El viaje de la presidenta de Chile, Michelle Bachelet a Europa, con una primera visita estratégica a Alemania e inmediatamente después a España -su primer periplo desde que retornó a la presidencia- se inscribe en el contexto de unos incipientes síntomas de crisis en la vida pública chilena. Bachelet ha tomado la iniciativa con prontitud, tratando de atajarlos en sus inicios, antes de que adquieran proporciones inmanejables y se le escapen de las manos. Ante todo, el reciente crecimiento de Chile ha estado excesivamente expuesto a la venta de materias primas, donde las compras masivas de China han desempeñado un papel decisivo, pero que ahora comienza a decaer y resentirse. Frente a la imparable creación de puestos de trabajo durante la Administración del expresidente Sebastián Pinera, la inflación ha empezado a repuntar y en los escasos meses de Gobierno de Bachelet se han destruido más de doscientos mil empleos. A diferencia de la concordia que caracterizó la salida democrática a la dictadura de Pinochet, la polarización política gana terreno en la calle, el frentismo se agranda cada día y las acciones terroristas contra bienes materiales han comenzado a adquirir nueva envergadura y un cariz más amenazante.
Bachelet ha comprendido que estos signos no son desdeñables, y que de crecer y cobrar otra amplitud, pueden asfixiar las reformas comprometidas en su programa electoral. El éxito en las urnas que le llevó en volandas hasta el Palacio de la Moneda creó el espejismo de poder realizar por la vía rápida y sin más apoyo que los votos las transformaciones fiscales, educativas y constitucionales que enarboló en la campaña. Pero la desaceleración económica y los problemas de seguridad han enturbiado muy pronto lo que parecía un paseo militar. Michelle Bachelet ganó en la segunda vuelta con un 62 % de los sufragios, pero poco más de seis meses después su popularidad ha descendido por debajo del 50 %. Nada irreversible, pero esa bajada se convertiría en una caída libre si continuara desmoronándose al mismo ritmo en los dos siguientes trimestres. En tan corto periodo de tiempo se ha visto obligada a tomar medidas que parecían descartadas en los primeros días de su mandato.
En el interior ha tenido que llevar a cabo aproximaciones y principios de acuerdos con sectores cuya opinión antes no contaba. En el ámbito hispanoamericano ha encabezado un acercamiento de la Alianza del Pacifico a Mercosur. El siguiente paso ha consistido en recabar apoyo político y financiero para sus reformas a la Unión Europea, canalizado a través de Berlín y Madrid. La agenda de los dos días de estancia en la capital de España ha sido realmente apretada. Se ha tratado de una visita de Estado que ha incluido entrevistas con Felipe VI en el Palacio de la Zarzuela -primera visita de Estado que recibe el nuevo Rey-, una reunión con el presidente del Gobierno Mariano Rajoy en el Palacio de la Moncloa, una interlocución en una sesión conjunta del Congreso de los Diputados y el Senado en el Plenario del Palacio de Congresos, y un estratégico encuentro con los empresarios de las principales multinacionales españolas en el Foro Invertir en Chile, organizado por el periódico El País, donde se dieron cita entidades como Telefónica, BBVA, Ferrovial o Agbar.
Tanto en el plano político como en el inversor, Bachelet ha manejado con destreza el principal activo que ostenta Chile desde la salida de la dictadura de Pinochet: el capital político chileno que sigue intacto desde entonces e incluso ha acrecentado su crédito en la última década. La presidenta del país andino ha querido asegurarse una inversión europea a medio plazo, encauzada a través de Berlín y Madrid, que le ayude a liberarse de la enorme dependencia de venta de materias primas y cuya financiación respalde las grandes reformas en fiscalidad, infraestructuras y educación proyectadas en su legislatura. Las declaraciones de los empresarios españoles en el Foro Invertir en Chile no reflejan una especial preocupación por la actual desaceleración económica chilena. Mirándola desde una perspectiva a medio y largo plazo, el empresariado es consciente del gran potencial de crecimiento no solo de Chile, sino de todos los restantes países que componen la Alianza del Pacifico: Perú, Colombia, México. La inquilina de la Casa de la Moneda, por el contrario, sabe que la verdadera desconfianza que genera un Gobierno de izquierdas en Hispanoamérica es, en realidad, de índole política ante la posibilidad de un desplazamiento hacia posiciones populistas.
Los discursos de Bachelet se han orientado fundamentalmente a despejar ese miedo y aquí es donde ha recurrido a fondo al incuestionable capital acreditado por Chile. Tanto políticos como empresarios europeos tienen muy presente el desquiciado socialismo del siglo XXI que ha llevado al despeñadero a un país tan repleto de riquezas naturales como es Venezuela, una aventura demencial para economistas occidentales. Lo mismo ocurre con los gastos populistas insostenibles en Bolivia o Ecuador, orientados a mantener un clientelismo que socava a medio plazo cualquier economía nacional. La violencia endémica nunca afrontada, los personalismos que vacían de contenido las instituciones democráticas, las huidas hacia delante mediante expropiaciones draconianas, acompañadas de persecuciones a cualquier afectado que proteste, con especial saña si son comerciantes o empresarios contra los que se utiliza todo el arsenal de retórica anticapitalista, configuran en su conjunto un panorama muy poco halagüeño para cualquier inversor en naciones gobernadas por la izquierda latinoamericana.
El propio peronismo que ostenta el poder en Argentina, con sus expropiaciones despóticas, su desdén a las instituciones y sus desacatos a sentencias de los Tribunales, ha asfixiado la financiación exterior que precisa para no caer en la recesión, haciéndola inviable o con un coste excepcionalmente oneroso. Michelle Bachelet se ha encargado de desterrar cualquier atisbo de estos perfiles para su Gobierno socialista, lo que sería letal para sus necesidades de inversión. En sus intervenciones ha dejado titulares lapidarios, por ejemplo: “Se puede ser popular sin ser populista.” O bien: “Seguimos apostando por la fortaleza de las instituciones.”
En sus discursos el énfasis ha radicado en subsanar las desigualdades, para dar aún mayor estabilidad al país. Ninguna sombra de expropiaciones, laminación institucional o gastos demagógicos en última instancia inasumibles. Con el fin de reforzar esta imagen de consistencia y confianza ha llegado a un acuerdo sorprendente con el Ministerio del Interior español para que colabore en la erradicación del recién brotado terrorismo chileno. Sorprendente porque la línea oficial sobre este asunto ha sido hasta ahora negar la existencia de cualquier problema terrorista en Chile.
Como informamos en esta misma sección, en la Crónica titulada Renace el terrorismo anarquista en Chile, los pequeños atentados anarquistas contra bienes materiales desde hace más de un década, se ha incrementado en las últimas fechas, dando un salto cualitativo en organización y objetivos al cobrarse las primeras víctimas humanas. Un proceso todavía incipiente pero con visos de seguir fortaleciéndose y apuntar a propósitos más ambiciosos. La petición de colaboración a la Policía española, que atesora una amplia experiencia en la materia, ha causado un verdadero revuelo en la opinión pública chilena. Lo que venía negándose oficialmente allí, se ha confirmado por la vía de los hechos aquí. Si no hay un problema terrorista, no se solicita cooperación a los Cuerpos de Seguridad de un país amigo. Bachelet sabe que las tramas anarquistas violentas chilenas poseen una retaguardia en España, ya que de hecho han llegado a actuar aquí. También sabe que negarlo oficialmente en el interior de nada sirve ante inversiones del exterior, que en un futuro podrían constituir objetivos predilectos de estas organizaciones. Hace bien en dejar de negarlo y afrontarlo con decisión ahora que se trata todavía de un terrorismo rudimentario y que se puede extirpar con determinación, por más que una actuación decidida cause cierto malestar en algunos ámbitos de la izquierda.
Sin duda el viaje de la mandataria chilena por Alemania y España ofrece un saldo claramente positivo, muy inteligentemente gestionado por Bachelet. Respaldo político sin fisuras, clima sumamente propicio para futuras inversiones. El verdadero conflicto lo tiene la líder socialista a su regreso a Chile. Las protestas están en la calle. El sector más izquierdista de su coalición Nueva Mayoría, encabezada por el Partido Comunista, comienza a exigir un gasto social que en el contexto de la actual desaceleración es imposible satisfacer sin caer en la dinámica populista de la que la propia Bachelet ha abjurado. La transformación de una economía de materias primas en otra basada en investigación y desarrollo no es tarea factible en unos pocos meses, ni siquiera en años. Mientras tanto la polarización y el frentismo aumentan entre la ciudadanía.
Más espinoso aún es el proceso constituyente que debería desembocar en una Carta Magna alternativa a la actual. Bachelet deja sentir que esta es su preferencia, pero en no escasas ocasiones habla de esta transformación como una reforma de la presente Constitución. Esta duplicidad se acentúa conforme pierde apoyos y capacidad de consenso. Solo un respaldo igual o superior al obtenido en marzo en las urnas le permitiría dirigir un procedimiento constituyente sin traumas irreversibles. Ahora, unos se lo exigen perentoriamente a la vez que no cuenta con un verdadero consenso. ¿Logrará conjugar posiciones cada vez más alejadas entre sí?
Desechar el proceso constituyente significaría desencadenar potentes movilizaciones en la calle. Implantar otra Constitución solo desde Nueva Mayoría sería una imposición que laminaría las instituciones que dimanan de ella (otro de los grandes errores del populismo hispanoamericano). Algo que comenzaría a mermar notablemente el gran capital político del país andino. Las espadas le esperan en alto en Chile: una cadena de retos a seguir con atención.