Opinión

La sombra del Genocidio Armenio

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 24 de abril de 2022

El 24 de abril se conmemora en Armenia y en la diáspora el Genocidio Armenio. Perpetrado por el régimen de los Jóvenes Turcos entre 1915 y 1922, la destrucción de los armenios del Imperio otomano sigue presente en la memoria del pueblo armenio. El crimen se perpetró ante los ojos del mundo. La prensa se hizo eco de las matanzas, las deportaciones y las marchas extenuantes por los desiertos. Gracias a los testimonios de diplomáticos y misioneros europeos y estadounidenses, conocemos el terrible destino de los abandonados a su suerte en los desiertos de Siria y de los hostigados por grupos armados de tropas irregulares. Hoy los hubiesen llamado “batallones de la muerte”. Era la última etapa de un proceso que había comenzado entre 1894 y 1896 con las Matanzas Hamidianas y que había continuado con la masacre de Adana en 1909. El incendio de Esmirna en 1922, cuyo barrio armenio acogía a una comunidad vibrante y numerosa, simboliza el fin de ese ciclo homicida. Sólo se salvaron los armenios de Armenia Oriental, donde se proclamó la República Democrática de Armenia en 1918.

Sobre el Genocidio se alzó un muro de silencio. La República de Turquía lo negó y lo niega. La Unión Soviética, en la que quedó integrada la República Democrática de Armenia en 1922, trató de evitar las conmemoraciones. Las autoridades soviéticas temían la reacción de los azerbaiyanos si se recordaba su participación en los acontecimientos entre 1915 y 1922 y, en particular, los intentos de acabar con los armenios de la Armenia Oriental siguiendo el patrón de lo que los otomanos habían hecho en la Occidental y en Cilicia. El territorio armenio de Nagorno-Karabaj se había incorporado ilícitamente a la República Socialista Soviética de Azerbaiyán por la sola voluntad de Stalin. El precio, pues, de mantener la paz entre los pueblos de la URSS era exigir a los armenios el silencio y el olvido. Eso se terminó aquel 24 de abril de 1965 cuando, frente a la ópera de Ereván, una concentración de más de cien mil personas exigió durante 24 horas el reconocimiento del Genocidio Armenio. En 1967, concluyeron las obras del inmenso memorial de Tsitsernakaberd, al que decenas de miles de armenios acuden cada 24 de abril a llevar centenares de miles de flores en memoria de las víctimas. Nadie ha olvidado este crimen, que, en general, sigue impune.

La reactivación del conflicto de Nagorno-Karabaj y la agresión contra los armenios desencadenada por Azerbaiyán en septiembre de 2020 ha traído, de nuevo, los temores más funestos a la actualidad internacional. La toma por parte de las tropas azerbaiyanas de parte del territorio de Karabaj, especialmente la ciudad de Shushi, ha evocado la matanza de la misma localidad en 1920, cuando unos 500 armenios fueron asesinados por sus vecinos. La mayor parte de la ciudad fue pasto de las llamas. Un episodio similar se vivió durante la matanza de Sumgait en 1988. El horror que algunos creían superado volvió a reavivar los ecos del pasado.

Es inevitable ver con angustia y honda preocupación la violencia de baja intensidad que están viviendo los armenios de Nagorno-Karabaj. No es sólo la destrucción del patrimonio histórico y cultural ni los intentos de reescribir la historia borrando todo rastro de la presencia histórica armenia en la región. La sombra del genocidio y su impunidad siguen gravitando sobre esta parte del mundo. Dinamitado el proceso de Minsk por la propia ofensiva azerbaiyana de 2020, es difícil atisbar qué va a pasar.

Hoy es un día propicio para recordar a las víctimas del genocidio y para renovar el compromiso de que nada así vuelva a suceder a los armenios ni a ningún otro pueblo.