Entre las muchas cualidades que adornaron la personalidad del barcelonés X. Tusell se contó su facilidad para atraer vocaciones historiográficas y constituir equipos de estudiosos y estudiosas –muy numerosas- singularmente imantados por la contemporaneidad española, por el proyecto y realización de una construcción social que, aceptando los presupuestos de la impostergable modernidad requerida urgente e inaplazablemente por el país, hiciese posible y legitimara su inclusión en el bloque de las grandes naciones de su entorno físico e histórico. En dimensión muy similar, figuró igualmente entre sus innegables méritos profesionales la envidiable capacidad para organizar simposios y congresos del más variado tipo en torno a las principales temáticas de la andadura española por los siglos XIX y XX, en particular del último.
Justamente acerca de una de las más importantes cuestiones de la centuria pasada, la de la relación entre Catalunya y el resto de España su prestigio historiográfico y poder de reclamo para empresas científicas de alto bordo consiguieron llevar a buen puerto dos o tres congresos de alto velamen y ambiciosas metas. Su condición de insigne contemporaneísta y su nascencia en el Principado –seña de identidad a la que nunca renunció en medio de la Meseta, en cuyo centro transcurrió de facto su fecunda existencia- le condujeron a una permanente y lúcida reflexión sobre el tema subrayado más atrás. Antes de que éste recuperase la actualidad y crispación de otras épocas –singularmente, la de la Segunda República-, en un sobresaliente coloquio madrileño que logró reunir un descollante haz de politólogos, sociólogos e historiadores situados en el vértice de sus respectivas materias, el autor de incontables monografías en punto a extremos capitales del ayer inmediato de España y Europa –algunas en colaboración con su esposa, la relevante investigadora Genoveva García Queipo de Llano- ubicó las coordenadas de la cuestión, más que del “problema”, en el único terreno en el que, con bastante seguridad, podrá encontrársele una solución. A sus ojos y los de muchos de sus coetáneos ésta pasaba por un apasionado afán, del lado de “Madrid”, de comprensión y recepción de las reivindicaciones y propuestas catalanas, y, del Principado, de una apertura generosa a la búsqueda de un diálogo compartido y sin exclusivismos. El sentido del Estado de los “castellanos” y el del pacto y el compromiso de los catalanes abrirían las puertas, sin falsos optimismos y con el realismo propio de la alta política, a un camino de solución, alcanzable con inteligencia, paciencia –“sólo los fuertes son pacientes”, dijo Milton- y buena voluntad. Como se observa, con matices y, desde luego, con acuñación propia e intransferible-, el planteamiento tuselliano no se diferenciaba demasiado del mantenido, contra viento y marea, por un historiador coterráneo cuyo magisterio aplaudió y respetó invariablemente en medida insuperable: Jaume Vicens Vives (1910-60), muerto como él en plena posesión de sus formidables talentos.
Discípulo sumamente apreciado por D. Jesús Pabón, Jover Zamora, V. Cacho Viu y Carlos Seco Serrano, esto es, por los eximios contemporaneístas –todos de cuna al Sur del Ebro, menos el tercero- en los que la trayectoria reciente del Principado encontró más simpatía y luz interpretativa, el eco de sus enseñanzas latió siempre en los perspicaces enfoques del tema que en la última recta del camino del crucial 2014 angustia a todo español bien nacido. Resulta así muy lógico que en hora tan incierta y apesadumbrada la memoria de Javier Tusell se avive en el corazón de todos los que se enriquecieron con su trato, ejemplo e inagotables saberes.