Borja M. Herraiz | Jueves 21 de agosto de 2014
Preocupan más allá de Iraq, incluso entre la propia la red terrorista. Por B.M. Herraiz
Hasta hace unos meses, el Estado Islámico o ISIS era sólo uno de las numerosas amenazas de un yihadismo radical atomizado asentado en Oriente Próximo, una sucursal de Al Qaeda a la que sólo los expertos prestaban atención. Hoy, meses después, este ejército en toda regla se ha convertido en una verdadera amenaza para la seguridad en la región y una preocupación creciente para los gobiernos occidentales.
El año pasado, el líder de Al Qaeda, el egipcio Ayman Al Zawahiri, dio un ultimátum a la cabeza visible del ISIS, Abu Bakr al Baghdadi, que por entonces combatía en Siria contra el régimen de Baschar Al Assad: o acataban la jerarquía y las indicaciones de la matriz creada por Osama bin Laden y se adherían a su grupo loca, el Frente al Nusra, o se convertirían en unos proscritos de la yihad. Para sorpresa de muchos, el misterioso autoproclamado califa Ibrahim optó por la segunda opción y, con el tiempo, ha llegado a hacer sombra a sus antiguos compañeros.
El ISIS ha impuesto una ley del terror en el norte de Iraq y en las zonas fronterizas que controla en Siria. Sus 80.000 efectivos de 81 países, incluido España, fuerzan a la población civil no musulmán a convertirse bajo amenaza de ser ejecutados si no lo hacen. Con esta premisa, los yihadistas han acosado y asesinado a centenares de yazidíes ante el horror de la opinión pública internacional. Además, han llevado su violencia ante los propios musulmanes, puesto que sólo una interpretación muy sesgada del Corán como la que hace gala el ISIS justifica que los milicianos de Al Baghdadi vean normal combatir por igual al régimen alawí sirio y al gobierno chií iraquí.
Sin embargo, toda esta barbarie que el ISIS promueve en las zonas controladas está meticulosamente calculada, lejos de la imagen de terroristas psicópatas que se hace ver en ocasiones. Al Baghdadi ha logrado triunfar allí donde Al Qaeda fracasó y ha aglutinado a decenas de milicias yihadistas en torno a una misma causa: la creación de un gran estado islámico donde impere la sharia.
Para ello, el ISIS, que cuenta con unos más que cuantiosos recursos financieros que algunos cifran entre 400 y 2.000 millones de dólares fruto de sus contactos con el wahabismo saudí, el mismo movimiento que apadrinó a Bin Laden, y a las industrias petrolíferas y gasistas que han controlado en su avance militar, impone una doble política: para los musulmanes que se plieguen a la sharia construyen escuelas, hospitales y carreteras, dan trabajo y reparten comida; para los infieles, la muerte más cruel posible. La política del terror llevada hasta el extremo.
Tal y como señala David Kilcullen, asesor durante años en Iraq del general David Petraeus, el ISIS es, hoy por hoy, "el grupo terrorista más peligroso del mundo porque combina la capacidad de combate de Al Qaeda con la capacidad administrativa de Hezbolá".
Tras el asesinato, grabado y emitido para todo el planeta, del periodista estadounidense James Wright Foley, Barack Obama ha abandonado su tradicional discurso tibio y ha empezado a endurecer sus palabras: "Estados Unidos hará todo lo necesario para que se haga justicia".
La Casa Blanca quiere evitar los errores del pasado, los que cometió al minusvalorar durante años la amenaza que representaba Al Qaeda, y quiere cortar la cabeza de la serpiente antes de que ésta se convierta en hidra. Para ello, Washington envió hace semanas dos centenares de sus mejores comandos de las Fuerzas Especiales para ayudar al Ejército iraquí a plantar cara. Días después, intensos bombardeos y colaboración directa con los peshmergas kurdos se añadieron al despliegue en la zona.
Todo con el objetivo de plantar cara a un verdadero ejército, bien equipado, determinado al punto de no temer la muerte y deseoso de victorias tras haber fracasado en el intenso de derrocar al régimen sirio. Precisamente en Siria y en la impasividad de la comunidad internacional se sitúa el origen del ISIS, que encontró en esta guerra civil la oportunidad y el sectarismo necesario para que germinara el odio yihadista del que han bebido sus millares de fieles.
Fieles que se incrementan día a día por el efecto llamada que se está logrando gracias a la gran operación de propaganda puesta en marcha en las redes sociales y cimentada sobre el importante número de victorias cosechadas, algo de lo que Al Qaeda, al que el ISIS le intenta arrebatar el monopolio del yihadismo ideológico en el mundo, en su campaña afgana, ha adolecido desde hace más de una década.