Josep Antoni Duran i Lleida, el político nacionalista catalán nacido en Alcampell, Huesca, presenta sus memorias políticas. En ellas vuelve la vista atrás sobre su militancia en Unió, el partido democristiano que hizo tándem con Convergencia, en un periplo que va desde 1974 hasta la destrucción el propio partido en la vorágine del procés independentista.
Duran Lleida ha marcado la política catalana de las últimas décadas. Tal y como destaca su editorial, Planeta, es considerado unánimemente un político de raza, cuya actividad ha sido fundamental para establecer acuerdos entre fuerzas políticas de distinto signo. Hombre bien conectado y con fuerte proyección internacional, su nombre había sonado varias veces como ministro del gobierno de España y como relevo de Jordi Pujol al frente de la coaliciónConvergència i Unió.
Sin embargo, el procés le apartó de la política, y le permitió mirar atrás con mirada reflexiva: "Personalmente nunca hice, ni permití de manera consciente nada que considerara que favorecía el independentismo. Pero eso no me exime de responsabilidad", asegura el político en las páginas de sus memorias políticas, en las que confiesa que el acoso que ha sufrido por parte de los independentistas en los últimos años ha hecho que hayan sido los más duros de su vida.
Duran se define como “monárquico accidental” y “firme opositor a la destrucción del Estado actual”. Sigue teniendo confianza en el rey después de su discurso del 3 de octubre de 2017 y comprende que, en aquella situación, Felipe VI no pudiera optar por el silencio.
En el repaso a su larga trayectoria Duran i Lleida retrata, en profundidad o con pinceladas rápidas, a muchos políticos a los que ha tratado. Recuerda que la vuelta a España de Tarradellas fue una maniobra de Adolfo Suárez para frenar a la izquierda, ganadora de las elecciones del 77, y, de paso, a Pujol. Tarradellas sentía animadversión por la izquierda, sobre todo por los comunistas, animadversión sólo superada por la que sentía por Pujol.
Sobre el presidente Companys escribe que “era un irresponsable y un incompetente convertido al nacionalismo. Pero fue presidente de Cataluña y, además, presidente mártir. Ambas cosas merecen un respeto”, afirma.
"Era evidente que a Artur Mas le faltaba cuajo político”, asegura también. “Lo que jamás habría imaginado es que aquella persona una pizca distante, con poca madera de político, que nunca se había caracterizado por sus salidas de tono independentistas, llegaría a ser el líder del independentismo que pondría al país contra las cuerdas”.
En cuanto a Puigdemont, le parece “un iluminado sin conciencia de los riesgos”. A Puigdemont siempre lo había considerado un "chiflado", más de la CUP que de Convergència.
Sobre José María Aznar: “Es, cuando quiere —con muchos de nosotros—, una persona agradable, pero no posee precisamente las cualidades concretas que se requieren para crear empatía”. Aznar se transformó con la mayoría absoluta. “Creo que el Aznar de la segunda legislatura es el auténtico, un líder de la derecha española sin ninguna sensibilidad para la pluralidad de España, con profundas convicciones y con una oferta de recetas neoliberales en las áreas económica y social (…). Un líder que no había mamado los valores transversales de la Transición y que, con su dureza, comenzó a hacer saltar las costuras de aquel espíritu”. Sobre Zapatero el político catalán considera que hizo saltar el resto de las costuras.
"Para mí, Pujol y Felipe González son los mejores políticos que ha tenido España una vez recuperada la democracia. Los dos tenían una visión de futuro de España, y un proyecto. Sí, ¡he dicho los dos y he dicho España! Pujol también”. Considera a Pujol el primer democristiano del país -esa era su formación- pero jugó a la ambigüedad y a intentar otros modelos, incluida la socialdemocracia, porque quería ser el presidente de Cataluña.
Las últimas páginas del libro son un contundente resumen de las tesis del auto sobre el procés, el camino que ha llevado a él y la situación actual. “Una de las razones por las que no sigo en la política activa es por no apoyar la independencia. Con la Declaración Unilateral y los acuerdos parlamentarios del 6 y 7 de diciembre de 2017, el independentismo perdió toda posibilidad no ya de reconocimiento, sino de respeto por parte de la comunidad internacional".