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EL FÚTBOL EN 2014

La Décima, envuelta en la cima de la arquitectura de Simeone

jueves 18 de diciembre de 2014, 18:22h
Actualizado el: 01/04/2015 16:49h
La concienciación social llegó al fútbol. Por Diego García

Los equipos madrileños dominaron un año en el que Alemania conquistó el Mundial -y arrodilló hasta el ridículo a Brasil-, Messi y Casillas desparecieron para renacer, James y Luis Suárez -arrastrando el dolor de dentadura estival- arribaron a la Liga BBVA y la concienciación social tomó cuerpo a través del fraude fiscal, la violencia ultra y la desprotección de los desahuciados.

El año que exprime sus últimos estertores ha representado la meridiana medida de fuerza y equilibrio del fútbol español en el contexto internacional: una suerte de esquizofrenia que hace frontera con la dualidad club-selección nacional y subraya la trascendencia de los cambios de ciclo en el deporte y el presumible resbalón si no se posee el olfato para preveer lo inexorable o si el responsable del diagnóstico se aferra al cómodo resfriado para eludir las responsabilidad de la traumática transición.

El 24 de mayo, con el pomposo Estadio da Luz lisboeta como escenario, quedó grabada en la leyenda del balompié madrileño como la cota más alta que haya conocido este deporte en el desarrollo del fútbol capitalino. Regalando, además de la constatación del protagonismo castizo de la temporada 2013-14, el cabezazo de Ramos como fotograma de la narración del subconsciente colectivo. La consecución de la Décima, con el envoltorio más agónico que pudo reservar el destino, propulsó el crecimiento de la revolución que trajo a Gareth Bale al coliseo de Chamartín y cimentó el giro hacia la relación de cortejo con la pelota que ha convertido al Madrid de Ancelotti en digno estandarte de la era post-Guardiola.

Con el récord de victorias consecutivas en la Liga batido, el bloque merengue sacó brillo a sus estanterías con la Copa conquistada al Barcelona en Valencia -con cabalgada de Bale para la posteridad- y la Supercopa de Europa enfrentando al otro puntal de la representación patria en el Viejo Continente, el Sevilla campeón de la Europa League -a través de una tortuosa tanda de penaltis ant el segundó del año, el Benfica de Jorge Jesús, el técnico que, para su desgracia, se adueñó de la estampa moderna de La Pietá de Miguel Ángel-. Por el camino europeo, la memoria relacionará a este 2014 el 0-4 legendario que arrodilló a Guardiola y su favoritísimo Bayern en territorio teutón y el rosario de goleadas que repartió la senda de Ronaldo -Bota y Balón de Oro-, Benzema -al fin reconocido en su variable intangible de asociación delicada- y la mencionada irrupción tan irrebatible como pálida del expreso galés. Con el primer Mundial de Clubes de la historia del club como guinda.

Sin embargo, el flujo de terciopelo que impulsó a Isco a su rol natural de artista para elevar la consideración madridista no enamoró también al rocoso monstruo ideado por Diego Pablo Simeone. El Atlético de Madrid más competitivo de su historia, que tocó el techo de su enésima potencia en el recorrido hacia la final de Liga de Campeones eliminando a la sombra catalana y exhibiendo calidad ante Mourinho y su hierático Chelsea. Con Koke ascendiendo peldaños hacia la titularidad en la selección absoluta, Godín, Miranda y Courtois exigiendo, a gritos, el respeto de la aristocracia defensiva internacional, Filipe y Juanfran exprimiendo su capacidad ofensiva para tapar como los más aplicados laterales tapones transalpinos y Arda Turán cocinando la magia para servir a Diego Costa el festín que se extendió a lo largo de la temporada. La Liga regresó a la ribera del Manzanares con la justicia y la ansiedad propia del campeón.

La "final" improvisada en el Camp Nou definió la temporada: competitividad, balón parado y tesón colchoneros -que se la jugaron por una jugarreta de la fortuna sin Arda ni Diego Costa- y la nada en actitud e implicación de Leo Messi que contamina al resto de su vestuario en rendimiento y resultados -y se cobró la víctima del "Tata" Martino, impotente en la tesitura-. La Supercopa Española también fue arrancada de las manos del gigante con la receta que sigue colocando a los rojiblancos en la cima de las apuestas y candidaturas hipotéticas. El Atlético confirmó en este año que mira a la cara a cualquier coloso sin arrugar ni un milímetro su gesto. Gracias a su recorrido, el fútbol español huyó, al fin, del bipartidismo a golpe de talonario -que trajo a James y Luis Suárez como edulcorantes principales del mercado estival- con un desenlace tan intenso como agradecido para el paladar el aficionado neutral.

La cita ineludible y resaltada con las mayúsculas de los torneos que marcan la historia y el devenir del deporte llegó de Brasil. Y arribó ofreciendo una cucharada de realidad de complicada digestión. Porque si lo relatado con anterioridad sugiere la constatación del final del ciclo Guardiola en fondo, forma y nombres, al igual que cabe relacionar directamente el estallido lujoso del juego en Can Barça hace un lustro con las cotas de la selección española, cupo ligar ambas caídas. El estado físico de una generación muy erosionada por las precoces responsabilidades y la elevada intensidad de los caminos recorridos confluyó en el bochorno inicial del evento carioca ante los Países Bajos y la impotencia para, no ya lucir, siquiera aplicar gris pragmatismo al resto de duelos para buscar la salvación del honor. Pero la mente y el cuerpo de los motores de creatividad no llegó a tiempo.

Xavi, el mejor centro campista de este país, se retiró del ejercicio con la camiseta española en el banquillo, en uno de los pocos desaires de Vicente del Bosque con los mitos. Y es de este último punto, de la interpretación de la suplencia de los mitos como una falta de respeto que realiza Vicente del Bosque, desde donde nació el colapso brasileño. Iker Casillas, renacido desde que recuperó la titularidad tras el verano, gozó de una titularidad puesta en cuestión tras su error garrafal en la final de la Liga de Campeones y en su desconexión ante Robben, Van Persie y compañía. Pasada la tempestad, se inició la transición: Isco, Alcácer, Morata, Koke y De Gea tomaron el relevo en la fase de clasificación para la Europa de 2016. Tarde para borrar el borrón. Tarde para mantener la legitimidad del cuerpo técnico y la autoconcepción de la selección española como dominadora, en exclusiva, de la excelencia.

El torneo latinoamericano dejó, además, imágenes que perdudarán como ensoñaciones en las generaciones futuras cuando repasen el intervalo fustbolístico correspondiente a estas temporadas. El 1-7 asestado por Alemania a Brasil, convertido en tragedia nacional en el mismo peldaño que el Maracanazo, confirmó bajo luz y taquígrafos, la merecida ración de gloria y excelencia en la gestión de la calidad técnica y la combinación asociativa de la generación alemana que se topó con la mejor España todos estos últimos torneos pretéritos. Kroos, Müller, Khedira, Neuer, Schweinsteiger y el autor del gol en la prórroga de la tensa final ante Argentina, Mario Götze, gozaron del éxito que se había granjeado al mutar y embellecer el estilo alemán de empuje y potencia hacia una delicada manera de crecer con la posesión.


Quedará también la sorpresiva participación de la escurridiza selección de Costa Rica, con un excelso Keylor Navas -actuación legendaria ante Países Bajos mediante- y su propia eliminación, en la tanda de penaltis para la que Van Gaal se guardó un cambio: Krul, el portero especialista en los penaltis. Cuando se consulte en el medio y largo plazo el anecdotario, se contemplará que bajo el ecosistema brasileño se despidieron de los Mundiales dos icnoso del calcio, Gianluigi Buffon y Andrea Pirlo. Y, además, se recordará, quizá con la sonrisa de la incomodidad que reprime lo políticamente incorrecto, la secuencia del mordisco que Luis Suárez tuvo a mal asestar al hombro izquierdo de Chiellini: mordisco, dolor en los dientes exteriorizado, club que, bajo la presión moral británica decide poner en venta al Bota de Oro y máximo asistente de la Premier League, sanción ejemplarizante, tratamiento psicológico y fichaje por el Barça.

Este año que nos abandona despidió, también, a Ryan Giggs, leyenda en el extremo izquierdo e improvisado entrenador interino tras el aborto del proyecto Moyes en el Manchester United bajo la alargadísima sombra de sir Alex Ferguson; coronó a Manuel Pellegrini en el campeonato doméstico inglés con el City; regaló a Fernando Llorente la presencia en el exclusivo club de ganadores españoles de la Serie A tras el Scudetto de la Juve; descorchó el champán bábaro para el regreso de Pep Guardiola en una Bundesliga sentenciada antes de abril y que ha acogido con los brazos abirtos la espantá de Xabi Alonso de los brazos del Bernabéu; y catapultó el prestigio de Di María como mejor futbolista argentino, elemento decisivo en la multiplicación de los panes y los peces obrada por Ancelotti y lanzador de Argentina a la final del Mundial.

Pero el "Fideo", que no encontró el monto que necesitaba en el maletín negociador de Florentino Pérez, e hizo migas con Falcao, Ander Herrera y Mata en Old Trafford, tampoco sacó una plaza en el palco honorario de Brasil ni en el del Balón de Oro. Quizá el galardón a futbolista minusvalorado sí le llegue a Manchester. Y con la misma ilusión, con diferente carga de sacrcasmo, recibió el Valencia a Peter Lim y a Nuno Spirito Santo. El renacimiento levantino tomó cuerpo en este arranque del nuevo ejercicio al tiempo que Luis Enrique tropezaba en su primera visita al Bernabéu desde el banquillo culé al tiempo que Messi levantaba el vuelo y Ronaldo no aflojaba su ritmo goleador, de camino a la eternidad de sus cifras.

Por último, el pliegue social del fútbol resultó también protagonista en estos doce meses. Con su máximo exponente internacional representado en la efervescente respuesta de la sociedad brasileña al despilfarro y la inversión del orden de preferencias de gasto del Gobierno de Dilma Rouseff. Un grito de justicia social que, en la refriega, se cobró la vida del periodista argentino Jorge Luis «Topo» López. De aquella presión social, apaciguada por mútuo acuerdo dirante el campeonato y el foco internacional, llegó la respuesta gubernamental en el viraje social de su política de gasto. El recorrido para en Italia con el asesinato de un aficionado el Nápoles de camino a la final de la Coppa en Roma, a manos de un líder ultra romanista. El esperpénto tomó forma co el diálogo entre Marek Hamsik, capitán del club partenopeo, con el líder de los ultras de su equipo, el señor "Carroña", con lazos sanguíneos camorristas, para acordar el incio de la final. Rafa Benítez ganó su primer título transalpino e Italia sollozó por el poder de la violencia en esta capa social, de nuevo.

Una situación estrambótica que entronca con lo acontecido en España, que, en este apartado, como en el deportivo, goza de similar esquizofrenia. La muerte de Jimmy, miembro de los Riazor Blues, conmocionó a la sociedad, que reclamó la participaciòn activa, ahora sí, de los profesionales del fútbol en al erradicación de la violencia de los estadios y aledaños. La expulsión del Frente Atlético y los arrestos masivos abren, pareciera, el camino a un nuevo y más tranquilo escenario. El paisaje donde la LFP ejerce como tal, como ya hiciera con respecto a las deudas con la Seguridad Social de clubes y futbolistas, con Messi como principal señalado de creciente concienciación de la población sobre la evasión fiscal, que traspasó la frontera futbolística. El dulce final llegó de Vallecas. El deshaucio de Carmen, una señora de 85 años acuciada por avalar a su hijo, generó una contaminación de indignación y protesta que el Rayo canalizó en la donación de la entrada de un partido de Liga para la recuperación económica y espitirual de la desprotegida anciana. Y, la maraña que recubre todo lo descrito, Angel María Villar, acoge en su seno, una vez más, el rol de villano. Su silencio y ausencia en tres reuniones en pro de la purificación del fútbol, en este instante tan sensible, retratan el pelaje del personaje. Una vez más.