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NBA. Arrodillar a los Bulls para tragar la muerte de una hermana, según I. Thomas

BOSTON CELTICS

M. Jones | Martes 02 de mayo de 2017
La estrella de los Celtics ha firmado una historia especial en el baloncesto estadounidense.

Isaiah Thomas enfrenta un reto legendario en estas semanas. Es un base que mide 1,75 y es el señalado como el jugador franquicia que lidere la reconstrucción elitista del aristocrático transatlántico llamado Boston Celtics. Ha de parangonar su nombre con piedras angulares de una de las dos instituciones baloncestísticas más importantes de la historia de la NBA. Su facilidad anotadora y visión de juego están cimentando, en su segunda temporada vestido de verde, una senda que promete perseguir en prestigio a jugadores como Paul Pierce, Kevin Garnett, John Havlicek, Nate Archibald o Kevin McHale, porque, aunque sólo tiene 28 años, todo el mundo sabe que Bill Russell y Larry Bird tienen su trono bien asegurado en la cima de la consideración del TD Garden. Además, la sonoridad de su nombre y apellido le obliga a desligarse, si es posible a superar, el respeto que en su día se ganó el virtuoso de los Bad Boys de Detroit, Isiah Thomas. Y el mero hecho de hacerse un hueco en el Hall of Fame del coloso de Massachusetts no parece empresa baladí. No obstante, 17 anillos no los atesora nadie en sus vitrinas.

Pero todo lo precedente no representa el desafío sobre el que está navegando el extraordinario jugador de baloncesto en esta transición entre abril y mayo de 2017. Porque el obstáculo contra el que batalla no es trascender en una cancha de baloncesto: se trata de trascender en el parqué y en la retina existencial de cada aficionado que se acerque a su historia. Y es que el relato de los últimos 15 días en el calendario vital del escurridizo jugador conocido como Mr Irrelevant retrotrae a otros capítulos en los que la especie se ha cuestionado sus límites y, sobre todo, los de los deportistas de élite.

Después de clausurar una temporada regular que provocaba que la hinchada de Boston salivara, al volver a colocar a su equipo como líder de la Conferencia Este -después de la dictadura de Lebron James y sus Cavaliers-, la fortuna le depararía una puñalada capital. Tras haber envuelto en una pátina gloriosa a la revolución colectivista implantada por su técnico, Brad Stevens, en el renacer laborioso del pedigree de su camiseta; conseguir representar a su vestuario en el All Star de la NBA por segundo año consecutivo y haber disparado sus registros (tercer máximo anotador de la liga con un promedio de 29 puntos por partido, 6 asistencias, 1 robo, un 38% desde la línea de tres y el premio al mejor jugador del torneo en febrero de 2017) en favor de la acumulación de victorias de su plantilla, una llamada telefónica derruyó su mundo en la madrugada del pasado 16 de abril. Su hermana Chyna, de 22 años, había fallecido al estrellar su coche a las cinco de la mañana, en Tacoma, ciudad natal de su familia (estado de Washington, Estados Unidos).


El abrasivo golpe sobrevino horas antes de que alzara el telón aquello por lo que había luchado tanto durante la temporada. Los playoffs comenzaban sin margen de maniobra, irremediablemente después de recibir aquella fractura emocional. Su entrenador y el general manager, Danny Ainge, charlaron con él y le hicieron comprender que le apoyarían si decidía no jugar. La tesitura era devastadora a todas luces. Pero quiso competir. Su familia deportiva, ese equipo que estaba en pleno crecimiento bajo su liderazgo y el de su hermano y vecino de crianza Avery Bradley, arrancaba las series ante los Chicago Bulls y no les podía (quería) fallar. Por todo ello, y quizá por su bienestar mental, se concentró en el juego y participó. Los Celtics perderían aquel primer partido (106-102). Anotó 33 puntos después de romper a llorar en el calentamiento sin público y previo al envite. En ese encuadre de desgarradora emotividad, Bradley le consoló con la lealtad que rezuma una fotografía para el recuerdo de la franquicia verde.

Las series avanzarían y los Bulls se colocarían 0-2 al triunfar otra vez en Boston (111-97), con una versión sublimada de Rajon Rondo -ex Celtic- y con 20 puntos de Thomas. La compresión sentimental había afligido a cada esquina de su vestuario y el rendimiento de un equipo tocado se veía condicionado de forma determinante. Sin embargo, la suerte de la eliminatoria -que representaba, con ese balance inicial, una sorpresa mayúscula- se giró con la lesión de Rondo. Se fracturó un dedo y los representantes del legado de Michael Jordan empequeñecerían su confianza para que los líderes de su conferencia empataran a dos la serie. En la rueda de prensa posterior a aquel cuarto partido (104-95), Isaiah efectuó su primera comparecencia pública después del fallecimiento de su hermana. Se había duchado después de encestar 33 puntos y salió ante los focos con Gerald Green (el exuberante compañero que, entre lágrimas, afirmó dedicarle su actuación al doliente capitán de su barco) y acompañado de sus dos hijos.

Con un tono tan bajo como su mirada, más pendiente de las trastadas que dibujaban sus críos ante tanto periodista que de las preguntas, Thomas confesó que creía que nadie podía defenderle (hablaba de su nivel de juego) y desnudó una pizca de su cuidada intimidad mental: "Mentalmente y emocionalmente no estoy aquí. Sólo me alimento de los que mis compañeros me dan. Ellos me ofrecen mucha confianza y creen en mí. Estar aquí es lo que me hace sentir normal en medio de esta época dura". La tristeza que rezumaba un discurso que le costaba verbalizar, y salía a borbotones casi susurrados, provocó que la prensa no volviera a tocar el tema a partir de aquella segunda pregunta. La de ese 23 de abril era una noche para celebrar, pues habían reencontrado su fluidez combinativa, el acierto en el triple y los automatismos en ambas fases del juego que les propulsaron como candidatos al título. Incluso su rendimiento individual había vuelto a resplandecer. Pero no había pasado ni una semana del accidente de Chyna con su maldito Toyoya Camry de 1998.

Los Celtics ganarían la eliminatoria. Sumarían cuatro triunfos seguidos después del 0-2 inicial, con Al Horford, Avery Bradley, Kelly Olynyk, Gerald Green, Jae Crowder y compañía funcionando como la orquesta industrial afinada que eran. Facturarían su billete para las semifinales de conferencia en Chicago (105-83). A falta de algo más de un minuto, Thomas recibió un guiño aterciopelado de la franquicia: le permitieron salir del partido (con 12 puntos, cinco rebotes y seis asistencias), cambiarse y tomar un avión privado para recorrer el país de costa a costa. El sexto partido que iban a terminar ganando se jugaba en la noche del viernes 28. El sábado 29 él, Danny Ainge, un entrenador asistente y familiares de Avery Bradley asistían en Tacuma, estado de Washington, al funeral de su hermana. Y, tras llorar lo necesario con sus seres queridos, la delegación de los Celtics volvió a cruzar miles de kilómetros (en torno a 5.000) porque el domingo 30 debían estar de vuelta en su coliseo para la apertura de la eliminatoria ante los Washington Wizards.


Casi sin dormir, Isaiah Thomas llegó el primero al pabellón. Su semblante era similar al precedente, pero su rendimiento iba a virar de forma notable. En medio de su travesía por el desierto emocional, su eficacia como amenaza desde la larga distancia se disipó. La puntería es uno de los parámetros que más se condicionan por la limpieza psicológica y el descanso y ante los Bulls acumuló una discreta serie de 9 aciertos de 45 intentos. Esa pírrica relación fue contravenida al regreso de Tacuma. El point guard bajito, que no durmió y sumó al desgaste de la acumulación de partidos de alta tensión la erosión de una pérdida semejante, sometió a los Wizards con 33 puntos, 9 asistencias y un tremendo 45% en triples (cinco de 11). El triunfo de Boston (111-123) en un emparejamiento muy igualado les pone en ventaja y sobre todo, efectuó una catarsis colectiva que empujó a su estrella a sonreír. Aunque lo hiciera mellado.

"No me importa nada. Mi talento no fluye a través de mis dientes", manifestó con hilaridad. Un encontronazo con el codo del talentoso Otto Porter hizo volar a uno de sus incisivos centrales. Es decir, uno de sus "piños". Por si pesara poco el paso de la desgracia, el juego en el que se había refugiado le regaló un inesperado imprevisto. Pero el humor ya había tomado un rincón de la escena en el TD Garden. "Nunca he tenido problemas dentales, así que esto es nuevo. Siempre he tenido compañeros que sí los han tenido y les he vacilado, pero ahora yo soy uno de ellos. Trataré de reemplazarlo (la pieza dental perecida en el fragor de la batalla) lo antes posible", expuso, sonriente. En su segunda comparecencia ante los micrófonos después del accidente de su hermana transmitía paz. Mucho cansancio y paz. Así, tras haber participado en la fabricación de un buen puñado de los 19 triples con que su conjunto destruyó a los capitalinos, se despidió de la atención pública asomando algo de la filosofía que le ha mantenido a flote en todo este trance: "Ha sido duro pero no hay excusas. Decidí jugar y sólo he intentado darlo todo por mi equipo".

Preguntado por la capacidad de su vestuario para levantarse ante adversidades (mismamente, en el partido del domingo empezaron perdiendo 0-16), Thomas ahondó en su reflexión con una explicación deportiva perfectamente extrapolable a su mind set. "Se trata siempre de seguir hacia adelante, sabemos que no a va ser todo el rato un paseo tranquilo pero hay que encerrarse (hacer grupo) aún más", arguyó antes de que Al Horford, el otro protagonista del día, compartiera con todos su opinión sobre la gestión que su compañero estaba haciendo de todo lo vivido: "Ha sido irreal. Todo lo que le ha ocurrido fuera de la cancha -describía mientras que el aludido perdía su mirada en sus pensamientos- y ser capaz de funcionar a ese nivel muestra su carácter fuerte y su determinación. Es muy impresionante porque yo ni siquiera sé si sería capaz de manejarlo como él ha hecho. Y todo sin poner excusas a pesar de que tenía una excusa perfectamente buena".

"Creo que el dolor es temporal. Nos preocupamos por ello pero con el tiempo se va", respondió sobre el incidente que provocó la ignición de su incisivo. Pero es posible que no estuviera pensando exactamente en esa última pregunta de la rueda de prensa cuando respondió ese axioma. El caso es que Isaiah Thomas ya ha inscrito su nombre en los anales de la Celtic Nation. Por su desempeño como ser humano. El baloncestístico dirá hasta dónde profundiza ese arraigo en la gente. Lo que no es discutible es el tejido solidario, casi familiar, con el que conviven en ese camarín. No obstante, Avery Bradley, cuestionado sobre cómo estaban apoyando a su compañero herido, explicó lo siguiente: "Isaiah para mi es como de mi familia. Crecimos en el mismo lugar y sé que es muy duro por lo que está pasando. Sé que está jugando para su hermana y para su familia y nosotros lo apreciamos. Es un jugador de baloncesto fenomenal pero es mejor persona. Seguiremos luchando por él. Nuestro gran objetivo en el vestuario es mantenerle en una dinámica positiva. Como su amigo, sé que sólo tengo que estar a su lado. No hace falta hablar del tema. Sólo estar con él. Como él hizo hace un par de años cuando perdí a mi madre".

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