En concreto, en 2022, cumple 160. Se trata de la Biblioteca Estatal Rusa. Fundada en 1862, tiene una superficie equivalente a la de nueve campos de fútbol. Custodia más de 47 millones de libros, documentos y objetos. Alineados, serían unos 275 kilómetros de longitud. Eso es más que todas las líneas del metro de Moscú juntas. Cada año la visitan más de ochocientas mil personas. Atesora joyas como el Evangelio de Ostromir, el más antiguo de los manuscritos eslavos medievales, escrito entre 1056 y 1057.
Esta institución, en más de un siglo y medio de historia, ha visto muchas cosas. Ha conocido, por ejemplo, el apogeo del Imperio de los Zares. Nació poco tiempo después de que el zar Alejandro II (1818-1881) decretase la emancipación de los siervos en Rusia en 1861. El zar, influido por la obra de Turgueniev “Memorias de un cazador”, publicada en 1852, estaba empeñado en la modernización del imperio. El palacio que la acoge, la Casa Pashkov, da testimonio de la grandeza de aquel tiempo de reformas cargado de futuro. Pocos años después, en 1864, adoptaría el modelo de justicia penal francés con un código y un procedimiento moderno de investigación y enjuiciamiento de las causas. Desarrolló la autonomía local de los pueblos y las ciudades. Reorganizó el ejército. Reconvirtió la armada. Abolió la pena de muerte. Sufrió tres intentos de asesinato -en 1866, 1879 y 1880- que lo fueron volviendo más reaccionario. El grupo revolucionario Voluntad del Pueblo lo terminó matando el 13 de marzo de 1881. En el lugar del magnicidio, a orillas del canal canal Griboyedov de San Petersburgo, se erigió la Iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada.
Esta biblioteca, que en sus inicios era la del Museo Estatal de Moscú y el Museo Rumiantsev, terminó tomando el nombre de este conde ruso que fue ministro de Asuntos Exteriores y primer enviado ante el Sacro Imperio Romano Germánico después de que Rusia se convirtiese en garante de su constitución en virtud del Tratado de Teschen (1779). La colección del conde Rumiantsev dio origen a un museo y, vinculada a ese museo, estuvo nuestra cumpleañera, que vio la luz, pues, rodeada de lujo y de belleza.
Sin embargo, esta casa también ha asistido a episodios terribles. Presenció la inestabilidad del final del periodo zarista. Vio en acción a la Okrana, la policía secreta del zar, y contempló como las ansias revolucionarias se iban extendiendo por Rusia. No era sólo la burguesía la que reclamaba reformas. Las exigían los obreros, los soldados y los marineros. La prensa hervía cada día en un imperio que debía hacer frente a enormes tensiones internas -los movimientos revolucionarios, las reivindicaciones nacionales de los distintos territorios del imperio- y externas (las tensiones en el Cáucaso, las injerencias británicas en el Asia Central y Oxiana, la protección de los cristianos en el Imperio otomano).
Esta institución, cuya colección cartográfica, por ejemplo, es única en el mundo, terminó adoptando el nombre de Vladímir Ilich “Lenin” entre 1924 y 1992. Sí, ella también estuvo en la Revolución de Octubre y el ascenso al poder de los bolcheviques y se quedó durante la Guerra Civil (1917-1922). En ella, estudiaron ingenieros, médicos y arquitectos. Gracias a sus fondos, se instruyeron jóvenes que jamás hubiesen soñado con ir a la universidad antes de la revolución. Esta biblioteca conoció los Procesos de Moscú (1936-1938) y la inauguración de la “Exposición de los logros de la economía nacional” (1939), cuyo legado es el Parque VDNJ, que en realidad se llama “Centro Panruso de Exposiciones”.
Como todo lo demás, esta biblioteca ya no existiría si los nazis hubiesen vencido en 1941. El racismo de la ideología nacionalsocialista veía a los eslavos como a “subhumanos” de modo que sólo valían para ser esclavizados por los arios. La Operación Barbarroja aspiraba a conquistar espacio vital para la “raza superior”. Para Hitler y sus seguidores, la vida de los rusos y de los demás pueblos eslavos no tenía valor ni lo tenían sus culturas. En Rusia, los invasores lo arrasaron todo. Cuenta Richard Overy en “Russia´s War” que “museos y galerías fueron saqueadas. Los grandes palacios zaristas, preservados por el pueblo de la nueva república, sufrieron pillaje. Los monumentos a las grandes figuras de la música y la literatura rusas fueron profanados. En la finca de Tolstoi, Yasnaya Polyana, se quemaron manuscritos como combustible y los alemanes enterraron a sus muertos alrededor de la tumba del gran hombre. La casa de Tchaikovski fue saqueada y utilizada como garaje para motocicletas”. Si los nazis hubiesen triunfado, esta biblioteca hubiese estado condenada.
Pero no vencieron. En el Este, los derrotó el sacrificio y la lucha conjunta de los pueblos de la URSS. Rusos, ucranianos, bielorrusos, armenios, georgianos y tantos otros combatieron hasta Berlín. Hoy se conmemora, por cierto, la liberación de Minsk de la ocupación nazi. Gracias a los partisanos, los nazis no tuvieron un instante de paz en Bielorrusia. Algún día habrá que contar esa historia terrible de la ocupación de la URSS, la colaboración y la resistencia, pero hoy podemos excusar ese recuerdo espantoso porque nuestra biblioteca, ya se ha dicho, cumple 160 años. La guerra en Ucrania ha provocado una oleada de cancelaciones y suspensiones de actuaciones de artistas rusos. Han sufrido “la cultura de la cancelación” en sus propias carnes fuera cual fuese su posición en relación con el conflicto. Este aniversario es, pues, una ocasión más de reivindicar, frente a “la cancelación”, el valor de más de casi mil años de cultura. En esta biblioteca se conserva una parte muy valiosa no sólo de la memoria del pueblo ruso, sino de toda la humanidad, y cualquiera puede visitarla y acceder a ella tramitando un simple carné gratuito. Vivo con un doloroso desgarro esta guerra fratricida. No puedo imaginar su horror ni la profunda herida que va a dejar entre pueblos que han compartido siglos de esa historia atestiguada en estos fondos. Este lugar, que ya lleva 160 preservando el pasado y la memoria, lo ha visto todo y de todo tiene algún libro.
Sueño con que, en el futuro, sus fondos acojan obras de justicia, de reconciliación y de encuentro.