Destino. Barcelona, 2022. 176 páginas. 18,50 €. Libro electrónico: 8,99 €.
Por Soledad Garaizábal
“A veces me pregunto para qué escribo y para quién, y si mis palabras son realmente capaces de remover a alguien por dentro”, reflexiona la protagonista del primero de los catorce relatos escritos por Karmele Jaio (Vitoria - Gasteiz, 1970), que Ediciones Destino ha reunido y publicado bajo el título No soy yo.
Definitivamente, parece que la escritora vasca sí logra ese objetivo de “remover por dentro”. Consigue que todas las situaciones que narra conecten inmediatamente con los sentimientos y las emociones del que está leyendo. Trampas de los años, intentos de ponerse a salvo, caminos que se bifurcan, etapas. Los temas de las catorce historias resultan tan cercanos y cotidianos como la vida misma. Jaio pone en boca de sus protagonistas lo que todas las mujeres de mi edad hemos sentido alguna vez. Los lectores (y, fundamentalmente, las lectoras) se sienten identificados y empatizan con sus personajes. Perciben que, en su vida real, se están enfrentando a los mismos dilemas, que la trama de la ficción está tan íntimamente ligada a su realidad, que los relatos podrían estar protagonizados por ellas mismas o sus amigas.
Seguramente haya sido esta extraordinaria capacidad para expresar sentimientos comunes lo que ha catapultado a Karmele Jaio hasta la cima de la narrativa actual. La escritora, autora de tres libros de relatos, uno de poesía y tres novelas -Las manos de mi madre (2008), Música en el aire (2013) y La casa del padre (2019)- parece especialmente dotada para escribir sobre vidas corrientes y situaciones cotidianas, para emocionar con su prosa como lo harían las íntimas confesiones vertidas en el transcurso de una relajada y sincera conversación.
Las catorce historias están protagonizadas por mujeres actuales que atraviesan la mediana edad. Un mosaico que incluye a casadas, divorciadas y solteras, todas ellas en ese preciso momento en el que el espejo, cuando tienen tiempo de mirarse en él, les devuelve una imagen de sí mismas en la que les cuesta reconocerse. Ese No soy yo va más allá de la apariencia física. Con frecuencia, el tiempo no solo ha cambiado sus cuerpos y sus rostros, también ha domesticado el impulso juvenil y limitado el horizonte de sus deseos.
Las mujeres que nacieron durante el baby boom de los 70 rondan ahora los 50 años. Tienen mucho que decir. Inmersas en un complejo proceso de redescubrimiento, empiezan a ser conscientes del tiempo que ha pasado y del que les queda por vivir. En el peligroso cóctel molotov de su integridad emocional pueden encontrarse componentes tan dispares como la nostalgia y la prisa, el combate o la rendición, todo ello aderezado por hormonas en danza. En la frontera entre el “ya no” pero “todavía sí”, lo mismo se someten a una mamografía que a una depilación láser de tanga brasileña, igual recorren las habitaciones de sus nidos vacíos que se lanzan a conquistar mundos que siempre estuvieron ahí.
Las relaciones familiares y de pareja, el sexo, la amistad, la ambición profesional o el amor, vistos desde la perspectiva de mujeres que acarrean ya un buen montón de años sobre sus espaldas y que, sin perder la ironía ni las ganas de vivir, son conscientes de que “estaremos mejor cuando pasemos este bache del camino … Porque lo más difícil no es envejecer… Lo más difícil es empezar a envejecer. Y tú y yo estamos ahí, ¿entiendes?”.