Lunes 25 de agosto de 2008
Los accidentes aéreos siempre conmueven por su aparatosidad y tremendismo. En unos pocos minutos, cientos de familias quedan destrozadas si uno de los millones de monstruos que surcan los cielos sufre el más mínimo incidente. Sin embargo, las cifras son las que son y no dejan mucho espacio a la opinión especulativa: 2416 personas murieron en las carreteras españolas en 2007. En lo que va de año, 1282 personas se han dejado la vida en accidentes de coche. A una media de más de 6 muertos por día. Y eso sólo en España. Frente a estos números, se encuentran las 415 personas que han fallecido en los accidentes aéreos que han tenido lugar en el mundo en lo que va de 2008, contando el de la pasada semana en Madrid. No se trata de entablar una absurda guerra de cifras. Sólo de tratar de alzar una voz pausada sobre la algarabía de acusaciones aceleradas y miedos irracionales que recorre la actualidad española.
La tragedia de Barajas ha golpeado duramente a la sociedad española, inmersa en un plácido mes de agosto, y ha traído oscuros recuerdos de catástrofes que nunca bien asimiladas. Pero aún así, no podemos dejarnos llevar por un ambiente de histeria generalizada que no beneficia a nadie. Aunque suene a frase hecha, el avión es el medio de transporte más seguro. Un desgraciado accidente no puede hacer que planee una sombra de duda sobre todo el sector.
Por otro lado, es necesario denunciar la insistencia de la sociedad actual en caer en un irracional afán de buscar culpables inmediatos de todo lo que acontece, creyendo erradamente que de esa forma se mitigará el dolor. El hecho de que desde Spanair se pida tiempo para realizar una investigación concisa y veraz sobre lo ocurrido se interpreta casi como una prueba de culpabilidad. Y aquí es donde nos equivocamos.
Todos los pilotos y personal de vuelo que han expresado su opinión acerca de los hechos en diferentes medios desde la pasada semana han coincido en señalar que ningún piloto hubiera iniciado el viaje de no estar seguro de que no existía inconveniente alguno para realizarlo. Muchos de ellos han mencionado la conocida teoría llamada del queso Gruyere. Según ella, un accidente es un cúmulo de circunstancias (agujeros) que se producen (alinean) y desembocan en el accidente. Si los agujeros del queso no se alinean o se consigue tapar alguno, no se llega al otro lado y el accidente no se produce. Aún hará falta algún tiempo para comprobar si realmente se pudo evitar el accidente de Barajas o si, por el contrario, se trató de una desgraciada concatenación de circunstancias que nadie podía prever. Pero ambas conclusiones necesitan un tiempo de reflexión y una investigación seria y concienzuda, más allá de los titulares inmediatos o de los consuelos efímeros e independientemente de la caza de chivos expiatorios.
Sea como sea, por encima del dolor y la pena, hemos de ser capaces de mirar a nuestro alrededor con ojos objetivos y no dejarnos llevar por la rabia de un destino injusto. Nadie merece morir, pero la muerte y la fatalidad forman parte de la vida, nos guste o no. Todas esas personas que no quieren ver que, lamentablemente, la fatalidad forma parte del día a día, todos esos medios de comunicación que, irresponsablemente, dejan sembrar la duda por el mero afán de atraer lectores o espectadores están contribuyendo a crear una sociedad irresponsable e infantil con un inquietante tufo cainita.
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