Los Lunes de El Imparcial

Mo Yan: Sorgo rojo

CRÍTICA

Domingo 23 de diciembre de 2012
Mo Yan: Sorgo rojo. Traducción de Ana Poljak . El Aleph. Barcelona, 2012. 520 páginas. 20,95 €

Cuenta Juan Benet en uno de sus ensayos que cuando descubrió Cien años de soledad –hallazgo inesperado, subrepticio y nada previsible dadas sus filias y fobias literarias—colgó un cartel en la puerta de su oficina (en una región del Norte peninsular en la que estaba construyendo una presa) con la siguiente leyenda: “Estoy en Macondo”. La cosa era que no le molestaran; estaba muy lejos de allí, en Macondo. Antes de eso, había alabado las andanzas del Alfanhuí de Sánchez Ferlosio, libro excéntrico en el panorama de la literatura española por dos razones: su carácter fantástico y su interpretación psicoanalítica. Pero, ¿a qué viene mentar a Benet, Ferlosio y García Márquez cuando de lo que vamos a hablar es del reciente Premio Nobel de Literatura, el chino Mo Yan y su Sorgo rojo, recientemente reeditado por El Aleph?

Mo Yan, como algunos lectores sabrán ya, significa “No hables”. Es el pseudónimo literario de Guan Moye, y la cantinela que su madre le repetía de niño, temerosa de lo que su hijo pudiera decir en público. Mo Yan se dio por tanto al silencio, y en algún momento ha contado que comenzó a hablar a un árbol del jardín de su casa, como Jonathan Swift al final de su vida. Con veinte años, fue sucesivamente trabajador en una fábrica, soldado en el Ejército Popular de Liberación y escritor. Mo Yan ha ganado el Nobel bastante joven, a los 57 años, y su nombramiento ha levantado ampollas entre los que lo critican por no ser lo suficientemente crítico con el régimen chino. Como respuesta, Mo Yan ha afirmado en una entrevista a la revista literaria Granta que la censura favorece la creación literaria. Son cuestiones ajenas al valor de una obra particular, pero que nos pueden sonar familiares a los españoles: la censura, ¿aguza la mente? O, un novelista (o artista en general), ¿tiene obligación moral de criticar el régimen en el que vive? ¿Lo hizo, por ejemplo, García Márquez en sus cien años solitarios? Si aplicamos este criterio a la literatura –recordemos los casos recientes de Céline en Francia o Grass en Alemania—la literatura se convierte en un libro de contabilidad moral y político y, lo que es peor, ideológico.

Sorgo rojo fue la primera novela de Mo Yan que obtuvo éxito internacional. En realidad, es una novela compuesta de cinco libros: Sorgo rojo, Vino de sorgo, Conducta de perros, Funeral en el sorgo y Muerte extraña. Se publicó en el año 1987, y recordemos que el Alfanhuíes de 1951 mientras que Cien años de soledad es de 1967. Comento esto, no porque sean antecedentes directos –es altamente improbable que Mo Yan conociera siquiera la existencia del Alfanhuí y en la citada entrevista de Granta ha negado que leyera a García Márquez antes de Sorgo rojo-, sino por situar la obra en un mapa literario más amplio.

La novela de Mo Yan, popularizada en occidente por la primera película de Zhang Zhimou del mismo título, es una novela río, arrebatadora, intensa, poética, con sabores acres orientales a tierra y a sangre, acentos occidentales sorpresivos, y con áspero pero leve regusto final del sorgo. En ella hay ecos cercanos de las hsiao-shuo o “pequeñas charlas”, las novelas clásicas chinas, El sueño de la cámara roja, El viaje al Oeste o La novela de los tres reinos, y resonancias remotas de García Márquez, Faulkner o Juan Benet. Algunos críticos encuentran también las sombras de Grass, Kafka o De Lillo entre sus sabores. Como algunas de las obras aludidas, la obra transcurre en un territorio mítico, el municipio de Gaomi Noreste, en las riberas del Río Negro, “el lugar más bonito y más repulsivo, más extraño y más vulgar, más sagrado y más corrompido, más heroico y más cobarde, más bebedor y más sensual”. El marco temporal es la invasión japonesa de 1933, y aunque la obra se alarga hasta 1975 prácticamente toda la novela transcurre en las escaramuzas contra el japonés y las rencillas internas locales.

Hay batallas, estrategia y guerreros, bandidos y jueces con nombres sabrosos como pasteles de otra época: Cuello Manchado, Nueve sueños Cao, Colmillo Seis, Trompeta Liu, Tuberculoso Cuatro... El narrador es el nieto de una mujer imprevisible, indomable, fumadora de opio, inteligente, manipuladora, pura e impura, y de su marido, un porteador, bandido y asesino, que la rapta cuando ella viaja para desposarse con un leproso rico y dueño de una destilería de vino de sorgo rojo, e inician juntos una saga en la que el sorgo, el vino, la tierra y la muerte se mezclan en un cauce irregular, saltarín, no sujeto a la coherencia de un tiempo, aunque sí del espacio que marcan el sorgo rojo y el río Negro.

Los cinco libros carecen de una estructura cronológica lineal. Ni siquiera hay fechas que ordenen. Solo una voz intemporal, remota, que sabe todo pero que lo dosifica con la fuerza narrativa del mito, no de la historia. Esa voz relata hechos a veces, y otras desarrolla juicios e invocaciones con un claro parentesco con la oralidad. En realidad, hay mucho de antiguo contador de cuentos en Mo Yan: la repetición de epítetos y expresiones, el colorismo de los nombres, los juicios repentinos sobre los personajes, el humor negro del titiritero que se explaya con el sufrimiento de su marioneta… Mucho también en torno a la familia y la búsqueda de sus raíces como forma de colocarse uno mismo en el orden cósmico. Y un gusto claro por la lengua. Es el tipo de literatura que deja claro desde la primera línea que el primero en degustar las palabras es el propio autor.

Los perros tienen un lugar importante en la obra, hasta el punto de formar una sociedad paralela: “La historia gloriosa del hombre está repleta de leyendas de perros y de recuerdos de perros.”; el amor, también: “El amor es el proceso de la sangre que se convierte en heces de color del alquitrán.”; también el paso de la vida fuera de la contemporaneidad: “A veces me asalta la idea inoportuna de que existe un nexo entre la decadencia de la humanidad y el aumento de prosperidad y bienestar”. Niñas que se convierten en viejas, bandidos que retan a jueces y jueces que persiguen a bandidos, japoneses y chinos crueles, guerra, sorgo, paz y la tragedia del amor. Seguramente entregarse a su lectura tenga algo de indulgencia oriental e incluso infantil. Pero a poco que el lector baje la guardia política, seguro que acabará colgando el siguiente cartel en su puerta: “Estoy en Gaomi Noreste”.

Por José Pazó Espinosa

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