En 1920, se cumplen 100 años de la Batalla de Varsovia, que ha pasado a la historia como “El milagro del Vístula”. Ya tuve ocasión de escribir sobre ella hace algún tiempo en esta columna, pero agosto es un mes propicio para recordarla porque fue precisamente un verano de hace cien años cuando Europa se salvó de los ejércitos bolcheviques.
Conviene hacer memoria porque nuestro continente debe mucho a quienes se enfrentaron al comunismo cuando parecía una fuerza imparable tanto en la década de 1920, durante los intentos de extender la revolución a Alemania, Hungría y otros países, como en las décadas posteriores a la II Guerra Mundial, en que la resistencia anticomunista adoptó diversas formas (movimientos guerrilleros, resistencia civil, oposición cultural, disidencia política, etc.).
El primer episodio de esa larga historia de lucha anticomunista fue esta batalla de la Guerra polaco-soviética (1919-1921) que los polacos libraron en condiciones verdaderamente difíciles: 385.000 soldados de la Polonia restaurada frente a 750.000 soldados rojos que avanzaban sobre Occidente. La derrota bolchevique fue de tal calibre que ese avance se detuvo y Europa se salvó.
En un acto de claridad moral, el Parlamento europeo aprobó en 2019 la resolución “sobre la importancia de la memoria histórica europea para el futuro de Europa” en la que la cámara “recuerda que los regímenes nazi y comunista cometieron asesinatos en masa, genocidios y deportaciones y fueron los causantes de una pérdida de vidas humanas y de libertad en el siglo XX a una escala hasta entonces nunca vista en la historia de la humanidad; recuerda, asimismo, los atroces crímenes del Holocausto perpetrado por el régimen nazi; condena en los términos más enérgicos los actos de agresión, los crímenes contra la humanidad y las violaciones masivas de los derechos humanos perpetrados por los regímenes comunista, nazi y otros regímenes totalitarios” y “condena toda manifestación y propagación de ideologías totalitarias, como el nazismo y el estalinismo, en la Unión”.
En España, ser comunista no lleva aparejado reproche social. Entre cierta intelectualidad, incluso es un broche de distinción. No faltan profesionales del espectáculo y el entretenimiento que se declaran comunistas. Esto, por supuesto, no lo harían jamás si fuesen nacionalsocialistas o fascistas, pero abrazar esta ideología del odio, el resentimiento y la violencia no tiene coste alguno. Incluso los que se declaran “antifascistas” suelen tener una corta memoria cuando se trata de recordar a cuántos verdaderos antifascistas mataron los comunistas. Sirvan de ejemplo los miembros del Partido Comunista de Alemania que los soviéticos entregaron a la Gestapo como forma de acabar con la disidencia en sus filas. La historia la contó Arthur Koestler en “El cero y el infinito” (1940) a través del personaje de Richard, el comunista purgado desde Moscú. Los autodenominados “antifascistas” españoles no suelen recordar esta parte de la historia.
La historia de los partidos comunistas de Europa es un compendio de infamias. Algunas de sus páginas más oscuras las escribieron, precisamente, los comunistas españoles. Desde la persecución religiosa del Frente Popular hasta el terrorismo, hay décadas de crímenes sobre los que, en la España actual, se cierne un manto de silencio. Los intentos de reescribir nuestra historia contemporánea incluyen el borrado de los crímenes cometidos por los comunistas. Así se convierte a terroristas en héroes o heroínas, a torturadores en luchadores por la libertad y a asesinos en modelos de comportamiento.
Hace 100 años, el sacrificio del pueblo polaco salvó a Europa de un destino funesto. No es la primera vez que Europa contrae una deuda de gratitud con ellos. En varias ocasiones -a las puertas de Viena, en las calles de Varsovia, en los muelles de Gdansk- este pueblo ha recordado a Europa su verdadera identidad y sus raíces.
Hoy esta columna recuerda a los héroes del Milagro en el Vístula.