En la estrategia política de Pedro Sánchez no cabe nada más que propaganda, electoralismo rastrero, delirios de grandeza. Ataca con saña a Donald Trump, como si se tratara de Núñez Feijóo en una sesión de control al Gobierno, no el presidente de Estados Unidos, el país más poderoso del mundo. Cree, quizás con razón, que ese enfrentamiento le beneficia electoralmente, pues mucho progresista ignorante le aplaude como si fuera un héroe por plantar cara al presidente americano. Pero sólo consigue que le parta la cara; más que a él, que también, a España y sus intereses económicos y diplomáticos.
Progresistas ignorantes al margen, los dirigentes políticos occidentales, en especial los europeos, se han hartado de la deriva política de Pedro Sánchez, que racanea las inversiones en la defensa del Continente y reduce del 5% al 2% el porcentaje del PIB acordado con la OTAN, a pesar de comprometerse a cumplirlo. Desprecia con arrogancia la normativa comunitaria sobre la inmigración y se permite además mirar por encima del hombro a los países que sí la cumplen dando lecciones de Humanidad y antirracismo. El presidente español ha perdido toda credibilidad, motivo por el que es marginado de las cumbres de los dirigentes de los grandes países que conforman la Unión Europea. Se ha quedado solo, arrinconado y convertido en un lastre, en un apestado.
Pero, en efecto, Trump es el enemigo público número 1 de Sánchez. Con su enfrentamiento, el presidente español ha conseguido el aplauso de los terroristas de Hamás, los yihadistas de Irán o la narcodictadura de Nicolás Maduro. Pero los dirigentes democráticos occidentales desprecian su actitud beligerante y, ahora, además, le reprochan que no dimita y tenga la desfachatez de seguir como presidente, a pesar de la avalancha de casos de corrupción que le acecha.
El presidente norteamericano ha asegurado que “cortará todo el comercio con España”, lo que supondría una pérdida de cientos de millones de euros en inversiones estadounidenses. E intentará limitar “todas las visitas turísticas” de los ciudadanos estadounidenses a nuestro país. Otro cerro de millones que se irá por la gatera gracias a los desplantes de Sánchez. El presidente americano ha añadido que toma esta decisión porque "España es un socio pésimo en la OTAN. No participa, no paga. No quiero tener nada que ver con este país. Hay que cortar el trato "de inmediato" porque "no tiene remedio, son mala gente".
Graciosa, o trágica, fue la reacción de Sánchez. Convocó inmediatamente una rueda de prensa para contestar al desafío. Se esperaba que respondiera con dureza y valentía. Todo lo contrario. No se sabe si por miedo, porque quiso aparentar que los ataques no iban con él o por puro cinismo contestó que se había reunido con Trump para hablar de fútbol y golf. “Una conversación muy amable”, declaró sin inmutarse. “Las relaciones entre los dos países son muy positivas”, llegó a decir.
No se pueden justificar muchas de las decisiones de Donald Trump, Ha resultado ser un pésimo presidente, un fanfarrón, un autoritario, un arrogante, un iluminado que ha desatado guerras como la de Irán que sólo ha causado centenares de miles muertos, destrucción y una crisis económica mundial. Pero cumple sus amenazas. Y, sin duda, España va a pagar muy caros los tours internacionales que Pedro Sánchez ha emprendido por todo el planeta con el único propósito de erigirse en el líder del “progresismo mundial”, la última bala que le queda para no ser arrollado en las urnas.
Se puede entender que el líder socialista critique el belicismo y la xenofobia del presidente republicano. Conviene, sin embargo, tener una pizca de inteligencia para saber las consecuencias de sus desaforados y, a veces, innecesarios insultos. Aunque, eso sí, celebra que pueda rascar unos votos con sus alharacas “progresistas”. Poco le importa que también pueda perjudicar gravemente la economía española y la imagen de nuestro país.