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el chivato del teatro

el chivato

Hay quienes afirman –los teatreros sobre todos - que si el Teatro gozara de la misma promoción por parte de los medios de comunicación con que cuenta el fútbol, no habría una sola butaca libre en ninguno de los teatros de gestión privada, que pugnan a diario por conseguir la dádiva de unos instantes entre las horas que todos los medios dedican a esa cosa del balón cuyo éxito de masas parece deberse a la libertad de manifestar el lado fiero de los individuos, lanzando cuantos exabruptos les vengan en gana, y no al gusto por un espectáculo cuyos modos estéticos y pedagógicos solo fomentan una cultura barata cada vez más alejada de lo artístico, que no puede compararse con los del teatro.

El Chivato

Pasaba de la media noche. Noche templada de vocación veraniega. Los teatros habían terminado ya sus sesiones vespertinas de horario europeo. Los cómicos activos disfrutaban la quietud de la breve jornada laboral pero… No todos.

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Hace años, cuando comenzaban a reivindicar de todo los agazapados durante cuarenta años, muchas calles de todas las ciudades y pueblos de España sufrieron cambios de nombre. En aquel tiempo yo colaboraba en el diario Pueblo del maestro Emilio Romero y escribí un artículo titulado: “La trasnominación de las calles” en el que propugnaba un procedimiento menos hiriente que el irreconciliable de los pancarteros puñeteros (de puño en ristre), que ya proliferaban como hongos yesqueros. El asunto consistía en añadir un “apellido” a los nombres, más o menos ilustres, que portaban las calles.
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Acontecía en la Casa de Correos, sede del gobierno regional madrileño, con motivo de la recepción que la presidenta ofrece cada año a varios miles de españoles con motivo de la celebración del 2 de Mayo. El ambiente, estaba más limpio que otros años por mor de la rabieta de un lila, pero el ágape parecía organizado por Fidel para su pueblo en el aniversario de la revolución del hambre.

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César Antonio Molina; más poeta que ministro; más hombre de letras que político. Era el ministro idóneo para el poco apreciado mundo de la cultura. Llegó Molina a un ministerio, que algunos consideran superfluo, con voluntad de hacer bien las cosas acabando con las cesantías recurrentes de otro tiempo. El culto ministro instauró la estabilidad de los directores de los distintos organismos culturales de su ministerio: bibliotecas, Institutos, museos, orquestas, teatros… Era en el ministro un gestor de la cultura sin tintes sectarios ni talante partidario.