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La FIFA, empeñada en ampliar el negocio con o sin la voz del fútbol

FIFA

M. Jones | Sábado 25 de marzo de 2017
Infantino no revierte la inercia mercantilista que acabó con Blatter. Por M. Jones

El tradicional foro Football Talks, celebrado en Estoril en esta semana, ha acogido una clausura en la que el presidente de la FIFA ha remarcado la dirección continuista que Gianni Infantino está esbozando con respecto al legado tenebroso marcado por Seph Blatter. El dirigente suizo defendió con vehemencia su idea de ampliar el Mundial a 48 selecciones, una medida discutida por los clubes y las asociaciones de futbolistas, que verían cómo el calendario ya comprimido ahondaría en el hacinamiento de partidos en detrimento de la salud y el rendimiento de los jugadores y, por ende, en el feliz cumplimiento de sus contratos.

"Tenemos que ser más inclusivos. No podemos quedarnos estancados. En todos los formatos de expansión los costes aumentan, pero también hay más ingresos (...) Son todo cosas positivas y los problemas que surjan los iremos resolviendo", avanzó Infantino para rematar su diagnóstico, que señala sólo los beneficios económicos y el desarrollo del balompié en algunas regiones, describiendo su análisis de la propuesta: "No hay ninguna herramienta de desarrollo mejor que participar en un gran torneo de naciones. No vale gastar millones en estadios de fútbol si nadie juega en ellos (serían numerosos los ejemplos de coliseos obligados a construir o adecentar por la FIFA para un Mundial que yacen sin actividad, con Maracaná como insultante emblema) y no hay nada que cree más entusiasmo que la participación. Que algunos países se clasifiquen para un Mundial es muy positivo para el desarrollo del fútbol".

El caso es que mientras que gigantes como el Bayern de Munich se declaran en rebeldía frente a la UEFA y su Liga de Campeones por considerar que los grandes clubes han de repartirse la tarta financiera de manera más elitista y menos solidaria, la FIFA comparte tal percepción pero para sí misma. Para sus arcas. Con independencia de las repercusiones que sus designios tengan en los equipos y Ligas -véase el Mundial de Catar, rebosante de sospechas de corrupción en su designación y generador de conflictos, todavía irresolutos, con respecto al cuándo y cómo disputar sus partidos en su encuadre dentro de las grandes y pequeñas competiciones domésticas y transacionales-. Y es que la ruta marcada por su marcado predecesor de expansión económica parece estar detrás de la propuesta.

La FIFA tocó techo en 2014. Con el Mundial de Brasil percibió el máximo de una trayectoria exponencial de beneficios disparada en Sudáfrica y rematada por los más de 4.500 millones que añadió a sus cajas fuertes con el torneo cobijado por el país carioca. Un campeonato que ha formado parte de la expulsión de Dilma Rousseff y del abandono de Maracaná, ese símbolo del balompié que se tornó en emblema de la corrupción política tras el paso del organismo gestor del fútbol. En 10 años, y según la declaración oficial del ente con sede en Suiza, el organismo que dirige Infantino pasó de manejar en torno a 500 millones de euros en metálico (año 2005) a disponer de 1.600 millones de euros contantes y sonantes (en 2014).


El modelo contempla el paso de 32 a 48 equipos; de 64 a 80 partidos. Eso sí, durante los mismos días que duró la competición ganada por la Alemania de Kroos y compañía. El aumento de encuentros y de selecciones, amén de ampliar el mercado en regiones no tan integradas en este deporte pero de amplias perspectivas económicas (Asia, sobre todo), contribuiría a un respingo sensacional en lo relativo al montante a embolsarse por la rueda de patrocinios, explotación de los derechos televisivos del evento y demás carteras de las que también se alimenta la FIFA. Porque los Mundiales son la principal veta de la que sacar tajada para una organización que se define como "guardián del fútbol", nacida sin ánimo de lucro (en su reglamento se articula que sus ingresos han de ser similares a los gastos en la promoción del deporte al que se debe, cosa de evidente incumplimiento), y que calcula aumentar sus ingresos por el torneo mundialista ampliado un 35%. Ni más ni menos.

Al tiempo que Infantino se relame al contemplar al aumento de espectadores (venta de entradas y a través de sus televisiones) y baraja cuánto ascenderá el ingreso directo que percibirá por la subida del número de partidos (en Brasil, cada encuentro significaba 36 millones de euros para sus arcas), el fútbol se debate sobre el uso de la tecnología, la defensa de los contratos de los futbolistas (y del cobro de sus salarios) y la seguridad de aficionados y árbitros.

A este respecto último expuso Gianni que en Rusia 2018 "las medidas de seguridad serán siempre responsabilidad de la federación y del Gobierno anfitrión. Ya lo he discutido con el presidente Putin y con los ministros y confío en que sepan lo que tienen que hacer para organizar un Mundial sin incidentes". "Espero que podemos usar el vídeo-árbitro en el Mundial de Rusia. Lo estamos probando desde hace más de un año (...) Personalmente era muy escéptico, tenía miedo de que interrumpiese el juego, pero hemos visto que no interrumpe y ayuda al árbitro a tomar la decisión correcta", zanjó Infantino. De este modo se lava las manos el jefe de Pierluigi Collina, ex árbitro que sí se explayó más en el tema de la seguridad en su comparecencia en Estoril.

El presidente de la Comisión de Árbitros de la FIFA y responsable de arbitraje de la UEFA habló un día antes que el máximo dirigente del fútbol internacional y lo hizo para leer la cartilla a su contratante. Collina puso el dedo en la herida, subrayando el apartado humano del que también debería ocuparse su organismo. Denunció el colegiado la violencia verbal y física que sufren los árbitros en partidos de fútbol aficionado: "Lamentablemente lo veo en casi todos los países del mundo. Es un problema mundial que necesitamos tomar en consideración y hacerle frente lo antes posible". "No será fácil, pero hay que hacer algo. El fútbol de alto nivel debe transmitir un buen mensaje al fútbol aficionado", dijo Pierluigi, que reclamó respeto para los "héroes desconocidos" que dirigen partidos cada fin de semana y sufren agresiones verbales y también físicas. Es complicado saber si el digno heredero de Baltter oyó o escuchó el alegato de su mano derecha en asuntos arbitrales (y casi sociales).

No en vano, el icónico ex árbitro quiso también defender la vigencia de su gremio y evidenciar la disparidad de voces que conviven en las diferentes capas de la FIFA. "El árbitro es el hombre que toma la decisión. Los árbitros prestan un servicio al fútbol y lo hacen más justo. Hoy en día, los objetivos del arbitraje son colocar el nivel de los árbitros lo más alto posible y, como consecuencia, disminuir al máximo el número de errores durante el partido", sentenció para proclamar, resignado, que "es posible trabajar en la preparación de los árbitros. Pero incluso así es imposible competir con la tecnología. Vivimos en un mundo en el que estamos rodeados de tecnología. El fútbol no puede evitarla".

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