En estos tiempos resulta imposible desligar la dialéctica fútbol-política. A las evidentes medidas de seguridad en la ribera del Manzanares, colofón del dispositivo de refuerzo consecuente tras los atentados yihadistas acontecidos en la capital francesa, se unió este miércoles la manifestación sui géneris de aficionados otomanos que reclamaron, en ruta por la Puerta del Sol y callejuelas adyacentes, la condena de la islamofobia disparada. “Los musulmanes no son terroristas!” rezaba la pancarta portada por los hinchas que, más tarde, conformarían el apoyo anímico del maltrecho club turco. Esta particular atmósfera se entremezcló con la presión deportiva que abrazaba a un equipo rojiblanco que asistió, como en el pasado fin de semana, a un nuevo guiño del calendario que situaba su participación después de que sus otros rivales hubieran jugado. Así, los goles de Raúl Jiménez en Astaná colocaron la victoria española como obligatoria empresa a cumplir para viajar a Lisboa con el fin de arrancar la primera plaza. Un empate clasificaba al principal perseguidor del todopoderoso Barça en Liga, pero había más en juego que ese punto.
Diego Pablo Simeone decidió repetir los nombres que asolaron al Betis desde el centro del campo. Tiago y Gabi ejercerían como ordenadores y distribuidores, Carrasco se ceñiría a la cal izquierda y Koke fluctuaría por el centro. Filipe y Gámez debían añadirse a la circulación para construir una superioridad que diseñara espacios de explotación para la movilidad de Griezmann y Torres. Giménez regresaba a la compañía de Godín y Oblak cerraba el sistema de intensidad, pelota y equilibrio que asiste a la deflagración de rendimiento ansiada por los arquitectos de la plantilla consiguiente al mercado estival. Como en el campeonato doméstico, los capitalinos se lanzarían a por su presa desde el inicio, buscando imponer el guión y granjearse los tres puntos urgidos cuanto antes. Continuando la multiplicación de variantes perseguida por el ascenso de calidad y alcanzada, al fin, la complementariedad con la esencia colectiva y la solidaridad de esfuerzos. La ofensiva permanecía, pues, como mantra.
Claudio Taffarel, icónico portero brasileño campeón del mundo en el 94 con la canarinha, desembarcó como jefe provisional de la manada turca. Hamza Hamzaoglu, técnico titular despedido hace días tenía ya sustituto, Mustafa Denizli, pero en el entretanto del traspaso de poderes sería el carioca el dirigente del mapa visitante en esta complicada cita. Las ausencias de Selçuk Inan y Burak Yilmaz, referencias en la medular y la punta del ataque, no ayudaban a este equipo que figuraba en la tercera plaza de la Liga, con un balance de un triunfo en los últimos cuatro choques antes de enfrentar a la rojiblanca. Dos líneas de cuatro piezas con Sneijder y Podolski en la cima de la pirámide disponían una red de peones que situaba a Öztekin como salida predilecta para la transición pretendida. La obtención de una actuación digna no admitía otro camino que mostrar un orden antagónico a la performance de esta temporada. La cohesión parecía de relevancia capital para crecer con el paso de los minutos.
Respondió el arranque del enfrentamiento y el cariz de la hoja de ruta a la teoría: el Atlético presionaba arriba, dotado de verticalidad tras robo, aunque también pretendía tener la pelota ante un Galatasaray que buscaba templar la posesión y amortiguar la salida local. Los primeros instantes asistieron a movimientos que marcarían el devenir del primer acto. La consecución de superioridades en banda izquierda, con Carrasco pegado al extremo, Filipe acompañando y Koke virando hacia ese perfil, ilustrarían la ruta. La fluidez en la asociación ponía a prueba con precocidad el cierre turco. Dos saques de banda hiperbólicos, efectuados por Gámez con remate muy forzado de Giménez, abrieron fuego. Podolski y Sneijder se manejaban entre líneas con Öztekin en banda izquierda y el carrilero Sarioglu en la derecha, susurrando contragolpes rápidos. No en vano, el holandés tuvo la primera ocasión tras filtrar su desmarque, recibir en envío frenético del lateral zurdo Balta y rematar ajustado de forma cruzada, sin éxito, por poco, en el 10 de juego.

Este acercamiento no supondría más que un espejismo en la trama general. El despliegue posicional de supremacía numérica española en la medular mantenía al límite la seguridad defensiva rival y Griezmann ahondaba en el modelo con rotundidad en el minuto 12. La movilidad entre líneas de Koke, Carrasco, Griezmann y Gabi estaba acercando al colapso al equilibrio turco, con los laterales apostados en el rol de extremos. Un movimiento del mediocentro español, en traducción de la superioridad por banda derecha, concluyó en el centro y cabezazo ajustado del galo a la red. Había amenazado con contragolpes rápidos el bloque visitante pero mordía primero el local, con su lustroso ramillete de opciones. En este caso, implementaría su veneno la vía de la combinación. El dogma de salida abrasiva se había cumplido a rajatabla y se decretaba la resaca a esta situación. De nuevo mandaba la voluntad del Atlético sobre su oponente de turno.
Quiso reaccionar el equipo otomano subiendo líneas en una presión que, sin embargo, se antojaba descoordinada, entregando el cuero, en consecuencia, al nivel de ambición rojiblanca, que combinaba ya horizontalidad y profundidad en su circulación. Griezmann buscó la puerta desde media distancia en el 14 para la atajada de Muslera y en torno al 20 de juego el duelo se desarrollaba bajo el dominio colchonero de las dos fases, fruto de la vigilancia a las transiciones -buscada por los veloces extremos oponentes-, y de la solidez asociativa que reflejaba un monopolio abrupto en el centro del campo que permitía a los llegadores asomarse a zonas de remate de manera perenne. Koke rozó el poste en un chut desde la frontal en el 19 confirmando el decorado ante un equipo abocado al repliegue hasta el encierro.
Carrasco suponía un riesgo constante ante la ausencia de ayudas y Koke recuperaba el rol central de la mediapunta para engrasar el avance sostenido pero burbujeante del Atlético. No obstante, la multiplicación de frentes abiertos ante el desestabilizado cierre visitante contemplaba, amén de los envíos por banda y la entrada en paredes centradas, la pizarra: Godín llamó a la puerta con un remate fuera de diana tras un córner botado por el omnipresente Gabi. El Galatasaray, colmado en su inestabilidad institucional y pagando el peaje de las bajas de piezas troncales, asistió a la escenificación de su infortunio y desorientación con la lesión de su lateral derecho Denayer, que fue sustituido en el 26 por Olcan Adin. No encontraba una respuesta lógica y continuada el sistema de Taffarel para desahogar el juego y respirar en pleno achique y marejada.
La sinfonía de exigencia prolongada por imposición del ritmo y pentagrama atlética no admitía fisuras, a pesar de las interrupciones concatenadas que culminaron en la dolencia tras atizo en el pómulo de un soberbio Tiago, quemada ya la media hora de esfuerzo. Filipe permanecía apostado en el extremo izquierdo horadando el repliegue contrincante y las opciones de remate no cedieron periodicidad. Carrasco, Godín y el lateral brasileño efectuaron sendos lanzamientos en variopintas variantes del juego sin un atisbo de horizonte para un Galatasaray amaestrado, reducido a evacuar agua en la tempestad confiando en que el cansancio la amainara. Debía sufrir el club dirigido por un técnico interino para no abrir más apertura en la herida y tratar de crecer con el paso de los minutos. Pero no entregó espacio para la reflexión contemporizadora el Atlético y prosiguió con la meta de Muslera como objetivo lúcido de cada envite. Los mediocentros turcos habían constatado, al borde del intermedio, su situación superada por las diagonales de Carrasco, Koke y Griezmann, y el ingrediente de la suma de Gámez y su homólogo zurdo completaban la deflagración.
Lucía una notable desconexión el frente ofensivo otomano, impedido en el páramo que suponía el bagaje de peligro creado. La baja de Selçuk Inan, único cerebro clarividente del campeón y vigente héroe nacional al entregar a Turquía el billete para la Euro`16, condicionó de forma dramática la producción creativa sobre el papel y sobre el verde. Lo pagó el plomizo primer tiempo del conjunto visitante. El Atlético consiguió trasladar su carácter monopolístico por la vía del control de la pelota y del ritmo tras pérdida, para acudir a vestuarios con la sensación de saberse mejor. Sin embargo, permitirse un respiro no cabía en la fórmula ante el temido escenario de no cerrar el duelo y rememorar fantasmas de irregularidad dentro de los 90 minutos. El enriquecimiento tras la reconversión dirigida desde el banquillo estaba obteniendo réditos en la consistencia del modificado modelo y la posesión reafirmó la fuerza de la directriz con un 64% rojiblanco. Además, la relación de tiros a puerta (3-0) y de opciones generadas (8-1) argumentaba el impulso de este respingo por el que atraviesa el club madrileño en este tramo de temporada.

Sin modificaciones en los peones comenzó en una reanudación que sí acogió divergencias en el devenir. Al menos en sus primeros minutos. Al tiempo que el bloque turco trataba de discutir con plenos poderes en la conversación por el cortejo del cuero, Muslera se erigió en el salvador de los suyos, desplegando las aptitudes que le llevaron a defender la meta uruguaya en la conquistada Copa América de 2011. Tapó el mano a mano a Carrasco tras combinación efervescente rojiblanca con Griezmann, en la primera acción del segundo acto; puso el guante en la escuadra para conjugar el remate del belga al centro largo de Gámez a continuación; intimidó el lanzamiento a las nubes de Torres después de otro pase interior del hoy mediapunta Koke; y atisbó el desvío del remate de Godin a la salida de un córner. Había salido con la intención de reclamar la posesión el conjunto otomano -Taffarel había centrado la posición del Öztekin para forzar la contención de Filipe y buscar e enganche que alimentara a Sneijder y Podolski- pero los espacios para la transición local se vislumbraban con sencillez.
El bloque del Cholo había virado hacia la fórmula del robo y salida, recuperando verticalidad. La presión también exigió su espacio protagónico y el mando volvió a pintar el balón de rojiblanco de manera natural, con 10 minutos de segundo tiempo. Una falta con dirección entre palos de Koke y el remate fuera de Torres al primer poste tras centro del 6 ratificaron la reversión del intento de cambio de paisaje.
Ideó, entonces, el técnico brasileño un movimiento que buscaba la concatenación de transformaciones: Kisa, mediocentro tapón sobrepasado, dejó su lugar a Umut Bulut, delantero referencial. Quería el preparador interino forzar una reacción a través de la valentía pero se granjearía una penalización instantánea, ya que la salida de un obrero ante un rival que manejaba el balón insinuando peligro en cada avance asumía un riesgo notable. Y el Atlético hizo caja, despejando los fantasmas de la falta de concreción que mantuvo el esfuerzo hasta el límite en duelos pretéritos no cerrados con anticipación al desenlace. Koke -mejor futbolista sobre el césped- encontró en el desmarque de Gabi al pico del área una opción plausible. El organizador dibujó un túnel de seda sobre Balta y centró para el remate, en soledad, de Greizmann. El segundo gol del francés granjeaba la añorada sentencia del partido y subrayaba la cosecha tangible del dominio local. De inmediato, el galo degustaría la ovación de la tribuna con la sustitución que otorgaba minutos a Vietto.
Cultivó Simeone, a falta de 20 minutos, el terreno para las rotaciones, ese reparto de minutos y alternativas a la talentosa juventud que ha de complementar la estructura nuclear del proyecto. Así, a la entrada de Luciano le acompañó la de Óliver, que sentó la maltrecha anatomía de un Carrasco cada vez mejor legitimado. El desenlace del envite planeaba un sufrimiento certero para el descorazonado Galatasaray, constreñido al rol de sujeto pasivo casi desde el primer estertor de la batalla. Y la apertura de espacios sobrevino con el cimiento de la relajación propia de los baloncestísticos 'minutos de la basura'. Vietto marró un mano a mano tras pase de Torres; Tiago, que dejó su escaño a Saúl, probó a Muslera desde la frontal; el suplente de Jackson Martínez, que completaría el partido entero, forzó la estirada del charrúa tras recibir en la frontal e inutilizar el cierre de su par; y una falta directa desde la frontal lanzada por Sneijder que atajó Oblak, en el 83, autografiaría el intervalo final de otra exhibición de autoridad atlética, que coronó el postrero remate infructuoso de Óliver en el 90.
Ha conseguido mostrar la mejor cara del curso la institución madrileña, revirtiendo la desazón sufrida en su primer duelo ante el Benfica. Superada ya la tétrica fase de choques ante los gigantes nacionales que malquiso deparar el calendario, los pupilos del Cholo se manejan en acordes tan coordinados como afinados. La mejor versión de Filipe Luis desde su vuelta, el descubrimiento del Koke director de orquesta y factor desequilibrante en la mediapunta y la puntiaguda regularidad de Carrasco amalgaman el potente estado de forma colectivo. Sin resbalones en el acostumbrado rocoso repliegue, la calidad parecería haber encontrado, al fin, su lugar para preponderar en el simétrico reparto de protagonismo. Depende de sí mismo el Atlético para convalidar el estado de cocción pensado para esta altura de ejercicio. Con el ajuste necesitado en vías de asiento, la competitividad colchonera navega sobre sus raíles de nuevo.
Ficha técnica:
Atlético de Madrid: Oblak; Gámez, Giménez, Godín, Filipe; Gabi, Tiago (Saúl Ñíguez, m. 75), Koke; Griezmann (Vietto, m. 67), Fernando Torres y Yannick Carrasco (Óliver Torres, m. 70).
Galatasaray: Muslera; Denayer (Olcan Adin, m. 25), Chedjou, Semih Kaya, Hakan Balta (Sinan Gumus, m. 77); Bilal Kisa (Umut Bulut, m. 63), Paul Karacan; Sabri Sarioglu, Sneijder, Yasin Öztekin; y Podolski.
Goles: 1-0, minuto 12: Griezmann; 2-0, minuto 65: Griezmann.
Árbitro: Nicola Rizzoli (ITA), amonestó a Semih Kaya.
Incidencias: 48.000 espectadores asistieron al partido correspondiente a la quinta jornada de la Liga de Campeones, disputado en el estadio Vicente Calderón.