Opinión

Poder político e indiferencia moral

TRIBUNA

Pedro Bofill | Jueves 28 de mayo de 2020
Vivimos un periodo de confusión e incertidumbre. Avanzamos hacia una nueva realidad ignota, hacia un futuro difícil de predecir, porque los elementos de los que disponemos para pronosticarlo son en su mayoría desconocidos. Por lo tanto, el porvenir que nos espera está presidido por interrogantes e incógnitas, cuyos perfiles difusos y complejos niegan la afirmación de que caminamos hacia una “nueva normalidad”.

¿Podemos afirmar que transitamos hacia una “nueva normalidad”? Difícilmente cabe aceptarlo cuando los españoles asistimos estupefactos al carnaval de los despropósitos que cotidianamente nos ofrecen nuestros líderes políticos –salvo algunas honrosas excepciones-; unos dirigentes empeñados en mostrarnos sus carencias morales y su desprecio a los valores cívicos, al respeto mutuo, a la exigible colaboración de todos ellos para cobijar a una sociedad en su mayoría angustiada por lo que ocurrirá con sus vidas, ateridas por lo incierto del mañana. Justo cuando más los necesitamos, ellos se refugian en la insolente defensa de sus ambiguos intereses.

Lo que realmente ocurre es que nos encaminamos hacia “una nueva realidad” ciertamente calamitosa, nos guste o no; ya que como reflejo de los desatinos señalados, por el influjo del “efecto demostración”, algunos sectores de la sociedad se están radicalizando, con el más que probable riesgo de que se generen tensiones muy preocupantes.

Muchos dirigentes políticos y en especial, aquellos que mayor responsabilidad tienen, el Gobierno de España, están “adiaforizados”, (término acuñado por Zygmunt Bauman); es decir, poseídos por la indiferencia moral de sus comportamientos y decisiones. Esta conducta, lamentablemente, se ve reflejada en las redes sociales, en las que la posverdad, esto es, las afirmaciones carentes de lógica y sin ningún rigor, terminan por convertirse en verdades, las más de las veces dañinas, urdidas por autores sin escrúpulos, que en un afán de sembrar confusión y escándalo, emponzoñan las relaciones sociales cuando más necesaria es la cooperación y el mutuo auxilio ciudadano.

Resulta espantosa la insensibilidad moral mostrada cotidianamente por importantes dirigentes y sectores sociales, plasmada en la desconsideración hacia las víctimas de la cruel enfermedad que nos asola y sus familiares, hacia todos los trabajadores que atienden nuestras necesidades básicas y viven angustiados por el riesgo de infectarse ellos y sus familiares, así como hacia los sectores más frágiles, pue decenas de miles de españoles se ven obligados a acudir a comedores sociales y miles de pequeñas empresas han desaparecido o están amenazadas por la quiebra. ¿Qué pensarán todos ellos?, ¿qué juicio les merecerá la algarabía de los debates parlamentarios, convertidos en riñas y porfías de toscas acusaciones, cuando sus deliberaciones deberían estar presidida por “la ética de la responsabilidad”, como decía Max Weber?

En las primeras semanas de esta “interminable cuarentena” de confinamiento que nos vemos obligados a respetar, hemos asistido a las bienintencionadas afirmaciones de que todos seríamos mejores una vez superada la pandemia, incluso de que ya somos mejores; una afirmación que ojalá hubiera sido cierta, pero que como suele ocurrir en las crisis, dista mucho de serlo, al menos con carácter general.

Sin duda, unos serán tan buenos como eran o mejores. Por el contrario, otros no habremos aprendido las lecciones que reiteradamente nos muestra la historia. De ellas, hay dos que quiero resaltar. La primera, que el espíritu basado en el descrédito del otro, en la exclusión del discrepante convirtiéndolo en enemigo, es el germen de la autodestrucción como comunidad. La segunda, que las crisis se superan cuando las fuerzas políticas auténticamente consecuentes se coaligan para aplicar medidas eficaces que atiendan las necesidades de los ciudadanos y para consolidar las instituciones encargadas de llevarlas a cabo.

La gravedad de los efectos sociales y económicos exige, frente al espíritu destructivo del oportunismo, una gran coalición. No existe otra solución plausible para paliar las dramáticas consecuencias de esta crisis imprevista. El Presidente no puede seguir manteniendo un Gobierno intimidado por las presiones espurias de quienes lo apoyan, sino que tiene la obligación de proponer ya, sin dilación, una coalición de amplio espectro para situar a todas los grupos políticos ante su propia responsabilidad.

Esa propuesta no sería una muestra de debilidad sino de fuerza política y moral, que sin duda impulsaría el reencuentro de una sociedad cada día más enfrentada. Sería una señal de fortaleza y de madurez, una demostración de que el Gobierno finalmente ha asumido la que debe ser su única finalidad en estos momentos: superar el drama que nos devora y velar por el bien de todos los españoles.

La superación de la recesión económica requerirá de la adopción de medidas de amplio calado que sólo podrán adoptarse por un gobierno sólido y estable, capaz de aprobar unos presupuestos acordes con las actuales necesidades lo antes posible. Las decisiones económicas y sociales que se están anunciando son ciertamente necesarias, pero no suficientes. Entre ellas, el ingreso mínimo es evidentemente un alivio a corto plazo para paliar la indigencia de muchas familias, aunque no de todas. Es una ayuda necesaria y temporal que debe ser estrictamente controlada para evitar abusos y favoritismos. Ahora bien, rechazo de plano la afirmación de que ese subsidio “fomenta vagos”, del mismo modo que rechazo la afirmación de que las ayudas a las empresas restringen la capacidad competitiva de nuestros emprendedores.

Pero esas ayudas son claramente insuficientes. Es imprescindible fortalecer nuestro tejido industrial y rescatar importantes parcelas del sector de los servicios. En estas penosas circunstancias también habría que indagar en los nichos económicos que pueden proporcionar empleo y riqueza, aunque otrora fueran abandonados porque dejaron de ser productivos en aquellos momentos. Se podrían impulsar, de acuerdo con las autonomías, pequeñas explotaciones familiares en el sector primario y en el secundario, que en este momento puedan resultar productivas; lo que en los próximos años ayudarán a mitigar la pobreza de familias asentadas en los grandes núcleos urbanos y zonas rurales abandonadas, lo cual además podría abrir vías esperanzadoras para reactivar la “España vaciada”.

La incertidumbre y la depresión económica son ya una realidad. Su magnitud es verdaderamente incuantificable, y el impacto sobre la economía de la Unión Europea demoledor, aunque evidentemente su grado diferirá entre los Estados miembros. España será uno de los más dañados, pero no olvidemos que nuestra debilidad afectará también seriamente a los países miembros más ricos, por la dimensión que nuestra economía nos otorga como clientes suyos.

La supervivencia de la Unión Europea dependerá de la firme decisión de actuar conjuntamente para evitar un fallo sistémico que arrase nuestra forma de vida. La Unión tiene que asumir su responsabilidad y reforzar una cooperación solidaria y sin fisuras entre todos estados para ayudar a los más afectados si no quiere dar al traste con la posición alcanzada en estas últimas décadas. A España les compete ahora, como contrapartida, mostrar la coherencia y solidez política imprescindibles para recuperar la confianza internacional en el futuro de su economía.