Opinión

Después de la tragedia

Viernes 22 de agosto de 2008
Ante una catástrofe de las dimensiones del accidente aéreo acaecido en el madrileño aeropuerto de Barajas -y que ha costado la vida a 153 personas- la reacción inicial es de desconcierto. Las informaciones son confusas, y a medida que se van conociendo datos, si -como fue el caso- las noticias que llegan no son buenas, empieza a cundir el desánimo colectivo. Hoy puede decirse que España entera está conmocionada. Quien más quien menos, hace suyas las escenas de dolor protagonizadas por familiares y allegados de las víctimas y se emociona con el testimonio de los escasos supervivientes.

Pero por encima de todo, es imprescindible mencionar los oasis de esperanza que toda tragedia suele aportar. Para empezar, el eficaz despliegue protagonizado por medio millar de personas, que dieron lo mejor de sí mismas para salvar a cuantos pudieron, y atender a quienes habían perdido a algún ser querido. Médicos, sanitarios, Protección Civil, Bomberos, Cruz Roja y Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, englobados dentro del operativo de emergencia bautizado con el triste nombre de “11-M”, en recuerdo de los atentados de Atocha, respondieron con toda la eficacia que se exige en una tragedia de esta magnitud. Hospitales, UVI móviles y psicólogos del SAMUR... todos estaban preparados. Los Reyes interrumpieron sus vacaciones para estar junto a los familiares de las víctimas; Gobierno y oposición no hicieron sino manifestar su pesar en un momento en el que no había lugar para el desencuentro. En suma, un país entero se unió al luto de quienes sufrieron la pérdida de algún ser querido en el fatal accidente. Datos positivos en mitad de una catástrofe. Ojalá tardemos mucho en volver a destacarlos.

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