Opinión

Velázquez, Sherlock Holmes y John Ford

Pedro González-Trevijano | Sábado 06 de octubre de 2012
¿Me habré vuelto loco? Será que, como en el desasosegante aguafuerte de Goya, ¿“El sueño de la razón produce monstruos”? ¿Qué tienen en común el inigualable pintor del siglo XVII, el analítico personaje creado por Sir Arthur Conan Doyle y el incomparable director de cine nacido en Maine? Lisa y llanamente, la inmortalidad. Una inmortalidad que nos hace volver siempre los ojos a tan formidables personajes. Nadie como el pintor de corte de Felipe IV, el inquilino del 221 B de Baker Street y el autor de Centauros del desierto para explicitar el clasicismo. El clasicismo entendido, en palabras de André Guide, “como el arte de expresar lo máximo diciendo lo mínimo.” A las pruebas me remito: la profundidad del contenido retrato de Pablo de Villanueva, el “Elemental, querido Watson” del detective victoriano y la alegría de vivir de la arrebatadora La taberna del irlandés.

¿A qué vienen tales consideraciones sobre arte, criminología y cine? Muy fácil. La semana pasada me acercaba nuevamente al Museo del Prado, el Partenón de Velázquez, finalizaba de releer Estudio en escarlata -y aún me queda pendiente la última película de José Luis Garci, Holmes & Watson, Madrid days- y veía, por enésima ocasión, la incansable búsqueda de Ethan Edwards de su sobrina. Y, como siempre, Velázquez, Holmes y Ford, me siguen cautivando. Pero me voy a detener en Velázquez, ya que durante las olvidadas vacaciones leía la novela, Riña de gatos, de Eduardo Mendoza. Y hete aquí que, de nuevo, aparece la figura del flemático artista del barroco español.

La novela arranca con la llegada a Madrid, en la primavera de 1936, de un inglés experto en nuestro arte del Siglo de Oro, y en concreto, de la obra de Diego Velázquez. Su encargo consistirá en autenticar un óleo, ni más ni menos que del pintor sevillano, perteneciente a una acaudalada familia aristocrática, comprometida con el pronunciamiento de julio de 1936. El cuadro, de ser de autoría velazqueña, habría de ser exportado ilegalmente de territorio español, para, procediéndose en el extranjero a su venta, sufragar los gastos de la sublevación militar. En su desarrollo, nuestro hombre vivirá una rocambolesca historia de amoríos y complots políticos, al tiempo que aparecerán algunos de los protagonistas de aquellos años: José Antonio Primo de Rivera, los generales Mola, Queipo de Llano y Franco, y Alcalá Zamora y Azaña. De los pormenores del entramado no les voy a adelantar nada, no se disguste el escritor barcelonés, pero sí es, otra vez, una oportunidad para referirnos al pintor de Hispalis.

En efecto, en la novela se desgranan comentarios sobre algunas de sus obras, como los retratos de Don Juan de Austria, Diego de Acedo, Francisco Lezcano, la composición de Venus y Cupido, los también retratos de las Infantas Margarita y María Teresa, pero, sobre todo, aquí está la trama, de la Venus del espejo; sobre ella les animo a leer el poema de Gerardo Diego recogido en su obra Pintores. Antología. La tarea del británico será determinar, si además de la tela colgada en las paredes de la National Gallery, Velázquez habría realizado otra segunda versión del desnudo. Sólo que en esta sí se reconocerían nítidamente los rasgos y facciones de la desconocida dama: los de Doña Antonia de la Cerda, esposa de Gaspar Gómez de Haro, hijo del Marqués del Carpio, con la que el pintor habría mantenido una secreta aventura amorosa. De aquí la existencia de la presunta segunda copia, dejada en Italia por Velázquez, para su disfrute más íntimo y personal. Aunque, al final, ¡el lienzo resulta ser de su criado Juan Pareja!

En suma, Velázquez, otra vez Velázquez. Un artista que nunca enjuicia, que trata a todos, cualquiera que sea su condición, con dignidad. Un artista sobrio. Y un rey de España, injustamente tratado en demasiadas ocasiones, Felipe IV, que fue el mejor ojeador y marchante de su época. Nadie como el titular de la casa de Austria para reconocer, el primero en su corte, las dotes del genio venido del Sur.

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