene a su alcance, la sátira, el preciosismo, el realismo, la irrealidad y la subrealidad, el hiperrealismo, la imitación literaria (es brillante su pastoril emulación petrarquista), etc. El relato intercalado con el comentario periodístico, en francés o en inglés, en “El final del limbo”; o esa reseña del mal absoluto con textos de La Vanguardia sobre Kandido Aspiazu, es magnífica.

Los relatos de Matías Escalera Cordero se construyen unos sobre otros de forma arquitectónica; son ladrillos de distinto material, desde la paja al titanio, de un muro que el propio autor nos invita a derribar, explicándonos que, en realidad, es el muro de la vergüenza. El muro que entre nosotros se está trazando de forma tan vergonzosa por las entidades financieras, las agencia de calificación y el gobierno de los Estados. Las primeras, dedicadas a la rapiña; el último, a la obtención de poder. Siempre más riqueza y más poder, pobrecitos nosotros, que vivimos a ambos lados del muro. Estamos condenados a mirarlo al abrir las ventanas, a que nuestros hijos lo pinten con los graffiti de la injusticia, y a perder la vida y la esperanza en el empeño de pasar al otro lado, sin saber que el otro lado es idéntico al que hemos abandonado. A través del relato Matías Escalera, al igual que en su momento lo hicieron Chéjov, Tolstoi y Carver, nos formula la pregunta universal: ¿estáis dispuestos a derribar el muro? En la modernidad de Tolstoi y Chéjov, esa pregunta tuvo una respuesta afirmativa y la consecuencia fue la Revolución Bolchevique, el pandemonio de La Gran Guerra, primero, y de la II Guerra Mundial, después. De la modernidad de Carver, en cambio, solo vino la revolución tecnológica; posiblemente la diferencia radique en que en el primer caso la respuesta la daban ciudadanos desesperados y, en el último, simplemente ciudadanos infelices. Queda por saber quién tiene que dar la respuesta ahora. Por el bien de mis hijos, espero que la respuesta, esta vez, sea una revolución ética, de ideas claras y manos blancas, y no de aquellas tan productivas que se llevan por delante generaciones enteras y el futuro de los hombres, para, a la vuelta de cien años, encontrarnos en la misma situación. Sé que estoy siendo pesimista, comentando un libro de relatos que no lo es. Admítaseme el recurso para invitarles a leer estas Historias de este mundo. Un buen libro de relatos; un raro libro de relatos; un extraño libro de relatos, pero qué buena literatura no lo es.


Por Alberto Gil-Albert

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