Quizá la más grande lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia. Aldous Huxley
La compleja historia argentina sigue siendo menos edificante que resignada o confusa. Atravesada de incongruentes revisionismos, funcionales entre sí e inseparables del eterno retorno (esa tesis de Nietzsche, que nos ronda tenazmente y nos lleva a hundirnos siempre en el mismo lodo), es probable que nuestro hipotecado ayer sea una apariencia de lo que fuimos y se proyecte sin sendero abierto sobre un presente cada día más incierto, que nos acecha agazapado en la trama misteriosa de un tiempo por venir que no nos revela aún la forma que puede adoptar. De poco vale cualquier precisión de lo ocurrido o los amables comentarios que engalanan un remoto pasado de esplendor, que podemos denominar “granero del mundo”, o “centro de la cultura de Hispanoamérica” y, más cercano a nuestros días, “Argentina potencia”. Todo está ahí, expuesto y mezclado, congelado, erigido en estatuas o celebraciones escolares, resaltado en fechas rojas del calendario. La independencia, las celebraciones patrias, las guerras civiles, la denigrante niebla de las dictaduras, que leídas a la distancia casi nos parecen absurdas encrucijadas de un ayer evaporado hacia el porvenir inalcanzable. Vistas ahora con la introspección correspondiente, vemos que las buenas intenciones, se agotaron en sí mismas y parecen haber caído en vacíos aniversarios y la mayoría de los hombres que las protagonizaron en oficiosos oráculos tan inoperantes como incoherentes.
Tuvimos arquetipos que nos enaltecen. Es cierto. Los altos nombres de San Martín y Belgrano y la generosasombra de Domingo Faustino Sarmiento, no siguen prestigiando y aparecen extendidos y luminosos; también hubo personajes oscuros y miserables que nos denigraron, y en nada contribuye mencionarlos. Pronunciamos el nombre de Sarmiento; y conviene detenernos en él. En la segunda mitad del siglo XIX, la presencia cultural y política del educador y escritor sanjuanino fue decisiva para instalar una nueva República de cara al mundo y un Estado dinámico establecido sobre las bases del progreso y la educación. Como las cuatro virtudes cardinales de los antiguos griegos (justicia, prudencia, coraje, templanza), esa forma de gobierno fundacional tuvo claros objetivos o metas que se pueden adicionar a expresiones como “nación, constitución, libertad y educación”. La Nación entendida como la unión definitiva de las provincias argentinas, como entidad superior a las partes que la componen. La Constitución, como el pilar de los derechos de las personas y del poder. La libertad, concebida como principio del liberalismo que dio paso a la “civilización” y relegó a la “barbarie”. Y la educación, como norma formativa y esperanzada de las nuevas generaciones.
No es descabellado afirmar que Sarmiento puso la piedra fundamental para la creación de una nueva Argentina. Tomando como modelo los países más desarrollados, con un criterio revolucionario para su época, propició todo lo que estuvo a su alcance para lograr el cambio hacia un país ejemplar. Hizo extender líneas telegráficas y líneas de ferrocarril, con el objeto de unificar el territorio, desarrolló los caminos en las zonas que no interesaban a las empresas inglesas. Fundó desde el Observatorio Astronómico hasta la Facultad de Ciencias Exactas, instaló la oficina meteorológica; con criterio anticipatorio, apoyó a la industria vitivinícola y a la de las carnes congeladas. Creó el Colegio Militar y la Escuela Naval, realizó el primer censo escolar, creó el Jardín Zoológico y el Jardín Botánico, aprobó el Código Civil escrito por Dalmacio Vélez Sarsfield, su ministro del Interior, dio impulso a la inmigración, que se asentó preferentemente en la región del Litoral, lugar en el que se fundaron numerosas colonias agrícolas, que devinieron en pueblos o ciudades modelos.
Pero la educación era el desvelo de Sarmiento y, bajo el lema “educar al soberano”, durante su mandato, con el apoyo nacional, se fundaron en las provincias unas 800 escuelas de primeras letras, alcanzando un total de 1816 escuelas, y haciendo que la población escolar se elevara de 30.000 a 110.000 alumnos. A fin de garantizar esa educación y modernizarla trajo de los Estados Unidos 61 maestras primarias (Por eso resulta odioso que las actuales autoridades no solucionen como corresponde el conflicto docente, reducido a una minúscula discusión salarial sujeta a paritarias que la inflación existente se encarga deshacer en el día a día). Con visión profética, Sarmiento impulsó la creación y el desarrollo de la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (CONABIP), que hasta la actualidad fomenta el fortalecimiento de las bibliotecas en tanto organizaciones de la sociedad civil que impulsan su valoración pública como espacios físicos y sociales relevantes para el desarrollo comunitario y la construcción de la ciudadanía. En la capital, creó la Biblioteca Nacional de Maestros, que depende del Ministerio de Educación, y es, quizá, en esa categoría, la más significativa de nuestra América.
Algunos años antes, durante su segundo exilio en Chile, el impetuoso Sarmiento, como una forma de ataque contra el entonces gobernador de Buenos Aires, el dictador Juan Manuel de Rosas, escribió Facundo o civilización y barbarie en las pampas argentinas, un libro que indaga en la vida de Juan Facundo Quiroga, militar y político criollo, miembro del Partido Federal, que se desempeñaba como gobernador y caudillo de la provincia de La Rioja durante las guerras civiles argentinas en las décadas de 1820 y 1830 del Siglo XIX. Para Sarmiento la barbarie eran la llanura de las tribus aborígenes y del gaucho; la civilización, eran las ciudades y el progreso social. El gaucho debía ser reemplazado por