Edición de Nuria Capdevilla-Argüelles y María Jesús Fraga. Renacimiento. Sevilla, 2016. 504 páginas. 20 €
Por Inmaculada Lergo Martín
Un hallazgo notable y un acierto su publicación por parte de la editorial Renacimiento es esta novela inédita de Elena Fortún (Madrid 1886-1952), escritora conocida sobre todo por su celebérrimo personaje Celia, niña rebelde, inteligente, irónica y divertida con el que varias generaciones nos hemos identificado. Una niña que Elena Fortún no dejó de llevar siempre en su interior, pero que los usos sociales, la mentalidad predominante y la pésima educación sentimental de la época, le fueron arrebatando. Oculto sendero supone un testimonio autobiográfico tremendamente desgarrador, especialmente si el lector es una mujer que haya crecido y vivido en la España de los tres primeros tercios del siglo XX. El recorrido del personaje abarca desde los 7 años hasta los 38 de la protagonista, María Luisa Arroyo, trasunto de la autora. Fortún, según indican las editoras, escribió este texto igualmente con 38 años, cuando daba comienzo a su carrera literaria y contemplaba, en lo personal, la posibilidad de divorciarse -gracias a la Constitución republicana de 1931 y posterior ley de 1932-; y ha estado oculto hasta que la generosidad de sus poseedoras, el celo de sus editoras y la apuesta de la editorial lo han traído a nuestras manos.
El relato, a pesar de las dificultades que encierra hablar con sinceridad de la propia vida (aunque los nombres sean ficticios), está escrito con una naturalidad y cercanía de enorme autenticidad, sin caer en el libelo, el desahogo, o la necesidad de saldar cuentas con su entorno; es un testimonio directo y real, por eso remueve; hace reflexionar, y provoca muy diversas emociones por actuar como un espejo de muchas vidas, con independencia del descubrimiento paulatino de su homosexualidad por parte de la protagonista y del testimonio que supone en este sentido, porque el verdadero descubrimiento fue el de la propia identidad personal: el de su valía como artista o, simple y llanamente, como persona que quiere ser libre a la hora de elegir su destino, dueña de manejar sus propias circunstancias.
Reconocerse en la trayectoria vital de la protagonista es hacer palpable, de manera siempre dolorosa, el interés social (amparado tanto por hombres como por mujeres) y el de los poderes fácticos por hacer perdurar una educación que mantuviera a la mujer no solo lo más alejada posible de la participación activa en la sociedad, sino incluso de su propia realidad corporal. Se cercenaba todo acceso (incluso de pensamiento) a la propia sexualidad o al conocimiento de la misma, que casi siempre se obtenía sesgadamente -y en muchos casos de manera traumática- a través de secretos «inconfesables» y «vergonzosos» intercambiados a escondidas en la adolescencia, incluyendo el estupor de descubrir la sexualidad de los padres («a mi padre había dejado de verle como siempre le había visto, y me puse encarnada hasta los ojos cuando me besó…») o el de la primera menstruación, que se vivía con conciencia de algo sucio que se debía esconder… Y, desgarradamente, en la noche de bodas («Si eso ocurriera cualquier día en un momento de entusiasmo, ¡bueno!, pero así, en frío, con una preparación de meses a la que contribuye toda la familia… con la Iglesia de mediadora, y luego de un día de ajetreo, de cansancio, de palabritas de doble sentido que se les ocurren a los amigos… ¡Qué asco…! No sé…»). Todo ello, aderezado con sentimientos de pecado y de miedo, por los cuales, incluso dentro del matrimonio solía quedar fuera la búsqueda del placer femenino -o el mutuo-, y el sexo se sobrellevaba como un «deber conyugal» («Pues hija… porque los hombres tiene sus necesidades… y como él no es un hombre para andar en malos pasos… pues claro!»).
La educación femenina perseguía la inocencia y el candor (“Chica, eres de una ignorancia divina! Así me gustan a mí las mujeres…”), la aplicación en las tareas domésticas, el propio adorno y, desde luego, la maternidad, siendo inconcebible que una mujer no tuviera dicho sentimiento («Me callé, pero pensé que aunque no fuera obispo, bien podría ser que pudiera escapar de la terrible obligación de criar hijos tontos como la mujer del boticario»). Ciertas «faltas» eran imperdonables para una «señorita» (“– Hoy he visto a tu hija que venía del colegio sin guantes y saltando en un pie por medio de la calle…”); y todo, en fin, iba forjando el carácter hacia la contención, la obediencia, la sumisión y el disimulo («Una mujer que está en entredicho no tiene más que resignarse con su desgracia»), y todo lo que la distrajera de ese sagrado fin no se permitía («y yo comenzaba a dormirme, como todas las tardes, sobre la labor […] Si no fuera por los libros… Mamá no me deja leer más que los domingos…»; «Y las mujeres cuánto más humildes mejor, y cuanto menos marisabidillas, mejor, que para cuidar del marido y criar hijas no hacen falta literaturas…»). Antes, pues, de ser adulta ya sabía que su vida tenía una clara finalidad de servicio –a los padres, a los hermanos, al marido–, y resulta fácil entender que terminara aceptando lo que se esperaba de ella, pese a su rebeldía inicial («Era justamente lo que Dios mandaba lo que yo no quería hacer…»). De ahí que la protagonista (y tantas mujeres reales) se esforzara, una y otra vez, por hacer «lo correcto» («Determiné, con buena voluntad adaptarme a la vida, a la doble vida que vive todo el mundo, y entrar, al fin, en la corriente humana y en la suave paz hogareña…»).
Todo este conjunto daba lugar a un gran distanciamiento entre ambos sexos y a una incomprensión («mi marido me miraba estupefacto»), recíproca: el hombre luchaba por salvaguardar sus principios de hombría y honor («y te prohíbo que continúes con esa amistad»; «tú puedes hacer lo que quieras, que eres muy dueña, pero atente a las consecuencias»), sobrellevando mal –acostumbrado a un rol social superior– que su personalidad y dotes sobresalieran («ya es bastante con que pinte yo en casa»); y la mujer mantenía una terrible lucha interior («pintaba a escondidas, cuando mi marido no estaba en casa») y un deseo de autosugestión («es un buen hombre»; «¡No te disgustes, mujer! Él es bueno…»).
Es de imaginar que, si aun para una mujer heterosexual podía ser tan complicado romper con todo ese mecanismo, que tan magistralmente describe Fortún, lo improbable -yo diría que casi imposible- sería hacerlo sintiendo a su vez una inclinación sexual tomada como antinatural, invertida y aberrante que necesitaba tratamiento psiquiátrico. Si a día de hoy podemos leer y hablar de todo esto con naturalidad, debemos felicitarnos; pero también preguntarnos cuánto queda todavía de lo que aquí se relata.