RESEÑA
Domingo 17 de febrero de 2013
Arturo Pérez-Reverte: El tango de la Guardia Vieja. Alfaguara. Madrid, 2012. 504 páginas. 21 €. Libro electrónico: 10,99 €
Parece que Max Costa, protagonista de la última novela de Arturo Pérez-Reverte, se encuentra en el crepúsculo de su existencia. Parece que quedaron atrás años de pasiones, amoríos y lances, años en los que Costa dominaba los salones de baile de lujosos trasatlánticos como el perfecto “bailarín mundano” y conquistaba mujeres con elegancia, no pocas veces ante las propias narices de sus maridos, a la vez que actuaba, con la misma elegancia, como ladrón de guante blanco. Ahora parece haberse retirado a sus cuarteles de invierno, discretamente asentado en la localidad italiana de Sorrento, con un oscuro trabajo como chófer del doctor Hugentobler.
Pero ya lo dice el refranero: “Genio y figura hasta la sepultura” y “quien tuvo retuvo”. En Sorrento se celebra un campeonato mundial de ajedrez donde uno de los contendientes es el joven Jorge Keller, a quien acompaña su madre Mecha Inzunza. Mecha y Max se conocieron hace mucho, mucho tiempo, a bordo del trasatlántico Cap Polonio. Y, en unas circunstancias muy distintas, bailaron juntos un tango que les marcaría para siempre. Un tango en el que “se movían los dos, con encuentros y desencuentros, quiebros calculados, intuiciones mutuas que les permitían deslizarse con naturalidad por la pista”. Esos encuentros y desencuentros que de la pista de baile pasarán a la pista de la vida a lo largo de décadas y diferentes escenarios en una historia de amor furiosamente romántica, pero con un sutil y logrado punto de melancolía y desencanto.
Así, en Sorrento, un Max Costa, “genio y figura”, que ha traspasado la barrera de los sesenta –al igual que Mecha- “camina ligero, desenvuelto. Con el mismo paso elástico y seguro de años atrás, cuando el mundo era una aventura peligros y fascinante: un desafío continuo a su temple, astucia e inteligencia. Ha tomado al fin una decisión, y eso simplifica las cosas: encaja el pasado en el presente y traza un bucle asombroso que, a través del tiempo, lo dispone todo con aparente simpleza”. En la ciudad costera se avivarán los rescoldos de la pasión, en realidad, nunca extinguida, entre Mecha –elocuente diminutivo de Mercedes con el que se nombra al personaje- y Max, y este se verá envuelto en una aventura que nada tendrá que envidiar a las de su juventud. Tres tiempos y tres lugares –el Buenos Aires de 1928, con esos tugurios donde nace el verdadero tango, la Riviera francesa de 1937 y el Sorrento de 1966-, con el trasfondo de las guerras y conflictos del convulso siglo XX, se van sucediendo en una narración llena de peripecias y sorpresas.
Con El tango de la Guardia Vieja, Pérez-Reverte no solo no defraudará a sus cientos y cientos de seguidores –prácticamente todas sus novelas alcanzan con rapidez los primeros puestos en las listas de los libros más vendidos-, sino que conseguirá otros nuevos. Aquí, el creador de la popular y exitosa saga del capitán Diego Alatriste depura hasta el extremo su enorme habilidad narrativa y su capacidad para envolver al lector en tramas absorbentes, y con una intriga perfectamente dosificada, que atrapan desde principio a fin.
Pero, además, en el haber de El tango de la Guardia Vieja, debe consignarse el dominio estilístico, y unos personajes a los que su claro carácter novelesco y hasta cinematográfico –héroe solitario, acanallado, pero poseedor de una gran dignidad, y bellísima e irresistible mujer con un toque de femme fatale-, que contribuye a la fascinación que despiertan, no les resta autenticidad en un equilibrio sin duda nada fácil de conseguir. Así, ese Max Costa y esa Mecha Inzunza, con conciencia de su fuerza y singularidad (muy acertada la cita de Conrad, escritor predilecto de Pérez-Reverte, que encabeza la novela: “Y sin embargo, una mujer como usted y un hombre como yo no coinciden a menudo sobre la tierra”), pero, también, con un fondo de desvalimiento que les hace cercanos. Y no solo los principales resultan bien delimitados. Ahí, por ejemplo, está el exitoso compositor Armando de Troeye, primer marido de Mecha, tan turbio como, en realidad, pobre hombre.
Por Carmen R. Santos
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