Tusquets. Barcelona, 2017. 393 páginas. 19 €. Libro electrónico: 9,99 €.
Por Daniel González Irala
Más que interesante resulta esta novela pergeñada por este doliente autor asturiano, oriundo de la localidad de Trubia, que tras Nosotros H, La oscuridad y Un centímetro de mar parece haber conseguido plaza en una de las grandes editoriales gracias a este irregular y denso texto; una historia tremenda la de Héctor, narrador protagonista que no cambia a pesar de lo que pudiera parecer de primeras, haciéndose eco de una desventura que nace desarraigada y salpicada de trazos metaliterarios que nos hacen reflexionar. La guerra que, como en Repila, se hacía también efectiva a través de la historia de la arquitectura, aquí no pierde el tono culto, pero no disimula el narrador que lo único que queda es devastación de aquellos años. Aplica por tanto una mirada nostálgica, que no por ello pierde fuerza.
Y es que Héctor fue en su día un arquitecto y profesor universitario de éxito. De ahí tal vez le venga la separación con Julia (a la que todavía ama) y el emprendimiento de la aventura amorosa con Ann, una estudiante en quién focaliza sus digresiones menos amorosas que sexuales, y que con la distancia parece emerger en su inconsciente del modo perturbador en que lo hizo Zelda ante su marido F. Scott Fitzgerald. Por su lado, Julia se emborracha cada vez que se encuentran por Madrid; ella también tiene un misterioso amante llamado Andrés Montalbán, del que Héctor conserva una copia del D.N.I.
El punto de partida por el que se detona el pensamiento y acción del protagonista es una vieja instancia que, cuando estaba casado con Julia, hicieron para adoptar un niño; la Consejería correspondiente se lo ha concedido ya tarde y Julia quiere adoptar. Este hecho dramático en vez de precipitar con urgencia la acción, la convierte en un jardín cada vez más complejo, boscoso y perturbador. El caso es que la responsabilidad como padre a través de cierto chantaje no explícito y de la contemplación de un padre senil con ínfulas de ser como el arquitecto ruso constructivista Mélnikov, le llevan primero a una lejana Siberia, y después a una Rusia enfrentada, debido a Putin, con Ucrania.
Aparecen en esta parte del texto numerosos personajes entre los que destaca una pareja de lesbianas, uno de cuyos miembros estaba casada con un hombre en el momento de querer adoptar. Por más que Héctor trata de encontrar distracción en las historias ajenas, no lo consigue y es este naufragio personal por el que teniéndolo todo o casi todo, es capaz de echarse a perder a través de la contradicción, algo que por otra parte debiera aportar, si no mansedumbre, sí cierta calma a sus propósitos.
Pero el mundo, el capitalismo neocom y el régimen no del todo ajeno de Vladimir Putin, son los que son: unos territorios llenos de desigualdades astronómicas y de hostilidades perpetuas, por las que el niño Dimitri, que con más de seis años no sabe montar un puzle de tres piezas, puede llegar a tornarse más que agresivo en muchos momentos…También el inicio del proceso judicial en Rusia hace sentirse a Héctor como Anthony Perkins en aquella película basada en la obra de Franz Kafka, El proceso.
Descubrir que en el final está la violencia nos hace identificar, esta vez personalmente más por tramos a Julia con la Isabelle Huppert de Elle, otra película, esta vez más reciente y de Paul Verhoeven.