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TRIBUNA

La historia que merecemos

miércoles 19 de julio de 2017, 17:26h
Actualizado el: 19/07/2017 20:14h

Quizá la más grande lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia. Aldous Huxley

La compleja historia argentina sigue siendo menos edificante que resignada o confusa. Atravesada de incongruentes revisionismos, funcionales entre sí e inseparables del eterno retorno (esa tesis de Nietzsche, que nos ronda tenazmente y nos lleva a hundirnos siempre en el mismo lodo), es probable que nuestro hipotecado ayer sea una apariencia de lo que fuimos y se proyecte sin sendero abierto sobre un presente cada día más incierto, que nos acecha agazapado en la trama misteriosa de un tiempo por venir que no nos revela aún la forma que puede adoptar. De poco vale cualquier precisión de lo ocurrido o los amables comentarios que engalanan un remoto pasado de esplendor, que podemos denominar “granero del mundo”, o “centro de la cultura de Hispanoamérica” y, más cercano a nuestros días, “Argentina potencia”. Todo está ahí, expuesto y mezclado, congelado, erigido en estatuas o celebraciones escolares, resaltado en fechas rojas del calendario. La independencia, las celebraciones patrias, las guerras civiles, la denigrante niebla de las dictaduras, que leídas a la distancia casi nos parecen absurdas encrucijadas de un ayer evaporado hacia el porvenir inalcanzable. Vistas ahora con la introspección correspondiente, vemos que las buenas intenciones, se agotaron en sí mismas y parecen haber caído en vacíos aniversarios y la mayoría de los hombres que las protagonizaron en oficiosos oráculos tan inoperantes como incoherentes.

Tuvimos arquetipos que nos enaltecen. Es cierto. Los altos nombres de San Martín y Belgrano y la generosasombra de Domingo Faustino Sarmiento, no siguen prestigiando y aparecen extendidos y luminosos; también hubo personajes oscuros y miserables que nos denigraron, y en nada contribuye mencionarlos. Pronunciamos el nombre de Sarmiento; y conviene detenernos en él. En la segunda mitad del siglo XIX, la presencia cultural y política del educador y escritor sanjuanino fue decisiva para instalar una nueva República de cara al mundo y un Estado dinámico establecido sobre las bases del progreso y la educación. Como las cuatro virtudes cardinales de los antiguos griegos (justicia, prudencia, coraje, templanza), esa forma de gobierno fundacional tuvo claros objetivos o metas que se pueden adicionar a expresiones como “nación, constitución, libertad y educación”. La Nación entendida como la unión definitiva de las provincias argentinas, como entidad superior a las partes que la componen. La Constitución, como el pilar de los derechos de las personas y del poder. La libertad, concebida como principio del liberalismo que dio paso a la “civilización” y relegó a la “barbarie”. Y la educación, como norma formativa y esperanzada de las nuevas generaciones.

No es descabellado afirmar que Sarmiento puso la piedra fundamental para la creación de una nueva Argentina. Tomando como modelo los países más desarrollados, con un criterio revolucionario para su época, propició todo lo que estuvo a su alcance para lograr el cambio hacia un país ejemplar. Hizo extender líneas telegráficas y líneas de ferrocarril, con el objeto de unificar el territorio, desarrolló los caminos en las zonas que no interesaban a las empresas inglesas. Fundó desde el Observatorio Astronómico hasta la Facultad de Ciencias Exactas, instaló la oficina meteorológica; con criterio anticipatorio, apoyó a la industria vitivinícola y a la de las carnes congeladas. Creó el Colegio Militar y la Escuela Naval, realizó el primer censo escolar, creó el Jardín Zoológico y el Jardín Botánico, aprobó el Código Civil escrito por Dalmacio Vélez Sarsfield, su ministro del Interior, dio impulso a la inmigración, que se asentó preferentemente en la región del Litoral, lugar en el que se fundaron numerosas colonias agrícolas, que devinieron en pueblos o ciudades modelos.

Pero la educación era el desvelo de Sarmiento y, bajo el lema “educar al soberano”, durante su mandato, con el apoyo nacional, se fundaron en las provincias unas 800 escuelas de primeras letras, alcanzando un total de 1816 escuelas, y haciendo que la población escolar se elevara de 30.000 a 110.000 alumnos. A fin de garantizar esa educación y modernizarla trajo de los Estados Unidos 61 maestras primarias (Por eso resulta odioso que las actuales autoridades no solucionen como corresponde el conflicto docente, reducido a una minúscula discusión salarial sujeta a paritarias que la inflación existente se encarga deshacer en el día a día). Con visión profética, Sarmiento impulsó la creación y el desarrollo de la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (CONABIP), que hasta la actualidad fomenta el fortalecimiento de las bibliotecas en tanto organizaciones de la sociedad civil que impulsan su valoración pública como espacios físicos y sociales relevantes para el desarrollo comunitario y la construcción de la ciudadanía. En la capital, creó la Biblioteca Nacional de Maestros, que depende del Ministerio de Educación, y es, quizá, en esa categoría, la más significativa de nuestra América.

Algunos años antes, durante su segundo exilio en Chile, el impetuoso Sarmiento, como una forma de ataque contra el entonces gobernador de Buenos Aires, el dictador Juan Manuel de Rosas, escribió Facundo o civilización y barbarie en las pampas argentinas, un libro que indaga en la vida de Juan Facundo Quiroga, militar y político criollo, miembro del Partido Federal, que se desempeñaba como gobernador y caudillo de la provincia de La Rioja durante las guerras civiles argentinas en las décadas de 1820 y 1830 del Siglo XIX. Para Sarmiento la barbarie eran la llanura de las tribus aborígenes y del gaucho; la civilización, eran las ciudades y el progreso social. El gaucho debía ser reemplazado por

colonos y obreros; la barbarie no sólo la veía en el campo, sino en las muchedumbres de las grandes ciudades y también en los terratenientes demagogos, que cumplen la función de caudillos, diseminados a lo largo y ancho del país.

Han pasado demasiadas décadas que ya se traducen en siglos y la disyuntiva en la Argentina casi no se ha modificado. A lo largo de su famoso libro, con un lenguaje apasionado, no exento de ética, Sarmiento explora la dicotomía entre la civilización y la barbarie, y concluye que la civilización se manifiesta con alguna plenitud en Europa y Norteamérica, y en los sanos propósitos de los caudillos unitarios, el general José María Paz y Bernardino Rivadavia; mientras que la barbarie se identifica con América Latina, España, Asia, Oriente Medio, el campo, los federales, Facundo y el tirano Rosas. Quizá por esta razón esa obra influyó de manera profunda en la visión de una realidad fragmentada, que sigue vigente. Al establecer el conflicto entre la civilización y la barbarie como asunto principal de la cultura de nuestro país, Facundo le dio forma a una polémica que tuvo su inicio en el periodo colonial y que –cada día lo comprobamos más- continúa hasta nuestra época.

Vecino a los argentinos, en las cuchillas del Uruguay y en el sur del Brasil, el mestizaje entre el conquistador español y la mujer indígena había producido un tipo étnico, que se lo llamó “gaucho”, y terminó definiéndose menos por su ascendencia que por su destino. Era ese hijo, rechazado por el padre, que negaba a su madre de origen indio y entre veintitantas etimologías, tal vez la menos inverosímil es la de “huacho”, que Sarmiento aprobó. Este desgraciado habitante de la llanura, a diferencia del cowboy norteamericano, que era un asumido aventurero, y también a diferencia de su ascendencia nativa, que fueron nómades dispersos en tolderías, se aquerenció en la llanura, construyendo como hábitat, una vivienda precaria, de paja y barro, que se denominó rancho. En el Martín Fierro, José Hernández inmortalizó con versos memorables esa condición furibunda:
Es triste dejar sus pagos
y largarse a tierra agena
llevándose la alma llena
de tormentos y dolores,
mas nos llevan los rigores
como el pampero a la arena...

Sarmiento fue el primero en comprender que ni Juan Manuel de Rosas ni el anónimo rústico denominado “gaucho” le servía para personificar la barbarie. La encontró en Juan Facundo Quiroga, su lejano pariente, oscuro lector de la Biblia, apodado pomposamente “El tigre de los llanos”, que había enarbolado el negro pendón de los bucaneros, exaltado entre tibias y calaveras bajo la sentencia Religión o muerte.

La regresión, ese fantasma insistente en el derrotero de esta castigada patria, está siempre al acecho y como un chacal cebado se apodera del hombre. Vivimos en medio de una gran incongruencia que incluye a la sociedad y a todos los poderes agrupados en corporaciones, cada vez más mafiosas, asociados en una complicidad que nos obligan a replantearnos aún la molesta dicotomía de “civilización o barbarie”. Bástenos con encender la radio o el televisor para encontrarnos con las horribles situaciones de violencia y las sórdidas noticias policiales a la que estamos sometidos en el día a día y, lo peor de todo, es que ya lo hemos asimilado como algo espantosamente natural.

Hace falta un mea culpa de toda una dirigencia fracasada que cada día es menos eficaz que temeraria o temible. Quizá vale la pena recordar una vez más que nuestro prócer fue el gran argentino civilizador y el propulsor de una Nación mejor y más justa. Sarmiento fue el humanista de inteligencia apasionada y luminosa, el crítico empecinado en modificar una realidad hostil, el maestro rural que profesó su amor a la educación, el viajero infatigable dotado de infinita curiosidad por lo que sucedía en el mundo, el apasionado colonizador cultural. El que hoy, desde su bronce civilizador, nos invita a ser éticos y justos; sobre todo en un momento en que todos dudan de todos y el Estado se han convertido en el botín más anhelado por los políticos. En un país donde la pobreza, la salud y la educación caen hasta límites alarmantes, donde los combustibles son los más caros del mundo y se cobra el impuesto más alto sobre los alimentos. Solamente esto, sin entrar en demasiados detalles nos ubica como país subdesarrollado.

El desencanto viene de muy atrás y la falta de porvenir ya es algo proverbial. Mi amigo Albino Gómez me reveló en sus misceláneas una reflexión de Juan José Castelli (1774- 1812, conocido como “el Orador de Mayo” por su enérgico apoyo a la Revolución de 1810 de la que surgió la Primera Junta de gobierno, y que él integró como uno de sus seis vocales. “Si ves al futuro, dile que no venga”, comentó con desconsolado escepticismo.

¡Qué destino el de nuestra Argentina, lo tiene todo y parece no tener nada! se votará dentro de un mes y cada político echa agua para su molino. Lo individual sobre los colectivo, siempre. Si se unen cinco compatriotas para lograr un propósito, habrá cinco internas enfrentadas. Salvo contadas ocasiones y por obra de grandes hombres como Sarmiento, nuestra Nación avanzó. Pero luego, por delante, el precipicio nos lleva a otra caída inevitable, que parece infinita porque el espacio no tiene un fondo, ni límite. Y siempre la decadencia. Que parece invencible. Vivimos hipotecados con un pasado que no nos permite vislumbrar el futuro. Quizá -como creía Aldous Huxley- la más grande lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia. Sobre todo aquí en nuestra querida Argentina.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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