Carlos Floria | Miércoles 23 de julio de 2008
Escribe Arthur Koestler en su notable Autobiografía, publicada en 1953:
Dentro de un universo cerrado, cuyos héroes quedan periódicamente desenmascarados y considerados traidores, cuya política sigue una línea zigzagueante de cambios de frente, todo depende de que uno se muestre fiel a una determinada persona y apoye una orientación política determinada, exactamente en el momento oportuno. El destino de los políticos de la KOMINTERN es como el de los acróbatas del trapecio, cuyas vidas dependen de que se lancen de un columpio a otro con la precisión de una fracción de segundo (...). En el movimiento comunista una anticipación de algunos pocos meses bastaba para ser crucificado.
Las metáforas de Koestler, frecuentes y siempre expresivas, pueden ser aplicadas al proceso político argentino presente. La política de la pareja presidencial -porque en rigor y no por excepción el peronismo alienta una diarquía- se expresa para muchos como una mezcla de tendencias autoritarias y problemas propios del análisis psicológico.
Aquéllas plantean el clásico problema de la diferencia entre poder y autoridad. Éstos sugieren lo que el psicólogo norteamericano Goleman identifica como psicología del autoengaño.
Lo primero hace a la diferencia entre exhibir poder y sin embargo descender velozmente en términos de autoridad. En el panorama internacional es el caso del presidente Bush, que llevó a los Estados Unidos a una posición de hegemonía y sin embargo a una deficiencia de autoridad en el plano internacional. La autoridad, como sostenían los clásicos, es factor de certidumbre y cultivadora de la amistad social. Ninguna de esas cualidades sostienen las jefaturas políticas de una Argentina cuya cultura política es deficiente, aunque la ciencia, la literatura, la pintura y otras manifestaciones culturales sean relevantes. La cuestión reside en que la política requiere o pone de manifiesto una dimensión cultural específica, tema que insinuara Aristóteles y permanece, por más que la afición a la política literaria o a las revoluciones gráficas constituyan una engañosa tendencia de los argentinos en política, como advirtió en el siglo XIX Alberdi y en el siglo pasado Raymond Aron...
Lo segundo tiene que ver con lo que el psicólogo norteamericano Daniel Goleman -autor de un libro importante, Inteligencia emocional- calificara en un ensayo posterior como Psicología del autoengaño. El argumento lineal de Goleman es que los entornos, en la institución que sea, representan un riesgo para el gobernante o dirigente. Así como todo el mundo alrededor de Kennedy pensaba que éste tenía el don de Midas y era imposible que sus planes fracasaran, el mundo era manejable y el futuro ilimitado. Conviene leer las confesiones de Schlesinger en ese sentido, formando parte del ilustrado grupo de asesores del presidente Kennedy...
Goleman ve ratificados los vicios que amenazan el pensamiento grupal, en el inconsciente grupal así como en los esquemas de distracción actúan en el inconsciente individual. En primer lugar, la ilusión de la invulnerabilidad, en conjunto con la proclividad a la unanimidad. Si los miembros del grupo son todos capaces y en el peor de los casos son pícaros sustentados por el poder, ¿cómo podrían estar equivocados?
Hay un tercer efecto: la supresión de dudas personales. Actúa im custodio de la mente grupal: en suma, quien disiente es expulsado o alentado a irse.
Esto le está sucediendo al vicepresidente Cobos, quien votó en disidencia respecto de la mayoría “kichnerista” en el prolongado y grave conflicto con el campo. Un conflicto que puso en evidencia no ya la pugna entre una “oligarquía” y un gobierno popular”, puesto que las manifestaciones opositoras atravesaron ciudades y campos, sino varios signos notorios en la relación entre gobierno, sociedad y estado en la Argentina presente. Primero, una inclinación ideológica con una mala lectura de la historia, por lo que el progresismo manifiesto resulta ser reaccionario y los liberales “liberistas”, en el sentido de atender a beneficios económicos y una suerte de “capitalismo de amigos” con indiferencia hacia la calidad institucional democrática que se predica. Luego, al ocultamiento deliberado o ignorante de lo que se manifiesta como graves deficiencias de gestión, que se suele esconder en manifestaciones del viejo nacionalismo, cuando no en desconocimiento objetivo de los cambios cualitativos de la Argentina moderna.
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