Una mujer igual a millones de amas de casa que tienen vidas similares y paralelas en cualquier parte del mundo: criar a sus hijos, soportar estoicamente las brusquedades de su marido y no reunir el valor suficiente para irse de casa. Así es Shirley Valentine, el personaje de la obra homónima escrita por el británico Willy Russel a mediados de los 80. Así es, hasta que conoce a una nueva amiga que la invita a pasar unas vacaciones en Grecia y le hace replantearse su vida. En una adaptación de Nacho Artime dirigida por Manuel Iborra, la Shirley que confiesa sus miedos y sus ilusiones en una conversación a medias entre el público y la pared de su cocina es una Verónica Forqué que brilla bajo la responsabilidad de llevar todo el peso de la trama y a la que el papel le viene como anillo al dedo. “Somos la misma persona”, reconoce la veterana actriz en una entrevista con El Imparcial con motivo del estreno, este sábado, de la obra en el Teatro Maravillas de Madrid.
Un ama de casa, en apariencia como muchas otras, se siente sola y un viaje le cambia la vida… ¿En qué se parece Verónica Forqué a Shirley Valentine?Nos parecemos en todo, somos la misma persona, no hay remedio.
La crítica ha dicho que es un personaje que parece escrito para usted, ¿lo ha sentido así?La verdad es que es un comentario que me hizo muchísima ilusión y desde luego es un personaje que es verdad que me va mucho. Pero cuando leí el texto la primera vez pensé: “yo esto no sé hacerlo”. También es verdad que eso me pasa muchas veces cuando leo textos, me da miedo… Cuando le dije a
Manuel (Iborra), mi marido, que me habían ofrecido hacer
Shirley Valentine, me dijo: “¡Hazlo! No lo dudes, te va muchísimo ese personaje…”. Y yo le escucho mucho porque su opinión es muy importante para mí. Después, cuando pasó el pánico y dije que sí, el productor me dijo que habían pensado en Manuel para la dirección. Pero el primero en decirme que podía hacerlo y que me iba bien el personaje fue él.
El mensaje que quiere dejar la obra es, podemos decir, muy profundo, pero para contarlo la clave es el humor. ¿Cómo hace para, desde el escenario, provocar la risa y la emoción a partes iguales en espectador?Pues no lo sé. Sólo sé que me preparo, ensayo mucho el personaje y, después de 105 funciones con Shirley, la conozco, la quiero, la comprendo, estoy en su cuerpo, en su cocina, friendo sus huevos fritos… ¿Y cómo se hace eso? Es un misterio, no lo sé. No hay una receta… pero es necesaria la relajación, la entrega y el amor a tu trabajo. El escenario es un lugar muy sagrado para mí y el público me merece mucho respeto. Intento dar lo mejor de mí misma, aunque no siempre lo consiga.
A pesar de su extensa carrera, ¿sigue imponiendo subirse a un escenario para llevar todo el peso de la trama, como en este caso?Me impuso al principio, en los ensayos, porque estás ahí sola, ¿y si te confundes?... y siempre hay un móvil que suena… Pero por otro lado, tiene sus cosas buenas. Yo nunca había hecho un monólogo y cuando le conté que iba a hacer
Shirley Valentine a
Rosa María Sardá, a la que quiero y admiro mucho, me dijo que cuando lo probara no querría hacer otra cosa. No es del todo así, pero sí he visto que tiene sus ventajas: no tienes que estar preocupada de si el otro se equivoca o si te dice la frase como a ti te gusta, hay más peligro, pero también eres más dueña de la situación.
¿Recuerda algún viaje que, como a Shirley, le cambiara la visión de la vida?Yo creo que todos los viajes, aunque sean muy cerca, te cambian algo. Todos los viajes tienen una ida y una vuelta y te hacen cambiar la rutina de tu vida. Pero desde luego a mí los viajes que más profundamente me han cambiado han sido los viajes que he hecho a la India.
Después de más de 100 funciones, ¿cómo se aguantan los embistes de la crisis que tanto están afectado al sector cultural?
Pues aquí estamos… Resistiendo, luchando, trabajando mucho, haciendo mucha promoción, muchas entrevistas, gracias también a los medios que estáis siempre detrás. No hay más remedio: hay que trabajar el doble y ganar lo mismo que hace diez años… pero eso nos pasa a todos. De todas maneras somos muy afortunados, nosotros, todos los que estamos aquí… Al menos, por ser españoles, tenemos una seguridad social, unos derechos, puede que cada vez un poco más limitados, pero los tenemos… A ver a dónde nos lleva todo esto.
Lo que sí es cierto es que el sector cultural español se está llevando una de las peores partes de la crisis, y parece que la situación va a empeorar a partir de septiembre con la subida del IVA…Sólo hay que fijarse en las entradas… para la gente normal de ahora son caras, 22 ó 25 euros en el teatro de iniciativa privada… Mi productor dice que va a intentar no subirlas, así que lo que decíamos antes: trabajar más y ganar menos. El futuro es incierto.
Aunque incierto, si intentáramos predecir, ¿cómo ve el futuro del teatro o el cine, del que también forma parte, en España?Del cine, por ejemplo, el futuro no lo sé, pero el presente es muy malo. La industria del cine en España está prácticamente desmantelada: se hacen muy pocas producciones, hay muy pocos medios, la gente joven termina recurriendo a veces incluso a la cooperativa o a Internet… Producciones entendidas como cuando yo empecé… eso ha desaparecido. Y eso es mérito de los diferentes y sucesivos gobiernos que hemos tenido, tanto de un lado como de otro… eso es así.
En este sentido, se habla de Internet, de la violación de los derechos de autor, de una aparente desconexión con el público, de la falta de financiación pública… ¿cuál es el mayor problema del cine español?Todo junto, pero también creo que hay otro problema fundamental que es el doblaje. La gente en España va al cine con la bolsa de palomitas a ver a Robert Redford hablando en español, a Meryl Streep hablando en español y a Tom Cruise hablando en español. Eso es una tragedia que existe desde hace muchísimos años y que viene impuesta por los americanos. Luchar contra eso es muy complicado. Si la gente tuviera que ver a esos actores hablando en inglés, con subtítulos, los españoles tendríamos otro lugar, la cosa sería más equitativa. Y luego las campañas de márquetin y los millones y millones que ellos pueden invertir en cualquier película, para nosotros supone todo un año de hacer películas. Luchar contra un enemigo tan feroz y tan enorme es muy complicado.
En Estados Unidos la mayor parte de la financiación al cine parte de la empresa privada, mientras que aquí se alimenta en gran medida de subvenciones públicas, ahora drásticamente reducidas con la crisis… ¿Quizá radique aquí el problema?Claro, pero también hay que tener en cuenta que Estados Unidos es un país muchísimo más rico que España y que la industria del cine la han inventado ellos, es un gran valor y una gran fuente de ingresos en su economía, por eso lo cuidan como lo cuidan. En España, esto es otro mundo. Las películas de aquí se hacen con mucho menos dinero, por lo que hay que apoyarlo de otra manera. Además, nosotros cuando vamos allí no nos doblan. Ellos tienen la sartén por el mango completamente y esa es la base de nuestro desastre.
¿Se decanta, en base a su dilatada experiencia, por el teatro?Bueno, yo me contrato con los proyectos que más me gustan y en los últimos años los proyectos más interesantes y los papeles más bonitos me llegan desde el teatro. Hago lo que más me gusta.
¿Cómo se levantará la gente de la butaca después de pasar un par de horas con Verónica Forqué en la piel de Shirley Valentine?La gente se lo va a pasar muy bien porque la obra es muy divertida, y reírse es muy necesario para la vida. Creo que todo el mundo, tanto las mujeres como los hombres, va a pensar que hay algo en su vida que podría estar mejor de lo que está, y que hay algo que ellos podrían hacer para que su vida fuera mejor. Esto ya está bien, ¿no?